Los Dioses-toro de la Tormenta y II

TOROS MITOLOGICOS – V 

Teshub, Dios hitita de la tormenta

     En el capítulo anterior, sobre “Dioses-toro de la tormenta”, conocimos las peculiaridades y potencialidades de éstas divinidades en las áreas geográficas de Sumeria, Babilonia, Irán, valle del Indo e India, donde estos dioses de la tormenta tenían una presencia e importancia capital, dado el carácter de sociedades agrícola-ganaderas y la consiguiente profusión de religiones telúricas.

En este capítulo nos detendremos en los pueblos que bordean el conocido “creciente fértil”, en concreto entre las sociedades agrarias de Egipto, Palestina, Fenicia, Asiria, Mittani y Anatolia, además de Grecia y Roma, donde las características generales de dichas regiones, en los comienzos de la vida agrícola en su mayoría, era la aridez o las grandes dificultades para el desarrollo de la vida, debido a los suelos pobres y de difícil irrigación donde era frecuente que las cosechas se perdiesen por la falta de lluvia o como consecuencia de las devastadoras y violentas tormentas, cuando no del destructivo granizo, que arrasaban torrencialmente las cosechas, arrastrando el pobre y delgado manto de tierra fértil cultivable.

Bajo este cúmulo de adversidades es lógico que aquellas gentes fiaran su suerte, la de sus animales y sus cosechas, a la benignidad de un dios que fuese propicio en el envío de la lluvia fecundadora y poco dado a comportamientos iracundos y devastadores, tanto en la atronadora tormenta como en el viento huracanado.

A  fin  de solicitar de los dioses la beneficiosa lluvia o apaciguar su ira y la consiguiente tormenta destructora, los sacerdotes de cada sociedad se implicaban en elaborados rituales de “rogativa” o “aplacamiento”, de tan variada liturgia y ejecución como la practicada por algunos pueblos de África, quienes para solicitar la lluvia, como los “Matabeles” o los “Bechuanas”, “sacrificaban un toro negro y quemaban después las tripas, la hiel y la sangre”, en la creencia de que “el humo negro reuniría las nubes y ocasionaría la lluvia”; en cambio en los ritos de “aplacamiento” algunos pueblos alpinos solían esparcir, ante el encolerizado viento de tormenta, un poco de harina y migas de pan para aplacarla; cuando no utilizaban métodos más radicales y contundentes, como los usados por los mandarines de Cantón que, en abril de 1888, suplicaron a su “dios Lun gwong que parase la lluvia incesante y como se hiciera el sordo a sus peticiones, le encarcelaron durante cinco días, lo que tuvo un saludable efecto: la lluvia cesó y al dios se le devolvió la libertad”, según recoge J.G. Frazer en “La Rama Dorada”.

Dios Apis ó Hapis

En Egipto, donde nos dirigimos a continuación, su agricultura estaba circunscrita en su mayoría, además de algunos oasis, a las vegas del Nilo, las orillas del lago El Fayum y el Delta principalmente, al depender sus cosechas de las crecidas y desbordamientos anuales del río, cuyas aguas bravas arrastraban, allende la tercera catarata, infinidad de sedimentos que depositaba mansamente sobre las feraces orillas colmándolas de vida.

Esas beneficiosas inundaciones del Nilo las atribuían los egipcios, desde la más remota antigüedad, al dios-toro Hap, traducido más tarde por los griegos como Apis y que fue el dios de la religión oficial desde los tiempos del faraón Narmer ó Menes, hacia el año 3.000 a.C. y perduró relativamente pura  hasta la época Tolemaica, en el  323 a.C. Al ser Apis el responsable de las inundaciones del Nilo, su nombre iba siempre acompañado del “anj” o cruz “ansada”, que era el símbolo egipcio de la vida.

Cruz ansada egipcia

Otra divinidad que florece en todo el valle del Nilo es el dios Min, al que los egipcios asimilan con Amón-Ra, siendo calificado de «Toro de su madre» y «Gran toro». Al parecer el rayo era uno de sus atributos y su función pluvio-genésica se muestra en el epíteto que le asignaban: “el que rasga la nube”.

Min fue el dios que personificó la fuerza generatriz de la naturaleza y la procreación de las plantas, los animales y los hombres. Se le representó como un hombre itifálico, de piel negra o verde, portando corona de dos largas plumas y flagelo. En otras ocasiones como un toro negro, o un león. Se le conocía como el “Protector de la Luna y en el calendario egipcio el último día del mes lunar era conocido como “La salida de Min”. También se le llamaba “Toro de su Madre“, “Kamutef” o “Gran Toro“. Al ser el rayo uno de sus atributos se le daba el apelativo de “Aquel que desgarra la nube lluviosa“.

Dios Min

En Coptos se le veneraba como una antiquísima deidad de la fecundación y recibía el nombre de “Abridor de las Nubes“, y el templo dedicado a Min estaba coronado con un par de enormes cornamentas de toro, así como “una esbelta columna coronada por un par de cuernos…”, en clara referencia de la asociación del dios con el toro.

El Faraón se identificaba con él no pocas veces en el Festival de Min, conocido como “La salida de Min”,  donde el Faraón era acompañado de un servidor del templo, ayudándole a sembrar las semillas sobre el limo del Nilo, ya que la Festividad se celebraba en el noveno mes del año. El Faraón y su esposa oficial iban en una gran procesión ante la estatua del Dios Min itifálico, precedidos de un toro completamente blanco, al cual adornaban con un disco solar y dos plumas entre sus cuernos, que era el símbolo del Dios.

Al llegar la comitiva al campo elegido, se elevaba allí una capilla desmontable y se instalaba la imagen de un toro tras un dosel, recibiendo complicadas ofrendas. El Faraón segaba con un instrumento ritual un haz de hierbas y se la ofrecía al toro blanco, al tiempo que le invocaba: “¡Salve Dios Min, el que fecunda a su Madre (la Naturaleza)! ¡Qué misterioso es lo que has hecho en la oscuridad!”.

Festival de Min en Medinet-Habu

El culto a Min fue uno de los más populares en todo Egipto y la fiesta tan importante, descrita sucintamente, se llevó a cabo desde la época Tinita hasta el final de la Dinastía Ptolemaica (2920-30 a.C.).

No quisiera que abandonásemos el continente africano sin referir, brevemente, un par de curiosos rituales de lluvia de dos pueblos ganaderos de etnia nilótica del sur del Sudán, como los Shilluk y los Dinkas, asentados en ambas orillas del Nilo Blanco.    

Aunque los Shilluk se han convertidos en su mayoría al cristianismo en la actualidad, tenían un complicado ritual de lluvia que consistía en rociar un toro con agua del río mezclada con saliva, al que después alanceaban de forma que muriese lentamente. Según los giros y evoluciones que daba el toro en su agonía, se interpretaba si el significado de esas evoluciones agónicas serían favorables o adversas con respecto a la lluvia. Muerto el toro se desollaba y asaba, en cuyo banquete participaba todo el pueblo menos las mujeres embarazadas, sus maridos y las parejas que hubiesen tenido relaciones la noche anterior.

mapa de los Shilluk y los Dinkas

En cambio los Dinkas, la minoría étnica más numerosa del sur del Sudán, asentados, también, a orillas del Nilo Blanco desde el s. X, mantienen sus creencias originales, siendo su dios Nyalitch el dios del cielo y de la lluvia, al que en las rogativas para que les dispense la lluvia acostumbran a conducir una pareja de novillos, que debe rodear dos veces el “santuario de lluvia”, o rit, que construyen en el tronco de un árbol de ébano, en el que se fijan los cuernos de los novillos que han sido sacrificados en rituales anteriores. El chamán o bujo de la tribu, ata al árbol a los toros mientras el pueblo tañe tambores y baila alrededor hasta que los novillos mean, momento en que todo el pueblo se lanza a mojarse con la orina. A continuación el chamán sacrifica los dos toros cortándoles el gaznate, recogiéndose la sangre en un caldero que se calienta y se consume por los asistentes. La carne de uno de ellos se ofrenda a su dios de la lluvia, Nyalitch, y la del otro es consumida por todo el pueblo reunido, sin excepción de ninguna clase como ocurre con los Shilluk.

Como se habrá podido dar cuenta el lector, en general, casi todos los dioses-toro del Oriente Próximo eran dioses de fertilidad y muchos de ellos eran también dioses de la tormenta. Ya desde las épocas más tempranas del Neolítico, el toro perteneció a una de las dos religiones más antiguas que se conocen de la humanidad: Heliolatrías y Taurolatrías, donde el toro ejercía la función de fecundar la vida que era generada por el sol; por tanto la asociación del toro con los dioses de la tormenta estaba justificada por el efecto fecundante que produce la lluvia y, en algunas culturas, creían que ese poder fecundador era debido a que el dios de la tormenta derramaba su semen sobre la tierra en forma de lluvia.

Dejando atrás las fértiles tierras del Delta del Nilo y los desiertos del Sinaí y del Neguev, llegaremos a las riberas del Jordán, la zona más meridional del llamado “creciente fértil”, o a las tierras del antiguo Canaán y la milenaria Fenicia -conocida como “el país de la púrpura”, cuyo color extraían de un cangrejo, de igual coloración, muy abundante en sus costas-, donde nos encontraremos con una serie de dioses cuyo poder genesíaco formaba una perfecta simbiosis sincrética con el toro.

Cangrejo púrpura

En el mundo bíblico y entre el pueblo elegido por su dios supremo Yahveh -los Hebreos o Israelitas, pueblo de origen y vida nómada-, la asociación del toro con su dios está ampliamente probada en el Antiguo Testamento, donde el pueblo hebreo adoraba la simbiosis dios-toro en himnos y liturgias -un amplio estudio sobre esa adoración táurica pueden leerla en mi artículo “Toros mitológicos III, Israel a la luz de la Biblia”, en  el “índice de artículos” de esta web-, cuyas creencias se vieron enriquecidas por los múltiples contactos con los pueblos vecinos que también adoraban al toro, como babilonios, hititas, asirios, egipcios o cananeos.

Cierto es que muchas referencias sobre del dios-toro, en el Antiguo Testamento, han sido borradas o distorsionadas intencionadamente en traducciones recientes, por diferentes motivos. Podrían ponerse varios ejemplos de esas distorsiones de traducción, como el cambio de la palabra “toro” que ha sido sustituida por ”el poderoso”, o en otro pasaje el término “toro fértil” se ha traducido por “rama florida”, o más concreto aún, el de “toro poderoso” sustituido por el de “todo poderoso” de casi idéntica simetría fonética.

En cuanto a la variante del dios israelita de la tormenta, lo encontramos claramente identificado desde el principio del libro del Génesis, capítulo 2, versículo 5,  donde se justifica que no creciera “…arbusto alguno en el campo, ni germinaba la tierra hierbas, por no haber todavía llovido Yavé Dios sobre la tierra…” o bien cuando anuncia Yahvéh a Noé la llegada del diluvio universal en Gen. 7, 4: “porque dentro de siete días voy a hacer llover sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches”.

Aquí encontramos una de esas distorsiones generalizada de traducción del nombre de dios, por parte de las versiones modernas de la Biblia, como la Nacar-Colunga que manejo, que utiliza el nombre genérico de Yavé, además mal escrito, pues su traducción correcta sería Yahveh, que en hebreo se escribe “Yhvh” ( יהוה ) al carecer de vocales su escritura. Lo correcto sería que se hubiesen mantenido los nombres originales del Génesis, anteriores al éxodo de Moisés,  como Elohim, que es el más antiguo de la Biblia y aparece en Génesis 1,1 y es un plural mayestático de EL, que significa Dios; o los de El-Saddai, que es el nombre que dios le revela a Abram cuando le cambia el nombre por el de Abraham, que aún se mantiene en las traducciones modernas como en  Gen. 17,1-6: “…Siendo Abram de noventa y nueve años, se le apareció Yavé y le dijo: “Yo soy El-Saddai…” que significa “Dios todopoderoso” y en griego “Pantokratos” es decir “El que gobierna todo”, o los de Eloah o el de Eláh, que en árabe se convirtió en Allah. Todos esos sustantivos que se utilizaron hasta el siglo XIX a.C., y según en qué comarca geográfica nos encontrásemos se utilizaba uno u otro (noroeste de Mesopotamia, Siria, Fenicia, Canaán o Jordania), y vienen a significar lo mismo: Dios. Por ello no se entiende el interés por suprimirlos. (sobre este tema ver “Buscando a Dios, significado de los nombres divinos en la Biblia” de Mettinger)

Ruta seguida por Moisés

Cuando Moisés llega al Sinaí y bordea por la parte sur-oriental el monte de igual topónimo (hacia 1.250 a.C.), es cuando aparece el nombre de Yahveh, que significa “El Señor”, y es utilizado no solo en esta zona del Sinaí, sino por los madianitas del golfo de Áqaba, el noroeste de Arabia o la baja Jordania, que luego fue sustituido, en el uso cotidiano, por el de Adonai, ya que los hebreos consideraban el nombre de Yahveh demasiado sagrado y se usaba solo en algunas ocasiones solemnes. Este nombre aparece por primera vez en la Biblia cuando le fue revelado a Moisés en Éxodo 3, 15: “… Esto dirás a los hijos de Israel: Yavé, el Dios de vuestros padres… Este es para siempre mi nombre”, después de insistir reiteradamente Moisés en saber el nombre de Dios, pues ya antes en el versículo 14 de ese mismo capítulo, dios le había contestado: “YO SOY EL QUE SOY. Así responderás a los hijos de Israel: YO SOY me manda a vosotros” -escrito en mayúsculas por los traductores, lo que puede denotar que dios pudo contestarle a Moisés levantando la voz más de lo normal, tal vez harto de su insistencia-, que traducido en “román paladino” quiere decir: “Soy Dios y con eso basta”.

Yahveh era considerado un dios de “la batalla” y “la tormenta” cuya “voz era como el trueno” como se cita en Éx. 19, 19: “…Moisés hablaba, y Yavé le respondía mediante el trueno”;  no obstante en el versículo 9, de ese mismo capítulo y libro, Dios le había manifestado a Moisés: “ Yo vendré a ti en densa nube, para que vea el pueblo que yo hablo contigo y tengan siempre fe en ti”, por lo que los israelitas pronto asimilaron a Yahveh con el dios de la tormenta, cuya simbología llevarían consigo hasta la tierra prometida.

En cuanto a la iconografía de Yahveh, aunque jamás creo se ha representado así, bien podría representársele como a Adad, Teshup, Zeus o Júpiter con los rayos en la mano, tal como se refleja en el Deuteronomio 33, 2: “…Yavé, saliendo del Sinaí, vino a Seir en favor nuestro… con los rayos en su diestra…”.

En los siguientes ejemplos se refleja perfectamente esa personalidad de Yahveh como dios de la tormenta, tal cual se evidencia en el libro de los Salmos, como en el 18, 14-15 que lo describe como Dios del trueno: “Tronó Yavé desde los cielos, el Altísimo hizo sonar su voz“; lo mismo ocurre en el 29,3 que dice: “…Truena el Dios de la gloria…” y en el 81,8 afirma: “…y te respondí oculto entre los truenos…” y persigue a los enemigos de Israel en 83, 16: “…persíguelos así con tu tormenta, atérralos con tu huracán.”, o cuando el profeta Jeremías (650-585 a.C.) en 23,19, al enfrentarse a los profetas de Samaría que profetizaban en nombre del dios cananeo Baal en Jerusalén, les dijo: “He aquí que se desencadena el torbellino de la ira de Yavé y una tormenta furiosa descarga sobre la cabeza de los impíos”.  O Isaías, 19, 1-2, que lo describe montado sobre una nube cuando marcha sobre Egipto:”Vez cómo Yavé, montado sobre ligera nube, llega a Egipto...”. O cómo no citar el libro del paciente Job, 38, 1-2, en el pasaje donde mantiene un interrogatorio con Dios: “Y respondió Yavé a Job desde la tormenta...” e igual respuesta le dio en el capítulo 40, 6-9:”6-El Señor replicó a Job desde la tormenta… 9-¿Tienes tú brazos como los de Dios y puedes tronar con voz semejante a la suya?“.

Y el último que citaremos es al profeta Nahúm (hacia el 663 a.C.), que vivió bajo la opresión asiria y en su cortísimo libro, de solo tres capítulos y apenas dos páginas, referidos únicamente a su lucha contra los asirios y a denunciar “Los crímenes de Nínive”, en el capítulo 1,3 dice: Yavé…camina en el huracán y la tormenta y las nubes son el polvo de sus pasos”. Esta aseveración de Nahúm no fue ningún exceso de espiritualidad o éxtasis transitorio, sino que son expresiones del conocimiento que tenían los profetas de los textos bíblicos, al menos de la llamada Torá – es decir el Pentateuco-, ya que en la nube se manifiesta la Gloria de Dios, como se cita en Ex. 16, 10: “Mientras hablaba Arón a toda la asamblea de los hijos de Israel, volviéronse éstos de cara al desierto y apareció la gloria de Yavé en la nube…”. Este pasaje se circunscribe al episodio del envío del “maná” con que dios palió el hambre del pueblo en el desierto del Sinaí.

Muchas más referencias al respecto podrían citarse, usando el texto bíblico, sobre las diversas manifestaciones de Yahveh desde la lluvia, la tormenta o la nube y no solo del Antiguo Testamento, sino del Nuevo, en el que, para finalizar los alegatos, encontramos el prodigio de la abertura de los cielos cuando Jesús fue bautizado, descrito magníficamente por el evangelista San Marcos, 1, 10-12: “En el instante en que salía del agua vio los cielos abiertos y el Espíritu, como paloma, que descendía sobre El, y una voz se hizo oír de los cielos: “Tú eres mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias”; o qué decir del momento en que Jesús sube con Pedro, Santiago y Juan, a lo alto del monte de la transfiguración, donde se les apareció Moisés y Elías, citado en Mateo, 17, 5: “Aún estaba él hablando, cuando los cubrió una nube resplandeciente, y salió de la nube una voz que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia; escuchadle”.

En Canaán, la tierra que más tarde compartieron con los israelitas los cananeos (que eran los descendientes de Cam, según la Biblia, el segundo hijo de Nöé), el dios supremo era EL que lo representaban como un toro al que, tras un préstamo extranjero, se le denominó Ramman que significa “Mugidor o Bramador” y en Palestina y Fenicia fue adorado como dios-toro Baal, que era un dios ugarítico-cananeo de la Tempestad y además era dios de la fertilidad y la tormenta. Baal era representado como un joven guerrero, pero también como un “toro joven”.

Dios BAAL

A Baal, que tenía dominio sobre el cielo, la lluvia y la tormenta, se le describía en la poética cananea como “El Jinete de las Nubes”, “El Tonante” y “el Señor del Trueno”, ya que enviaba la lluvia en el momento oportuno rasgando las nubes. Tal como dice J.R. Conrad en “El cuerno y la espada”: “Sin su ayuda no hay esperanza de éxito en la producción de los cultivos en la tierra árida, porque cuando el dios se ausenta de la tierra los ríos y los campos se convierten en polvo; y solo cuando regresa vuelve todo a crecer. La expresión “tierra de Baal” significa en árabe “tierra regada por la lluvia”. Esa ausencia de Baal y la consecuente escasez de lluvias estaba producida, según los mitos baálicos, por los conflictos con el dios Mot (dios de la muerte y la aridez) y cuando éste triunfaba sobre Baal y era desterrado a las profundidades, las lluvias se retiraban de la tierra y no volvían hasta que Baal no despertaba a la vida, gracias al triunfo sobre Mot de su hermana Anat, con la que, antes de ser desterrado, se habían unido en forma de toro y novilla, de cuya unión Anat alumbró un becerro.

Ese poder fecundador de Baal-toro para que las mujeres y los animales fuesen fértiles se refleja en un poema cananeo bien significativo:

“… monta a una novilla en el prado,

y a una vaca joven en el … campo.

La cubre siete y setenta veces:

la monta ocho y ochenta veces,

y concibe y pare a un hijo macho”

En todas las ciudades y zonas agrícolas donde la presencia de Baal era relevante, los agricultores y ganaderos cananeos celebraban el retorno de las lluvias con grandes fiestas y elaborados rituales, a fin de agradecer y estimular a su dios para tener cosechas y ganados productivos durante todo el año. No es de extrañar que la vuelta a la vida de Baal y la consiguiente unión con su hermana-consorte se celebrasen con ritos licenciosos de fertilidad, cuya máxima expresión eran las orgías sexuales desenfrenadas.

Adorando al Toro

En Anatolia y norte de Siria, con suelos pobres y de casi imposible irrigación, era frecuente que la falta de lluvia llevase aparejada la pérdida de las cosechas y otras veces la violencia de las tormentas arrasaban el pobre y escaso suelo fértil, dando al traste con los esfuerzos y afanes de los pobres campesinos.

En esta zona de la península anatólica, el culto al toro se remonta al comienzo del cuarto milenio antes de nuestra era, según lo acreditan las abundantes cerámicas pintadas halladas en Tell Halaf, noreste de la Siria actual. Más tarde, con la llegada de los hititas, alrededor del 2000 a.C., el culto al toro como simbolismo del dios de la meteorología fue el elemento básico de su religión; buena prueba de ello es el hallazgo, en Alaça Höyük, de una escultura hitita primitiva en la que hay un toro sobre un pedestal que es adorado por un personaje con las manos alzadas, tal vez el rey o un sacerdote, mientras que otros presentan unos carneros al dios como ofrenda sacrificial.

En la mitología hitita, el dios de la Tempestad y del tiempo era  TESHUB (también escrito como Teshup ó Teshut), que era intitulado como “dios de la tormenta, señor del Armaruk” y fue muy venerado en la ciudad siria de Alepo y en el santuario rupestre hitita de Yacilikaya, cuya deidad fue introducida por el rey Hattusil I (hacia 1650 a.C.), al que representaban como un toro y se desplazaba en un carro tirado por sus toros sagrados “Sheri” y “Hurri”, que significan “día” y “noche”, que, según la leyenda, pacían en las ruinas de las ciudades.

Dios Teshub

Entre los muchos mitos del mundo Hitita, es significativo relatar el que se refiere a la desaparición del dios de la tormenta, Teshub, y las consecuencias desastrosas que su ausencia acarreó para los mortales, cundiendo la alarma entre los “mil dioses” del panteón hitita. El relato, del que solo se ha recuperado una parte, parece estar fechado hacia el año 1.440 a.C. y dice así:“El Gran dios solar preparó una fiesta e invitó a ella a los mil dioses…

El padre del dios de la tormenta dijo a los dioses: (se refiere a Kumarbi, padre de Teshub)

“Mi hijo no está aquí, se ha puesto furioso, se ha llevado consigo cuanto es bueno”

Los grandes dioses y los pequeños dioses y el águila se hicieron a la búsqueda del dios de la tormenta, pero no lo hallaron.

Como último recurso, el padre del dios de la tormenta fue en busca del abuelo y le dijo: “¿Quién es el que ha pecado, pues la simiente ha perecido y todo se ha secado?”

El abuelo dijo: “Nadie ha pecado que no seas tú… Ahora ve en busca del dios de la tormenta.”(el abuelo de Teshub era Anu)

El padre del dios de la tormenta se dirigió hacia la gran diosa madre y le dijo:

“El dios de la tormenta se ha enojado, todo está seco, la simiente ha perecido y ahora mi padre me ha dicho. “Es culpa tuya”…”

La gran diosa madre respondió: “Nada temas… Ve, tráeme a la abeja. Le daré instrucciones y lo buscará”.

El padre del dios de la tormenta dijo a la gran diosa madre: “Los grandes dioses y los `pequeños dioses lo han buscado sin hallarlo. Ahora será la abeja la que irá en su busca: sus alas son frágiles, ella misma es frágil…”.

El resto del texto se ha perdido, pero parece ser que, según puede desprenderse de algunos pasajes de otras versiones, la abeja encontró al dios de la tormenta dormido en un bosque y lo despertó clavándole el aguijón, consiguiendo no solo despertarlo, si no acrecentar la cólera del dios que, en su furor, “se pone el zapato derecho en su pie izquierdo”, aumentando así que los efectos más devastadores se desencadenen contra la tierra.

El dios Teshub montado sobre el toro

Ante esta nueva furia del dios de la tormenta, el resto de los dioses no tienen más remedio que recurrir a la magia para apaciguarlo y que vuelva a cuidarse del rey y de su país. El encargo recae en la diosa Kamrushepa, diosa de la sanación, de la medicina y de la magia, quien, con sus artes, consigue calmar a Teshub que regresa a su casa y restaura la vegetación y la fertilidad de la tierra.    

   Otro dios-toro de la tormenta, cuyo culto estuvo muy extendido por todo el Oriente Medio, al que se le comparaba con el cananeo Baal o el hitita Teshub, fue el dio Haddad, considerado comodios del trueno y la lluvia, tenía como símbolo el rayo y se le comparaba con un toro salvaje, ya que según el ánimo del dios o en función del comportamiento de los humanos, podía destruir o hacer crecer las plantas, y su culto tuvo una gran presencia en la mitología asiria y aramea.

El dios Addad

Casi todos los dioses de la tormenta en las religiones asirias, cananeas, hititas etc. tenían un nexo o parentesco común que se detecta en los entrelazados lazos de una religiones con otras, destacando en su mayoría una ascendencia sumeria, pues al igual que otros dioses que hemos citado, este dios asirio-arameo Haddad (ó Haddu) también fue hijo del dios acadio Anu, el An sumerio, y se le representaba de pié sobre su montura-toro. En  los rituales que le ofrecían a fin de que propiciase la lluvia benefactora se le inmolaban toros negros, pero cuando se quería que enviase un diluvio o una tormenta destructora sobre las tierras de sus enemigos, los fieles de Haddad le invocaban prorrumpiendo una serie de maldiciones contra el dios, de las que se excusaban ante la deidad diciéndole que ellos solo eran portadores de las que pronunciaban sus enemigos.

Dejando atrás las culturas milenarias nilóticas, semíticas e indoeuropeas y sus dioses-toro de la tormenta, que hemos relatado anteriormente, no podemos terminar este artículo sin echar una ojeada a las dos culturas clásicas del primer milenio antes de nuestra era, para conocer un poco la relación que tuvieron con respecto al toro, la lluvia, el rayo y la tormenta, tanto el dios del Olimpo, el Zeus griego, o el superviviente de ser devorado por su propio padre Saturno, el Júpiter Máximus romano.

El dios griego Zeus

La caída, en Grecia, de la cultura micénica y la invasión sucesiva por Jonios, Aqueos y Dorios a finales del primer milenio antes de nuestra era, estos pueblos tenían muy arraigado un culto al toro que, obviamente, enraizó entre los nativos de la Tesalia, la Ática y el Peloponeso.

Ya desde que se tienen las primeras noticias de la mitología griega, gracias a los, dos poemas homéricos la Ilíada y la Odisea, sabemos que el dios de mayor rango y el más poderoso del Panteón griego, regidor del monte Olimpo fué Zeus, que era el padre de todos los dioses y los hombres, Señor del cielo y del trueno y entre sus atributos se incluían el rayo, el águila, el toro y el roble.

La relación de Zeus con el toro era algo natural, no solo por su famosa transformación en toro para raptar a la princesa Europa, sino por la herencia indoeuropea o cretense-micénica, de donde le venía el título de Zeus Cronión “recolector de nubeso “amontonador de nubarrones”. Ese carácter como dios de la lluvia y el roble llevaba aparejados unos rituales que consistían en el “conjuro practicado por el sacerdote de Zeus, que sumergía una rama de roble en una fuente sagrada y luego asperjaba el agua hacia las nubes para estimularlas”, según relata J.G. Frazer en “La Rama dorada”.

Sacrificio a Zeus

Pero los ritos más impresionantes dedicados a Zeus eran los que se realizaban durante las fiestas de las Bouphonias ó Bufonías. Estas tenían lugar el día catorce del Skirophorion, que se corresponde con nuestro mes de junio-julio y consistían, de forma resumida, en poner sobre el altar, dedicado a Zeus, unas tortas de trigo y cebada, o simplemente los granos, como ofrendas al dios y a continuación llevaban varios toros que deambulaban alrededor del altar hasta que uno de ellos llegaba y comía las ofrendas allí depositadas. En ese momento el toro se convertía en la víctima sacrificial y era sacrificado por un sacerdote llamado “bouphonos” o “matador de toros” que le asestaba al animal un tremendo hachazo, depositando el hacha en el altar y abandonando el lugar. Muerto el toro era desollado y la carne la repartían entre los asistentes que la consumían cruda. La piel era estirada sobre un bastidor de cañas y tras orearse era rellenada de paja dándole la forma original y era uncida a un arado cual si fuese un animal vivo que araría la tierra una vez que Zeus la fecundara con la lluvia.

El legado del culto al toro que dejaron en Italia y Sicilia tanto los griegos como los etruscos, éste pueblo de probable origen semítico, supusieron la aceptación de dioses extranjeros como  Serapis o Mitra de clara vinculación táurica. Ese culto al toro se evidencia en el culto que le dedicaban a su dios toro Marte, señor de la guerra, y en los tocados de los soldados cuyos cascos portaban un par de cuernos e invocaban a su dios-toro guerrero a fin de que les concediese la victoria.

El dios Júpiter sobre las nubes

Relativo a la vinculación de su dios supremo Júpiter como dios de la lluvia, siempre fue venerado como dios de la lluvia, del rayo y el relámpago, lo que se evidencia ampliamente por los títulos que le dispensaba el pueblo romano, como Jupiter Fulgur (“el que empuña el rayo”) ó  Júpiter Fulgurator (“del relámpago”), Jupiter Pluvius (“el que envía la lluvia”) y Jupiter Summanus (“el que envía el trueno nocturno”), por todo ello era honrado por la ayuda y el beneficio que con sus lluvias proporcionaban a sembrados, ganados y viñedos.

Como soberano de los dioses estaba considerado como un dios justo y sabio, que poseía un fuerte temperamento y sus atributos eran el águila, el rayo, y el cetro. Uno de los defectos de Júpiter era su promiscuidad y para realizar sus conquistas amorosas, al igual que Zeus griego, se transformaba en animales como cisnes, toros o pájaros, pues él no podía ser visto en toda su gloria.

Al igual que ocurría con Zeus, los rituales en los que se sacrificaba al toro también le estaban dedicados a Júpiter, de parecido ritual como las mencionadas Bufonías, que en el caso romano era la festividad llamada Ambarvalia, que era un rito agrícola que consistía en llevar en procesión a un buey, una oveja y un cerdo alrededor de los campos, dando tres vueltas al mismo antes de sacrificarlos a la diosa Ceres o a Marte, que además de ser el dios de la guerra, estaba vinculado a los campos; su celebración comenzaba (Ante diem IV Kalendas Iunias), es decir el 28 de mayo, que era cuando el grano maduraba.

Aunque esos rituales, llamados también suovetaurilias, estaban dedicados a Ceres o Marte, también se dedicaban a Júpiter como se aprecia en este vaso adjunto en el que el emperador Tiberio, el que reinaba en tiempos de Jesucristo, sacrifica un toro a Júpiter en agradecimiento por uno de los triunfos conseguidos en sus campañas.

Sacrificio a Júpiter

Los datos sobre la dedicación de esos rituales a Júpiter nos los proporciona Marco Porcio Catón (234-149 a.C.), en la única obra suya que ha llegado hasta nosotros, “Sobre la agricultura” CXLI, y nos describe una de esas ceremonias de lustratio de los campos: “[1] “Has de purificar el campo así. Manda que las suovetaurilias (sacrificio de una cerda, una oveja y un toro) sean paseadas alrededor: « Como todas las cosas necesitan de los dioses, te ruego a ti, Manes (un dios doméstico lo mismo que Lares), que estas suovetaurilias cuides de hacer lustrar mi propiedad, mi campo y mi tierra, por todas partes donde encuentres, o bien hazlas girar, o bien deber ser dirigidas entorno ». [2] Invoca a Jano y a Júpiter con vino, así di « Padre Marte, te ruego y pido que quieras ser propicio a mí, a la casa y familia nuestra, por gracia de que he hecho dirigir la suovetaurilias alrededor de mi campo, tierra y hacienda, para que tú prohíbas, defiendas y alejes las enfermedades vistas y no vistas, la infertilidad y la devastación, calamidades y adversidades; y que dejes crecer y nacer bien frutos, trigo, viñas y árboles; [3] que guardes buenos y sanos pastores y ganado; y des salud y buena sanidad a mí, a casa y la familia nuestra. Por eso, pues, para purificar mi hacienda, tierra y campo, y por el sacrificio lustral que voy a hacer, como he dicho, seas magnificado por estas suovetaurilias de leche inmoladores: Padre Marte, por razón de esto mismo seas magnificado con estas suovetaurilias de leche. Así seas [4] además haz que hayan una torta y un pastel debajo del cuchillo, y de allí ofréndalos. Cuando inmoles el cerdo, el cordero y el ternero, así hay que decir: «Seas, magnificado con suovetaurilias inmoladores ».

     Posteriormente al sacrificio de los animales, la carne era consumida en un banquete comunal, que posteriormente, por cuestiones de higiene sanitaria, la carne la compraban los carniceros autorizados que después revendían los trozos de carne procedente de sacrificios públicos.

Hasta aquí, aunque algo extensos los dos artículos sobre los dioses-toro de la tormenta, que he intentado resumir en lo posible, ponen de manifiesto otra de las relaciones del toro con la divinidad, en este caso con los dioses de la tormenta, cuyos relatos revelan fehacientemente que los toros son cultura, debido a que muchas de las culturas de la antigüedad asentadas en el Oriente Próximo y zonas circundantes estuvieron empapadas de la cultura del toro.

                                             Plácido González Hermoso.     

BIBLIOGRAFIA

Historia de las Religiones, siglo XXI, vol.1, cap. VI: “Las religiones de la Anatolia antigua”.

Cristina Delgado Linacero, “El toro en el Mediterráneo”

Jack Randolph Conrad, “El Cuerno y la Espada”.

Manuel Serrano Espinosa, “Taurokatapsias y Juegos del Toro”

Mircea Eliade, “Mito y realidad

Cristina Delgado Linacero, “Juegos taurinos, en los albores de la historia”

James Geroge Frazer “La Rama Dorada, magia y religión

Tryggve N.D. Mettinger, “Buscando a Dios, significado de los nombres divinos en la Biblia

Fernad Comte, “Las grandes figuras mitolócicas

 

EL TORO PORTADOR DE IMAGENES – II (Carros cultuales)

Hermandad de “El Rocío” de Murcia

En el artículo anterior, sobre “El Toro portador de imágenes”, pudimos constatar la existencia de una diversidad de celebraciones y costumbres sobre la utilización de carros tirados por toros, para transportar las imágenes de los dioses o el cuerpo de los difuntos que, como es lógico, fueron adoptadas por distintas sociedades en la antigüedad.

Todas esas costumbres tuvieron su difusión a través de los desplazamientos sociales, el éxodo de poblaciones, las corrientes culturales etc., favorecidas además por los intercambios comerciales, las conquistas militares, las dominaciones imperiales de unos pueblos sobre otros, las migraciones nómadas ganaderas etc.

Asentadas esas costumbres en un territorio determinado y adoptadas por los pueblos residentes, las mismas sufrieron un sincretismo con las costumbres vernáculas, mediante una adecuación o acomodación de las recién llegadas con las ya existentes o viceversa.

Estas prácticas sincréticas fueron habituales en el mundo cristiano a lo largo de los siglos, como fórmula para combatir o erradicar costumbres, creencias y rituales paganos y allá donde la resistencia era insalvable procedían a adaptar las mismas a las celebraciones cristianas, tiñéndolas de una pátina religiosa.

España fue siempre lugar de paso o destino por donde se pasearon o asentaron los pueblos y culturas más influyentes de la antigüedad, dejándonos la impronta de sus costumbres, sus avances y conocimientos, sus creencias etc. que adoptamos de diverso agrado, adaptándolas posteriormente, con la ayuda del cristianismo, a nuestras festividades religiosas.

En los relatos que se exponen a continuación, no es difícil encontrar alguna analogía, a poco que recordemos, con alguno de los casos referidos en el artículo anterior, dentro de esa diversidad de celebraciones religiosas.

Un acontecimiento en el que podemos encontrar un paralelismo con el recalcitrante traslado del “Arca de la Alianza”, lo hallamos en el relato en el que se narra el traslado de los restos del santo eremita San Millán de la Cogolla (473-574).

Traslado de S.Millán, tabla s.XVII

Según cuenta una leyenda, corría el año 1.053, en concreto el día 29 del mes de mayo, cuando el rey de Navarra García Sánchez III “el de Nájera”(1035-1054), tras inaugurar en 1052 el Monasterio de Santa María la Real de Nájera (La Rioja), quiso enriquecerlo trayendo los cuerpos de varios Santos de la comarca. Con este propósito ocurrió que, cuando intentó llevar el cuerpo de San Millán a Nájera, los bueyes que arrastraban el carro con el féretro del santo, se pararon en un lugar determinado sin querer pasar de allí, por lo que el rey, interpretando el signo milagroso de que el santo deseaba permanecer en aquel lugar, decidió levantar en dicho emplazamiento un cenobio y un monasterio donde custodiar los restos y se le rindiese el culto debido al santo eremita. Dicho monasterio recibió el nombre de Suso (el de Arriba, en castellano antiguo).

Se localiza este monasterio en lo alto del valle de San Millán, que cruza el río Cárdenas donde, según la tradición, habitó el primer poeta castellano Gonzalo de Berceo (1197-1264) y, al parecer, estuvieron enterrados los cuerpos de los “Siete infantes de Lara”.

Arca con los restos de S.Millán

La realidad, al margen de la leyenda, es que dicho monasterio lo fundó el rey García Sánchez I de Navarra (925-970), el año 935, del que aún se conserva la iglesia mozárabe.

Más adelante, el rey Sancho Garcés III de Navarra, apodado “el Mayor” (1004-1035), colocó, en el año 1030, las reliquias del santo en una urna de plata, con el fin de que sus restos fueran venerados con la mayor suntuosidad posible.

La cueva central es el corazón del antiguo cenobio visigodo fundado, al parecer, por el santo en el siglo VI. Allí estuvo sepultado el cuerpo de San Millán hasta que las reliquias fueron levantadas por Sancho Garcés III de Navarra y colocadas en la urna citada. La cueva también servía al santo como oratorio.

Sepulcro de S. Millán

El cenotafio, conservado en dicho monasterio, es de época románica y en él aparece la estatua yacente de San Millán, revestido con ropas sacerdotales y sosteniendo un portapaz en el pecho (lámina de metal, madera o marfil, tallada con alguna imagen o signos en relieve, que se besaba en la ceremonia de la paz de las misas solemnes). En los cuatro lados y en los ángulos del cenotafio se representan algunos milagros realizados por el santo.

Otro ejemplo de la negativa de los toros a transportar los restos de una figura religiosa, la encontramos en el pueblo orensano de Bande, en concreto en el Concello de Santa Comba, circunscrito en la comarca de la Baixa Limia, junto al embalse “das Conchas”, donde se encuentra una pequeña iglesia o ermita visigótica, del siglo VII, dedicada a San Torcuato; un santo griego que fue ordenado obispo por San Pedro durante su estancia en Roma.

Santa Comba, iglesia visigoda

Este santo varón ejerció su apostolado en Toulouse, Francia, y posteriormente en Guadix, Granada, de donde fue su primer obispo. En esta ciudad andaluza fue martirizado y asesinado a cuchilladas, en tiempos del emperador Domiciano (51-96 d.C.), donde permanecieron sus restos hasta la invasión musulmana, tras la cual se decidió trasladar sus reliquias a un lugar más seguro y posteriormente, ante el avance musulmán, fueron llevados hasta Bande y depositados en un sarcófago en la iglesia de Santa Comba.

Cuando San Rosendo (907-977), obispo de Mondoñedo, fundó el monasterio de Celanova, intentó llevar los restos de San Torcuato -el corazón, el cráneo y el antebrazo, lo único que contenía el sarcófago- en un carro tirado por dos bueyes hasta dicho monasterio, los bueyes se negaron a ponerse en marcha, por lo que el féretro fue bajado y depositado de nuevo en la iglesia.

Interior de la iglesia de Stª Comba

Ante semejante negativa de los toros el ingenio del hombre, o del pícaro más bien, arguyó una solución “salomónica” y optaron por transportar los resto a mano hasta dicho monasterio, donde reposan desde entonces. En la catedral de Guiadix se conservan “El Brazo Santo”, “La Mandíbula” y el “Calcáneo”(un hueso situado en el talón). Su festividad se celebra el 15 de mayo.

Puede que no tengan ningún nexo de unión con las celebraciones del Año Nuevo babilónico, donde los dioses locales acudían y se paseaban por Babilonia a lomos de toros; mas debemos convenir en la existencia de una homología subyacente, con celebraciones de la antigüedad, muchas de las romerías de nuestros pueblos, en las que las imágenes de vírgenes o santos son transportadas en carros tirados por bueyes.

Antiguo monasterio de S.Salvador de Celanova

Uno de esos ejemplos de transporte de imágenes la encontramos en el pueblo pontevedrés de A CAÑIZA, donde la imagen de Nuestra Señora de A Franqueira, conocida como “Virxe da Fonte” –cuya imagen se cree procede de la época románico-gótica o bien de fecha anterior al siglo IX-, el día de su festividad, que se celebra del 7 al 9 de septiembre, es paseada en un carro tirado por bueyes durante la solemne procesión.

Según cuenta la leyenda, cuando apareció la imagen de forma milagrosa en una cueva (de una zona nominada como “O Coto da vella”), los párrocos de las dos feligresías, cercanas a dicho lugar, pretendieron llevar la imagen a su respectiva parroquia. Después de grandes discusiones sobre el tema, llegaron a un especie de solución “salomónica”,

Virgen de A Franqueira

determinando que se subiera la imagen a un carro tirado por bueyes, cuyos animales llevarían los ojos tapados para que no pudieran ver absolutamente nada, dejándoles plena libertad para dirigirse hacia una u otra feligresía, sin manejo alguno de personas.

El instinto o decisión de los propios animales sería respetado hasta que se pararan por su propia voluntad, en cuyo lugar habría de quedar la imagen de la Virgen para rendirle culto y veneración.

Virgen de Gracia, El Escorial

También en San Lorenzo de el Escorial, Madrid, se celebra la romería de la Virgen de Gracia el segundo domingo de septiembre, comenzando con el rezo del “Rosario de la aurora” desde el santuario de la Virgen hasta la ermita, situada en el parque de la Herrería, donde transcurren los actos del día. Al atardecer se realiza la procesión con la imagen de la Virgen de Gracia transportada en una carroza, lujosamente adornada, tirada por una pareja de bueyes.

En la ciudad cordobesa de Montilla, ubicada en la Campiña Sur, una de las comarcas más vitivinícolas de la provincia de Córdoba, se celebra la romería de la Virgen de las Viñas. Una fiesta variable que se celebra dentro de la primera quincena de junio.

Virgen de las Viñas, Montilla, Córdoba

La ermita de La Merced, enclavada en el corazón de la barriada del Gran Capitán, es el punto de partida para los miles de vecinos que, desde las 9 de la mañana, acompañan la pequeña imagen de la Virgen en su recorrido por los campos de Montilla.

Antes de adentrarse por los senderos que conducen hasta la Huerta Bellido, los romeros hacen una ofrenda floral ante el azulejo de la Virgen del Pilar que preside la entrada de la casa cuartel de la Guardia Civil. Tras el solemne acto, la comitiva se dirige por el camino de La Zarza hasta el paraje de Cañalerma, escoltada por una impresionante comitiva de caballistas, amazonas, carretas, coches de caballos y carrozas, de los miles de montillanos que participan en la romería. Tras compartir comida, bebida, baile, cante y tertulia, los romeros toman el camino de vuelta a Montilla en torno a las 19.30, cuando el sol comienza a declinar en la campiña cordobesa.

Virgen de las Viñas, Montilla

En Nerja, el pueblo más oriental de la malagueña comarca de la Axarquía, festejan a San Isidro Labrador, patrón de los labradores, los días 14 y 15 de Mayo, con una misa rociera en la iglesia de El Salvador, en la que se citan peñas, agrupaciones de bailes, devotos, feligreses y amigos.

La romería, en sí, se inicia desde el Balcón de Europa, donde el santo, subido en una carreta tirada por bueyes, es llevado hasta la Ermita del Santo.

Mientras se hace el camino hasta la ermita, ubicada en el recinto de la Cueva de Nerja, en cada parada de la comitiva la gente come, bebe, baila y canta por sevillanas.

San Isidro, Nerja, Málaga

En Jerez de la Frontera, Cádiz, se venera la imagen de la Virgen de la Consolación, co-Patrona de la ciudad. Según la tradición, la imagen apareció en el mar, en una barca abandonada durante una gran tempestad, siendo recogida por el capitán Domingo Adorno, quien le improvisó un altar en su barco.

En sueños, la propia imagen le pidió que la llevase al convento de los dominicos, fundado por Alfonso X en el siglo XIII (1.266), para recibir allí culto como la Patrona de los Afligidos y los Navegantes.

Virgen de la Consolación, Jerez de la Frontera

Tras desembarcar la imagen, ésta fue colocada en una carreta tirada por dos bueyes que la trasladaron a la ciudad, para recibir allí la veneración de todos los jerezanos. Su festividad se celebra el 24 de septiembre.

El hecho más conocido en España de transporte de símbolos religiosos, en carros tirados por bueyes, es la famosísima romería de la Virgen del El Rocío. Esta festividad se celebra el domingo de Pentecostés, entre el 15 de mayo y el 15 de junio, al ser una fiesta móvil, cuya celebración se realiza 7 domingos después del domingo de Resurrección.

Su celebración se remonta al siglo XVII, aunque otras leyendas apuntan que fue desde la fecha en que la imagen fue encontrada por un cazador, Gregorio Medina, de Villamanrique de la Condesa, en el siglo XV.

Ermita de El Rocío

La romería consiste en un peregrinaje hasta el santuario de la Virgen del Rocío, invocada también con los títulos de “Blanca Paloma” o “Divina Pastora”; dicho templo se asienta en la villa de El Rocío, junto a las marismas del río Guadalquivir, en el término municipal de Almonte (Huelva).

A ella llegan hermandades procedentes, principalmente, de toda Andalucía, aunque no faltan las que llegan desde distintos puntos de España y del mundo entero. Las diferentes hermandades rocieras, superior al centenar, salen en distintas fechas para coincidir en la aldea del Rocío al mediodía del sábado, víspera de Pentecostés.

Lo más característico e identificativo del las Cofradías es un carro tirado por una pareja de bueyes, ricamente exornado de orfebrería plateada, que porta en su interior el “Simpecado”, un estandarte con la imagen de la Virgen, exquisitamente repujado con bordados en oro y pedrería.

Hermandades cruzando un río

Lo más típico es hacer el recorrido a caballo, en carreta o a pie a través de las marismas, durmiendo en pleno campo. Al llegar a Almonte se acampa en espera de las demás Hermandades y el sábado desfilan para presentar el “Simpecado” a la “Patrona de las marismas”.

La noche del domingo nadie duerme, en espera de poder entrar al templo y realizar, en la madrugada, “el salto de la verja”, momento en el que los almonteños saltan la verja y pasean a su Patrona por la Aldea del Rocío durante todo el lunes de Pentecostés, a hombros de los enfervorizados romeros.

Un caso curioso, sobre la iconografía religiosa en piedra, lo encontramos en la iglesia románica de San Gil, del pueblo zaragozano de Luna, encuadrado en la comarca de las Cinco Villas, cercano a Egea de los Caballeros, donde se encuentra un capitel de una belleza y expresividad excepcional.

Capitel en S.Gil de Luna

Su iconografía nos muestra, en un lado del capitel, a los evangelistas Lucas y Mateo, en versión tetramórfica, junto a un ángel que permanece entre ambos mostrando el evangelio. En dicho libro hay grabada una inscripción con la palabra: “MARCHVS”.

Capitel de S.Gil de Luna

En otra cara, del mismo capitel, aparece el toro sujetando con su pata la Cruz de la resurrección, mostrando cierta similitud con el habitual Agnus Dei, ya que la postura del toro aparece en una actitud triunfal. Esta representación es una clara alusión a uno de esos textos de predicación iconográfica o evangelio en piedra, cuya enseñanza tuvo gran permanencia en la época medieval.

En uno de los pueblos blancos malagueños de la serranía de Ronda, en GAUCIN, el último domingo de agosto se celebra la Romería a la Adelfilla, en la que los vecinos acompañan al Santo Niño, desde la Iglesia del pueblo hasta la ermita de la Adelfilla, donde se conmemora el encuentro del Santo Niño con Juan Ciudade (San Juan de Dios).

Procesión del Santo Niño

El Santo Niño se lleva a hombros desde la iglesia hasta la entrada del pueblo, donde se sube a una carreta tirada por bueyes y adornada profusamente para la ocasión. Durante el trayecto se canta y se bebe hasta llegar a la ermita, donde se celebra una misa en su honor.

El Santo Niño permanece en la ermita hasta el día del 7 de Septiembre, día en el que, tras el novenario, se realiza la segunda romería para devolver la imagen, desde la ermita a su permanente hogar, la Iglesia de San Sebastián de Gaucín, donde al día siguiente, 8 de septiembre, el día grande de las fiestas, finalizan éstas con la celebración de la Santa Misa y solemne procesión de las imágenes del Santo Niño y San Juan de Dios por las calles del pueblo.

Imagen del Santo Niño de Gaucín

Según cuenta la tradición, corría el mes de agosto de 1536 cuando un santo portugués, Juan Ciudade, procedente de Gibraltar, donde ejerció su ministerio sacerdotal, halló un niño descalzo y sin vacilar un momento se quitó sus sandalias y se las calzó al niño, pero al ser éstas demasiado grandes para un niño tan pequeño lo llevó a hombros hasta una fuente cercana, llamada de la Adelfilla, donde calmó su sed. Fue entonces cuando de pronto se manifestó como un Niño resplandeciente, con una granada coronada por una cruz y le dijo: “Juan de Dios, Granada será tu cruz”.

Traslado del santo Niño

Pasado el tiempo, después de fundar un hospital en Granada realizó el proyecto, largamente ansiado por el santo, de donar a la Villa de Gaucín una imagen del Niño Divino. Esta donación se materializó el 7 de septiembre de 1540 cuando el santo, burlando la vigilancia de la guardia del castillo, depositó la bella imagen en la actual ermita.

Durante la permanencia de las tropas francesas en la Villa de Gaucín, en julio de 1810, la ermita fue saqueada y la primitiva imagen del Niño fue arrojada por los muros del castillo.

Después de la marcha de los franceses apareció la imagen del Santo Niño, y los lugareños celebraron solemnes actos en acción de gracias.

El 8 de septiembre de 1936, durante la persecución religiosa de las hordas comunistas, fue saqueada la ermita y quemada la primitiva imagen.

San Zopito, Loreto Aprutino, Italia

En Loreto Aprutino, municipio situado en la provincia de Pescara, en los Abruzos, Italia, se celebra una fiesta en honor de San Zopito el día de Pentecostés y los dos días siguientes, con solemne Misa y procesión.

En la procesión va un buey entrenado y engalanado con un niño montado en sus lomos, vestido todo de blanco con bordados de oro, con un clavel rojo en la boca y una corona de flores, semejando la figura de un ángel, vestigio –se dice- de un culto antiguo. En varios puntos de la ciudad, durante el desfile procesional con las reliquias del Santo, el Buey realiza varias genuflexiones ante ellas y, sobre todo, ante la puerta de la Iglesia del Santo. Es este ángel, según cuenta la tradición, el que hace que el toro se ponga de rodillas ante las sagradas reliquias.

Procesión de S. Zopit

La leyenda cuenta que este ritual se remonta al año 1711, cuando las reliquias de San Zopito fueron transportadas desde las catacumbas de San Calixto, en Roma, a Loreto Aprutino. Un agricultor, Carlo Parlione, que trabajaba en el campo, hizo caso omiso de la procesión y continuó trabajando.

Sin embargo, uno de sus bueyes reconoció el poder de las reliquias y dejó de tirar del arado poniéndose de rodillas al paso del cortejo procesional, reconociendo con ello la sacralidad de las reliquias. Más tarde, cuando la procesión llegó al pueblo, un familiar del agricultor de pronto se recuperó de una grave y larga enfermedad.

Este ceremonial tiene cierta semejanza con el ritual del “Toro de San Marcos” (del que trataremos en otro artículo), de amplia celebración y difusión en el oeste peninsular y más concretamente en Extremadura. Esta homología se remonta a los antiguos ritos dionisíacos, en especial con una de las ceremonias descritas por Eurípedes en su tragedia “Las bacantes”. Por ello, no sería imprudente aventurar que posiblemente la fiesta de San Zopito sea un sincretismo de algún rito dionisíaco, donde el toro toma parte en el ritual o bien representa una teofanía (manifestación) de la divinidad.

Como decíamos al principio, las corrientes culturales viajaron siempre como parte inseparable de los desplazamientos humanos, cuyos componentes llevaron la impronta de sus costumbres, sus creencias y sus modos de vivir allá donde fueron.

Procesión de S.José, Costa Rica

Cuando a finales del siglo XV y comienzo del XVI principiaron las primeras expediciones de “la Cruz y la espada”, de nuestros conquistadores en América, además de las costumbres de sus componentes iban, también, acompañados de sus creencias y de aquella legión de misioneros, que se encargaron de sembrar, no solo la Fe, sino los ritos y ceremonias inherentes a su religión, cuya semilla consiguieron que arraigara en aquellas tierras de ultramar.

En muchos países de la América Hispana enraizaron aquellas costumbres en tiempos de la colonia, cuyas ceremonias podemos contemplar en infinidad de pueblos en las diferentes efemérides que se celebran.

Decoración de un carro procesional, Costa Rica

Uno de aquellos países donde creció la semilla religiosa, que por su vistosidad relatamos, es Costa Rica, donde se celebra y festeja, con gran suntuosidad y participación popular, a San José y a San Isidro Labrador.

En San José, la capital de Costa Rica, se celebra, el día de su santo patrón, el conocido “Desfile de Boyeros”, que llenan la ciudad de colorido y tradición y es seguida por miles de josefinos y de “ticos”, gentilicio informal de los costarricenses.

No menos de 300 boyeros de diferentes partes del país, con sus yuntas de bueyes y sus carretas, profusamente pintadas de figuras y colorido, desfilan por las principales avenidas de la capital, en las que participa la imagen de San José subida en la carreta de un boyero distinguido.

Durante la mañana y parte de la tarde, se realiza la tradicional Entrada de Santos y Desfile de Boyeros, organizada por la Municipalidad de San José y la Fundación Boyeros de Costa Rica, que es la encargada de designar, anualmente, la carreta del boyero que debe portar la imagen del santo.

En esta fiesta tradicional participa un enorme muestrario de boyeros, yuntas bien chaneadas(adornadas) y coloridas carretas provenientes todos los lugares del país.

Procesión de S.Isidro, Costa Rica

También se repite esta conmemoración en casi todos los pueblos de Costa Rica que tienen el nombre de “San Isidro”, donde es común la celebración del día de este santo, con la participación de infinidad de boyeros con sus vistosas carretas y en una de ellas se lleva la imagen de San Isidro Labrador; festejo que iguala en número de participantes, colorido y suntuosidad a la celebrada en la capital del país. A esta tradicional celebración acuden gentes de los diferentes distritos y cantones del país.

Como acabamos de ver, estas fiestas de rito cristiano son adaptadas por la sociedad civil para sus celebraciones populares, produciéndose para ello una desacralización del rito a fin de secularizarlo totalmente; sin embargo no por ello pierden sus raíces de procedencia, bien visibles en cada uno de los estadios de la fiesta.

Fiesta de la Mejorana, Panamá

A modo de ejemplo de esa adecuación del rito religioso al estado laico popular, citaremos solo un caso como arquetipo de las diferentes celebraciones que se ofician en gran parte de Hispano-América, en donde un carro tirado por bueyes transporta, por lo general, una figura femenina elevada a la categoría de reina de la fiesta, como remembranza profana de una divinidad.

Esa fiesta a la que nos estamos refiriendo, a modo de ejemplo, es el Festival Nacional de la Mejorana que se celebra en Panamá, concretamente en el corregimiento de Guararé, de la provincia de Los Santos. Los diferentes actos se desarrollan entre los días 21 y 26 de septiembre, coincidiendo con la festividad de la Virgen de la Merced, patrona de la ciudad y de los reos, por eso lleva la imagen, en su mano izquierda, unas esposas abiertas como símbolo de liberación.

Reina de la Mejorana

Este importantísimo festival se realiza para conmemorar el primer grito de independencia en 1821, y en dicho desfile participan infinidad de carretas tiradas por una pareja de bueyes, ricamente engalanadas, representando los diferentes distritos de la provincia de Los Santos. Cada una de las carretas va acompañada por su propia “tuna”, formada por varias decenas de participantes que entonan diversas canciones del folklore popular panameño, junto a los músicos que tañen la popular “Mejorana”, un instrumento popular, algo más pequeño y rústico que la guitarra española, típico del folklore de Panamá.

Virgen de la Merced, Panamá

Al final del desfile, que congrega a cerca de 100.000 personas y más de medio centenar de carretas, se concede un premio a la carreta participante mejor adornada, aunque, como casi siempre, la más vistosa es la de la reina de la fiesta, que como es lógico no participa en el concurso.

La lista de celebraciones con la participación de carros tirados por bueyes, tanto religiosas como profanas, sería interminable, por lo que con los ejemplos expuestos son suficientes para constatar la presencia del toro en este tipo de conmemoraciones.

Plácido González Hermoso.

BIBLIOGRAFIA

1.- Julio Caro Baroja, “Ritos y Mitos equívocos”

2.- Julio Caro Baroja, ”El estío festivo”

3.- Ángeles Sánchez “Guía de fiestas populares de España”

4.- Informaciones de diversos municipios gestionados por el autor

EL TORO PORTADOR DE IMAGENES – I (Carros cultuales)

Toro porteador, Babilonia año 3.100 a.C.

La mitología del toro es tan extensa y variada que puede contemplarse desde distintos enfoques conceptuales. En esta ocasión el análisis será desde uno de los aspectos religiosos, donde la utilización del toro portador de las imágenes de los dioses en los desfiles procesionales, utilizando carros cultuales, está ampliamente documentada en las diferentes sociedades de la antigüedad.

Carros fúnebres, Ur, Sumeria

Los sumerios utilizaron, incluso, el término de “Toro conductor” para designar a uno de sus meses primaverales.
Durante la festividad del Año Nuevo babilónico, llamado mes de Nisán (equivalente al mes de Marzo), las imágenes de los dioses locales eran llevadas, desde otras ciudades, hasta Babilonia, transportadas por el río Éufrates, en los barcos procesionales conocidos como “magur ó mathusa”, y puestas encima de una plataforma que era portada por un toro y acompañado por el soberano, como recoge la impresión de un cilindro-sello hallado en el tesoro del templo de Uruk, de finales del IV milenio a.C. Durante los días que duraba la celebración del Año Nuevo, los dioses eran llevados, en solemne procesión, de templo en templo de la ciudad babilónica, en una especie de peregrinaje penitente.

Vaso de Hasanlu, Irán

Esa evidencia la hallamos representada en un vaso de oro de Hasanlu (s. XIX a.C.) hallado cerca del lago Urmia (N.O. de Teherán, Irán) donde aparece, entre otros motivos, un carro conducido por un dios alado y tirado por un buey celeste que escupe la lluvia, exponente manifiesto de la representación del dios de la lluvia o las tormentas.
En la Biblia encontramos un hermoso pasaje que nos relata un episodio en el que el Arca de la Alianza es transportada en un carro tirado por dos bueyes -tras abandonarla los filisteos después de sufrir grandes desgracias por haberla robado a los judíos-, cuando el rey David la trasladó a Sión: “Pusieron el arca de Dios sobre un carro nuevo y la llevaron de la casa de Abinadab. Conducían el carro Uza y Ajio. David y todo Israel danzaban delante de Dios con todas sus fuerzas y cantaban y tocaban arpas, salterios y tímpanos, címbalos y trompetas. Cuando llegaron a la era de Cidón, Uza tendió la mano para agarrar el arca, porque los bueyes recalcitraban…”, es decir se resistían a seguir el camino; cuya acción le costó la vida a Uzá, por haber tocado el Arca. (1Cron.13,7-10)

Iglesia mormona de Salt Lake, Utah, EE.UU

El “Mar de bronce” fue destruido por Ajaz, duodécimo rey de Judá (736-716 a.C.) que subió al trono a la edad de veinte años, alejándose de Yahveh y.”…hasta hizo pasar a su hijo por el fuego, según las abominaciones de las gentes…”(2Reyes,16,3), la destrucción la relata la Biblia del siguiente modo: “El rey Ajaz destruyó los paneles de las basas, quitó de ellas el aguamanil, bajó el mar de bronce de encima de los toros que estaban debajo de él, poniéndolos sobre el pavimento de piedra…”(2Reyes, 16, 17-19)

Aunque la Biblia no es demasiado explícita al respecto, encontramos al menos dos ejemplos que ilustran la utilización de toros en el transporte funerario, aunque separados en el tiempo por varios siglos, nos inducen a pensar que su uso estuvo en vigor durante bastantes centurias.

En el pasaje en que se relata la muerte del rey de Judá, Ocozías (843 a.C.) a manos de Jehú, cerca de Megiddo, se dice que ”…sus siervos le llevaron en un carro a Jerusalén y le sepultaron…”(2Reyes, 9, 28)

En otro pasaje de ese mismo libro se relata también la muerte del rey Josías (609 a.C.) por el faraón Necao, también en Megiddo “Sus servidores trasladaron su cadáver en un carro desde Megiddo, llegaron a Jerusalén y lo sepultaron en su sepulcro…”(2Rey 23,30).

Aunque el autor bíblico no cita qué animales arrastraban los carros, sí sabemos, por la iconografía de la época, que los toros o bueyes eran los animales de tiro habituales y destinados a estos menesteres, ya que los caballos solo se utilizaban para la guerra y para los carros de guerra.

Carro de la gloria, visión de Ezequiel

Tal vez uno de los episodios más representativos narrados en la Biblia es sin duda la famosa visión del profeta Ezequiel (627-570 a.C.) que la identificó como “La Gloria del Señor“, hecho ocurrido cuando se encontraba entre los componentes del pueblo judío deportado en tierras de Babilonia, ordenada por Nabucodonosor II, allá por el siglo VI a. C. La narración del propio Ezequiel, desde el Capítulo I, comienza
así: “Hallándome entre los deportados, a orillas del río Quebar, se abrieron los cielos y contemplé una visión divina. Fue el año quinto de la deportación de Jeconías (conocido por Joaquín de Judá, 598-597).Vino la Palabra del Señor a Ezequiel…Entonces se apoyó en mí la mano del Señor, y vi que venía del norte un viento huracanado, una gran nube y un zigzagueo de relámpagos. Nube nimbada de resplandor, y entre el relampagueo algo como el brillo del electro. En medio de éstos aparecía la figura de cuatro seres vivientes; tenían forma humana, cuatro rostros y cuatro alas cada uno. Sus pies eran como pezuñas de novillo… Su rostro tenía esta figura: rostro de hombre, y rostro de león por el lado derecho de los cuatro, rostro de toro por el lado izquierdo de los cuatro, rostro de águila los cuatro… Miré y vi en el suelo una rueda al lado de cada uno de los cuatro seres vivientes… las cuatro tenían la misma apariencia. Su hechura era como si una rueda estuviera encajada dentro de la otra…para poder rodar en las cuatro direcciones sin tener que girar al rodar…Sobre la cabeza de los seres vivientes había una especie de plataforma… Y por encima de la plataforma, que estaba sobre sus cabezas, había una piedra de apariencia de zafiro en forma de trono; sobre esta especie de trono sobresalía una figura que parecía un hombre…Era la apariencia visible de la Gloria del Señor”.

Más adelante, en el capítulo 10,13, Ezequiel describe nuevamente la visión reseñada y dice: “Oí que a las ruedas las llamaban La Carroza”

El profeta Habacuc (605 a.C.), al parecer contemporáneo de Ezequiel, hace referencia al carro de Yahveh cuando le interpela: “¿Es que arde, Señor, contra los ríos, contra los ríos tu cólera, contra el mar tu furor, cuando montas tus caballos, tu carro victorioso?”

Y anteriormente a todos éstos sucesos, el profeta Isaías (s.VIII a.C. Según los apócrifos Vida de los Profetas, murió aserrado durante la persecución provocada por el rey Manasés) en el último capítulo de su libro, el 66-15, advierte cual es la forma de la llegada del Señor Yahveh, cuando habla de los que serán excluidos de la nueva Jerusalén: “Porque el Señor llegará con fuego y sus carros como torbellino, para desahogar con furor su ira y su indignación con llamas”.

Tepsup, dios de la tormenta, s.XI a.C.

Una de las descripciones más antiguas en Turquía, sobre los desfiles procesionales con carros cultuales portadores de imágenes, se encontró en un texto cuneiforme protohitita de Bogazköy, del III milenio a.C., donde se narra una fiesta en Capadocia en honor del dios Telepinu: “El cuarto día, cuando amanece, el sacerdote (del templo) de la ciudad de Hanhanna engancha los bueyes al carro del dios.Dos bueyes son regalados por el sacerdote de la casa de Orijanni (un gran señor cuya profesión no se precisa). Ellos colocan al dios y su sacerdote… El segundo día: sus orejas (las de los bueyes) se adornan también … Colocan al dios detrás (es decir, detrás de los bueyes sobre el carro). Su sacerdote se coloca con él. Luego él (el sacerdote) sujeta al dios en su lugar…” (para impedir que la estatua o la estela divina se desplace o se caiga).

El dios de la tormenta Hitita Teshub, viajaba montado en su carro, de ruedas muy primitivas, tirado por sus dos toros sagrados Sheri y Urri, traducido por “Día y Noche”.

Dios Adad sobre el toro sagrado

Otra modalidad de toros transportadores de dioses eran las monturas sagradas de la divinidad, de uso común en muchas zonas del conocido “Crecienten fértil”, como se aprecia en el dios Adad, dios de la tormenta de la zona Alepo y Ebla, que tenía como montura un toro sagrado.

La iconografía representativa de esas monturas sagradas era un tema recurrente en una amplia zona del oriente próximo, dentro de una extensa gama de soportes, como cilindros-sellos sobre arcilla, cobres, basalto, esteatita etc
Es interesante una estela basáltica encontrada en Ebla, hacia el año 2.000 a.C. hoy en el Museo Arqueológico de Idlib. Sus cuatro caras estaban subdivididas en cinco registros, donde en la cara principal se ve a la diosa Ishtar, dentro de un curioso edículo alado (templete para cobijar a las divinidades), puesta sobre la espalda de un toro; todo ello encuadrado entre dos hombres-toro. En la cara posterior aparecen dos figuras míticas, una esfinge alada y un toro androcéfalo.

Dios Siva sobre el toro Nandi

Lo mismo ocurre con la montura del dios de la India Siva, que era el toro Nandi, el cual dicen que labró con sus cuernos los cauces de los ríos Indo y Ganges. Esta asociación del toro y la divinidad, con Siva en este caso, bien pudieran haber sido adoptadas de las ultra-lejanas concepciones religiosas de las poblaciones paleolíticas de la península indostánica, donde se han encontrado unas pinturas rupestres, en concreto en la zona de Bhimbetka, cerca de Bhopal, en las que se representa a un personaje sobre un toro, que más bien pudiera identificarse con una vaca, cuya orla rodeándole nos inclina a pensar que nos hallamos ante la presencia de una divinidad.

La escena pudiera ser asociada al dios de las tormentas, en el caso de que fuese un toro el animal representado, de un amplio arraigo en las sociedades agrícolas, o bien, si fuese la vaca el animal de la pintura, se referiría a una escena de fertilidad, de gran fuerza e importancia en dichas sociedades agrícola-pastoriles.

Pintura rupestre de Bhimbetka

El nombre Bhimbetka, el lugar donde se encuentran dichas pinturas, se cree que podría proceder de la frase dialectal bhīm bait ka (“Bhimá que se sentó en estas rocas”, un personaje del inmenso texto épico sánscrito Majábharata, escrito hacia el siglo VI a.C.).

Aunque las informaciones que han llegado hasta nosotros no son lo suficientemente abundante como quisiéramos, relativas a la cultura desarrollada en el valle del río Indo, entre el 2600 y el 1800 a.C., (en el actual Pakistán), en concreto en las zonas de Möhenjo Daro, que significa “montículo de la muerte”, y Harappa, al menos las impresiones sobre arcilla y los objetos iconográficos encontrados, en las excavaciones arqueológicas, delatan una fuerte presencia del toro en la esfera religioso-cultual.

Mohenjo Daro

Muestra de ello es este carro ceremonial de oro portando a un personaje, posiblemente una divinidad protectora y tirado por dos toros.

En el ritual de la muerte y resurrección de Atis, circunscrito a las fiestas de primavera dedicadas a Cibeles en las fiestas de Año Nuevo, coincidentes con el equinoccio de primavera, el día 27 de marzo, el festival romano finalizaba con una procesión al arroyo Almo (arroyo que desemboca en el Tiber al pié de las murallas de Roma), adonde era llevada la imagen argéntea de la diosa, tallada toscamente en piedra negra, colocada encima de una carreta tirada por bueyes, en cuyo arroyo era lavada la carreta y la imagen de la diosa por el gran sacerdote. A la vuelta del baño esparcían sobre la carreta y los bueyes las flores de primavera.

Toro Apis

En el país del Nilo, está perfectamente documentada la utilización de carretas tiradas por bueyes para arrastrar el catafalco de la momia hasta su última morada, cuya práctica la encontramos reflejada en las pinturas de las tumbas reales de Tebas.

Transportando al difunto

Más tarde, Apis se convirtió en el toro que sirvió de vehículo a los miembros recompuestos del cuerpo de Osiris, tras fallecer a manos de su hermano Set, en aquella lucha fratricida, Isis, esposa y hermana de Osiris, después de haber reunido los miembros de éste, los metió en un buey de madera que se supone lo transportó a su sepultura.

Se sabe que los griegos uncían bueyes a los carros que tiraban del sarcófago del difunto, como lo refleja la Ilíada que ocurrió en la guerra de Troya, para el traslado de los soldados muertos. Tras la lucha entre Héctor y Ajax éste llega ante la presencia de Agamenón que le brindó el lomo entero de un buey. Tras comer, el anciano Néstor habló a los Atridas y les pidió: “…retiremos los cadáveres con la ayuda de mulas y de bueyes, quemándolos ante las naves para que cada cual pueda llevar las cenizas de los suyos a sus hijos…”. (Rapsodia VII,327)

También la deidad griega Hera, la celosa esposa y hermana de Zeus -diosa del matrimonio y los nacimientos, cuyo emblema era una vaca, por ser un animal maternal- disponía de un carro arrastrado por dos bueyes blancos para sus desplazamientos.

Cueva de la Vieja, Alpera

Esta relación del dios con el toro en cuanto montura, como antecedente oriental trasladada a nuestra Península, la podemos encontrar en una pintura prehistórica del abrigo de la Vieja (Alpera, Albacete), que al decir de los entendidos, una figura de gran tamaño, tocada con un penacho de plumas, con tres flechas en una mano, apoya su pié izquierdo sobre el testuz de un toro mientras que su pierna derecha traspasa los cuartos traseros de un ciervo. Parece ser que esta imagen podría representar a un dios de la caza, o también podría tener alguna relación con el dios de la tormenta, si considerásemos las tres flechas de la mano derecha como símbolos de los rayos de la tormenta, que la mayoría de dioses de esta potestad exhiben en las representaciones pictóricas orientales.

Otros ejemplos, que ilustran la utilización del toro en los transportes funerarios, ocurrió cuando transportaron el cuerpo del apóstol Santiago el Mayor, cuando arribó a las costas gallegas de la ría de Padrón.

Llegada a Noya del cuerpo de Santiago

Sin embargo, después de llegar a Jerusalén, donde el apóstol fue degollado por orden del rey Herodes Agripa, dos de sus discípulos robaron el cuerpo y tras prepararlo lo embarcaron de nuevo rumbo a Iria Flavia.

El 25 de julio del año 44, tras un largo periplo que los llevó desde Israel al fin de la Tierra, transportado en un barco dentro de un sarcófago de mármol y después de franquear las columnas de Hércules, abordó las costas gallegas españolas. La reina Lupa, que habitaba en tierras gallegas, indignada, mandó uncir, al carro que debía transportar su ataúd, dos toros salvajes para que lo rompieran contra las rocas, pero los toros impresionados por el signo de la cruz se volvieron mansos cual corderos y lo llevaron hasta el palacio de la reina, que se convirtió y transformó su palacio en un monasterio, cuna de las peregrinaciones de Santiago.Este acontecimiento milagroso es relatado en el Libro II, Capítulo I del “Codex Calixtinus” -un manuscrito iluminado, de mediados del siglo XII, conservado en la Catedral de Santiago de Compostela y atribuido al Papa Calixto II (1050-1124)-, de la siguiente manera: “…Sus discípulos, apoderándose furtivamente del cuerpo del maestro, con gran trabajo y extraordinaria rapidez lo llevan a la playa, encuentran una nave para ellos preparada, y embarcándose en ella, se lanzan a la alta mar, y en siete días llegan al puerto de Iria, que está en Galicia, y a remo alcanzan la deseada tierra…. Emprendida, pues, la marcha hacia oriente, trasladan el sagrado féretro a un pequeño campo de cierta señora llamada Lupa… le piden que les dé un pequeño templo en donde ella había colocado un ídolo para adorarlo… y les contesta hipótricamente: “”Id, dijo; buscad el rey que vive en Dugio, y pedidle un lugar para disponer la sepultura a vuestro muerto”…. Obedeciendo sus indicaciones…llegan… a presencia del rey… y le cuentan en detalle quiénes y de dónde son y por qué habían venido. El rey… ordena… que ocultamente se les prepare una emboscada y que se mate a los siervos de Dios. Pero, no obstante, descubierto esto por voluntad de Dios, marchándose secretamente, escapan huyendo con rapidez. Cuando se informó al rey de su fuga… persigue pertinazmente el rastro de los fugitivos siervos de Dios. Y como ya hubiese llegado al extremo de estar a punto de ser muertos a manos de los empedernidos perseguidores, atraviesan, inquietos éstos, tranquilos aquéllos, un puente sobre cierto río, y en un solo y mismo momento, por súbita determinación de Dios omnipotente, se resquebrajan los cimientos del puente que atravesaban, y se desploma desde lo alto a lo profundo del río, completamente derruido…  Después recorren el camino hasta la casa de la citada matrona y le muestran cómo la exasperada determinación del rey había querido perderles con la muerte, y lo que Dios había hecho contra él para su castigo.

Reina Lupa y transporte de Santiago      

Luego, con insistentes ruegos, le piden que ceda la precitada casa dedicada a los demonios, para consagrarla a Dios… Mientras ellos la urgían… a que suministrase parte del pequeño predio para enterrar el cuerpo del santísimo varón, ideada una nueva y desusada estratagema, creyendo poder matarlos con algún engaño, habló de esta manera: “Puesto que, dijo, veo vuestra intención tan decididamente inclinada a eso, y que no queréis desistir de ella, id y coged unos bueyes mansos que tengo en un monte, y acarreando con ellos lo que os parezca de más utilidad y cuanto necesitéis, edificad el sepulcro. Si os faltasen alimentos, procuraré liberalmente dároslos a vosotros y a ellos”. Oyendo esto los apostólicos varones y sin percibir la hipocresía de la mujer, se marchan dando las gracias, llegan al monte y descubren algo distinto que no esperaban. Pues al pisar los linderos del monte, de pronto un enorme dragón, por cuyas frecuentes incursiones se hallaban entonces desiertas las viviendas de las aldeas próximas, saliendo de su propia guarida, se lanza, echando fuego, sobre los santos varones… dispuesto a atacarlos y amenazándolos con la muerte. Mas acordándose ellos de las doctrinas de la fe, oponen impávidamente la defensa de la cruz, le obligan a retroceder haciéndole frente y, al no poder resistir el signo de la Cruz del Señor, revienta por mitad del vientre…. Este monte, pues, llamado antes el Ilicino, como si dijéramos el que seduce, porque con anterioridad a aquel tiempo sostenían allí el culto del demonio… fue llamado por ellos Monte Sacro, es decir, monte sagrado. Y al ver desde allí corretear los bueyes que arteramente se les había prometido, los contemplan bravos y mugientes, corneando el suelo con su elevada testuz, y golpeando fuertemente la tierra con las pezuñas. Y de pronto, mientras corriendo unos tras otros por la dehesa representaban una cruel amenaza de muerte con su peligrosísima carrera, tanta mansedumbre y lentitud se apoderó de ellos, que los que al principio se acercaban corriendo para ocasionar una catástrofe impulsados por su atroz bravura, luego con la cerviz baja confían espontáneamente su cornamenta en manos de los santos varones.

     Los portadores del santo cuerpo, acariciando a los animales que se habían convertido de salvajes en dóciles, sin tardanza les colocan encima los yugos y, marchando por el camino más recto, entran en el palacio de la mujer con los bueyes uncidos. Ella, ciertamente, estupefacta, reconociendo los admirables milagros, movida por estas tres evidentes señales, se aviene a su petición, y perdida su insolencia, tras haberles entregado la pequeña casa y haberse regenerado con el triple nombre de la fe, se convierte en creyente del nombre de Cristo con toda su familia… Y cavado profundamente el suelo, tras haber sido aquéllos destruidos y convertidos en menudo polvo, se construye un sepulcro, magnífica obra de cantería, en donde depositan con artificioso ingenio el cuerpo del apóstol. Y en el mismo lugar se edifica una iglesia del tamaño de aquél que, adornada con un altar, abre una venturosa entrada al pueblo devoto.”

Todos estos ejemplos que acabamos de relatar, tuvieron su continuidad en el mundo cristiano, donde la costumbre de transportar en un carro tirado por bueyes las imágenes sagradas, durante los desfiles procesionales, sigue siendo una prácticas tan habitual como abundante y que serán objeto de tratamiento en el siguiente artículo.

PLACIDO GONZALEZ

BIBLIOGRAFIA
Cristina Delgado Linacero.- “El toro en el Mediterráneo”
Lara Peinado y Córdoba Zoilo, “El Mediterráneo Oriental” Historia del Arte nº 6
James George Frazer “La Rama Dorada, Magia y Religión”,pag.407
Elisa Castel.- “Diccionario de mitología egipcia”.
Mircea Eliade.-”Historia de las creencias y de las ideas religiosas”

Diodoro Sículo (90-fines s. I a.C.) Historiador griego, “Biblioteca Histórica”
Biblia Nacar-Colunga, Biblioteca Autores Cristianos.

 

EL TORO MEDIADOR DE LITIGIOS

A lo largo de los diferentes artículos, hemos presentado al toro desde diversos prismas mitológicos, o, lo que es lo mismo, desde los distintos conceptos de tratamiento que, a lo largo de la historia, le han dado las diversas sociedades que lo conocieron; ponderándolo y solemnizándolo, hasta el punto de elevarlo a la categoría de mito y por tanto endiosándolo y rindiéndole culto, como ocurrió en Egipto o Turquía, por poner solo dos ejemplos.

Hemos hablado de la utilización y simbolismo de la carne, de la sangre o de la piel y astas del toro. De la incidencia y presencia del toro en la esfera funeraria o de los diferentes toros mitológicos habidos en otras tantas culturas de la antigüedad.

Podría parecer que el tema está casi agotado en su totalidad, pero nada más lejos de la realidad. Al igual que nuestra fiesta de toros es riquísima en matices, en cromatismo, en plasticidad, en expresiones artísticas etc., por citar solo algunas peculiaridades, el mundo del toro mitológico es también una fuente inagotable de información, cuyos contenidos pueden ser del interés de los que nos interesa y apasiona la historia mitológica del toro.

Además de los procedimientos citados, también son innumerables las circunstancias en las que el toro ha sido protagonista directo de hechos ocasionales, como fundación de ciudades, descubrimiento de vírgenes cristianas, milagros taurinos, portador de imágenes religiosas o la abundante representación iconográfica en iglesias y catedrales etc., que próximamente verán la luz en artículos venideros.

En el caso que nos ocupa, nos vamos a referir a las diversas ocasiones en las que el toro fue “el elemento colaborador necesario” para dirimir disputas locales o decisiones comunales, así como su participación en diferentes conflictos históricos de carácter bélico.

Una de esas ocasiones en las que el toro tuvo el protagonismo de intervenir para dirimir litigios entre pueblos, nos lo facilita Julio Caro Baroja, en “El estío festivo”, narrándonos un acontecimiento acaecido en Asturias a finales del siglo XIX: “…en la zona más ganadera del principado, en los poblados de Yernes y Tameza, a comienzos del siglo presente oyó D.Manuel Pedregal a los más viejos vecinos que en cierta ocasión, con objeto de determinar los límites de su “obispalía” a los de Proaza, se determinó que lucharan dos toros, uno de cada parte, “sirviendo de punto de partida en el deslinde, con dirección determinada, el sitio donde llegase el toro vencedor”. (1)

Escudo de Yernes y Tameza

El nombre del concejo proviene, al parecer, de las dos parroquias que lo integran, la de Santa María de Tameza y la de la Santa Cruz de Yernes, situadas en la zona centro-occidental del Principado asturiano, en la parte alta del río Cubia.

Precisamente en el escudo municipal de Yernes y Tameza, dividido en dos partes, aparece: en la parte superior, sobre campo de azur, una cruz de la victoria de oro, flanqueada por dos ángeles, en oro, postrados adorándola y en la parte inferior, sobre campo de sinople, dos toros enfrentándose, el de la izquierda de oro y el de la derecha de color plata. La inclusión de estos bovinos en el escudo viene a confirmar la posible veracidad de la leyenda.

Además, la presencia de los toros en el escudo de este concejo y la ausencia de los mismos en el de Proaza, nos inclina a suponer que la victoria cayó del lado de los de Yernes y Tameza. Hasta aquí la leyenda que contaban “los más viejos vecinos del lugar“.lucha de toros

Según relata la historia, ésta nos indica que en el año 1174 el rey Fernando II de León (el creador de la Orden de Santiago y enterrado en la catedral de Compostela) cedió los derechos sobre los terrenos a Oviedo, convirtiéndose, por aquel entonces, en un concejo de obispalía.

También en la “Galicia profunda”, pero más bien por el hecho de la Galicia de rancias raíces célticas y misteriosa, ocurrieron acontecimientos litigiosos donde la intervención del toro, parece ser, puso fin a una disputa local de carácter internacional.

Toros luchando

El hecho se refiere a la lucha de dos toros sementales en la raya o deslinde entre el pueblo orensano de Muiños, con otro de Portugal, Montalegre, por la disputa de las tierras de la llamada “Raia Seca“. Una zona de pastizales, de gran incidencia en la vida económica y social de las parroquias colindantes. Al parecer el hecho se remonta a épocas del nacimiento del país vecino, allá por el año 1.130 aproximadamente. Los límites de los dos términos territoriales de estos municipios, se fijarían en el lugar donde llegase el toro vencedor.

Esta celebración secular, conocida como “a chega dos bois” (“lucha de toros”), se celebra anualmente en Muiños (Orense), y todavía se sigue celebrando anualmente el día 5 de agosto, a pesar de que son muchas las voces (ecologistas) que se alzan contra dicha celebración. (2)

Parece ser que en el año 2.008 no se celebraron las chegas, por temor a sanciones económicas que “…es el motivo para que no se celebre en esta edición…” . A pesar de ello, se sigue manteniendo el reparto, a todos los asistentes, de la conocida “Sopas de burro cansado” que es una sopa de vino caliente con pan de trigo y azúcar, costumbre que se usaba como reconstituyente en los trabajos de campo y que fue adoptada para la fiesta.

Esta fiesta y su correspondiente lucha de toros, era seguida no solo por los propios lugareños si no por muchos habitantes de los municipios de la “raia”, incluidos los del vecino Portugal.(9)

A pesar de estos impedimentos, aún se siguen celebrando las peleas de toros o “a chega dos bois“, en la zona de Montalegre, Portugal, y también se celebran en los pueblos cercanos de Vilar de Perdizes, Videferre, Pisoes y Barroso, cuyas peleas se conocen con el nombre de “chega”, “puxa” o “luta do boy” y se celebran en un lugar llamado “Lama do Touro”, que suele ser una amplia pradería donde se desarrollan estos combates con toros conocidos como “raza barrosa”.

Virxen a Franqueira

Otro ejemplo de disputas la encontramos en una de las nueve parroquias del pueblo pontevedrés de A CAÑIZA, donde la imagen de Nuestra Señora de A Franqueira, conocida como “Virxe da Fonte”; una imagen tallada en piedra y posteriormente policromada, que se cree procede de la época románico-gótica o bien de fecha anterior al siglo IX, cuya imagen es paseada durante la procesión en un carro tirado por bueyes, el día de su festividad, que se celebra del 7 al 9 de septiembre, recorriendo las aldeas cercanas.

Según cuenta la tradición, cuando apareció la imagen en una cueva, de una zona conocida como “O Coto da vella“, que se encuentra en el deslinde de las parroquias de Luneda y A Franqueira, los párrocos de las dos feligresías pretendían, como era lógico, llevar la imagen a su respectiva parroquia. Después de grandes discusiones sobre el tema, llegaron a un especie de solución “salomónica“, decidiendo los habitantes de ambos pueblos que se subiera la imagen a un carro tirado por una pareja de bueyes, cuyos animales llevarían los ojos vendados para que no pudieran ver absolutamente nada. Hecho esto, dejaron los bueyes en libertad para que se dirigiesen hacia donde el instinto los llevare, sin manejo alguno de personas. El lugar donde los bueyes se parasen sería respetado por todos y en dicho lugar habría de quedar la imagen de la Virgen, donde debía levantarse una ermita para rendirle culto y veneración.

Procesión de A Franqueira, de F.Sotomayor

Amplias y abundantes son, también, las referencias históricas que encontramos sobre el empleo del toro en acontecimientos bélicos, donde la utilización de estos animales fue de una importancia decisiva, como se pone de manifiesto en los siguientes eventos.

El historiador griego Diodoro Sículo (fines del s. I a.C.) nos informa que: ”Fueron los íberos quienes emplearon contra los cartagineses la estratagema, cuando el caudillo oretano Orissón acudió a Héliké (Ilici=Elche?) en socorro de los sitiados por Amílcar Barca (padre de Aníbal y suegro de Asdrúbal “el Bello“), de atacar a los cartagineses con carros de novillos bravos con teas encendidas en los testuces, en cuyo desastre Amílcar Barca (229 a.C.) pereció ahogado en la huída”. Es posible que ese hecho luctuoso ocurriese en el río Vinalopó, o bien en el río Segura, ya que la desembocadura de ambos distan tan solo unos pocos kilómetros de Elche.(3)

Otra variante de este relato es la del historiador griego Apiano (fines del s. I d.C.), quien habla de carretas de bueyes cargadas con leños ardiendo que los reyezuelos del sur arrojaron contra los cartagineses: ”Pero al fin, conjurados contra él los reyezuelos de diversos pueblos íberos y otros hombres de influencia, pereció de este modo: cargaron de leña unos carros y unciendo a ellos bueyes, se pusieron en marcha, siguiendo detrás armados. Cuando les ven los africanos sin entender su ardid, levantan gran des carcajadas.

Pero ya más cercanos los íberos, encienden los carros y los lanzan con sus yuntas contra los enemigos. En su loca carrera los bueyes esparcen el fuego por doquier; una gran confusión se apodera de los cartagineses y se disuelve su formación; entonces los íberos, precipitándose sobre ellos, mataron al mismo Barca y a muchos que en su auxilio acudieron”.(4)

Estas estratagemas no cayeron en el saco roto de los cartagineses, pues fueron no solo aprendidas sino puestas en prácticas por Aníbal, en la segunda guerra Púnica (218-201 a.C.), según un relato del historiador Polibio (200-120 a.C.) :”Los íberos, mercenarios de Aníbal, emplearon la estratagema, para romper las formaciones enemigas en los pasos de Falermo, lanzando contra los romanos dos mil o más toros con sarmientos encendidos en los cuernos”.(3)

El historiador Tito Livio, XXII(59 a.C. – 17 d.C.) añade al respecto que “Aníbal empleó toros con las astas encendidas para fingir una marcha de soldados y además… usaron de una minoría de mansos para manejar a otros más bravos”. (5)

El siguiente caso ocurrió en Tornavacas, valle del Jerte, provincia de Cáceres, en el sitio conocido como Vega del Escobar. “Durante la Reconquista (a mediados del siglo X), las huestes del rey leonés Ramiro II “El Grande”(reinó del 931-951), entablaron una dura contienda con las tropas musulmanas de Almanzor, el terrible Abu Amir Muhammad, quienes pusieron en graves apuros a los combatientes cristianos. De tal trance vienen a sacarles los vaqueros de las sierras cercanas, que recurren a la estra tagema, utilizada ya por los cartagineses, de colocar teas encendidas en los cuernos de las vacas.

Al contemplar tan gran iluminaría, creen que desciende un ejército considerable que acude en auxilio de los cristianos. Los hijos de la media luna huyen despavoridos en medio de la noche. El engaño, una vez más había funcionado. El caudillo cristiano ordena el regreso de los astados, que bajaron el Puerto, al grito de “Torna-vacas”. Y el punto exacto donde se produjo el retorno de las reses pasó a designarse, en conmemoración del acontecimiento histórico, Torna-vacas, manteniendo durante varios siglos esa misma grafía que separa las dos palabras”. (8)

Igual estratagema, parece ser, utilizó Jaime I “El Conquistador” en 1239 cuando conquistó Sagunto a los musulmanes.

También “los portugueses de la isla Terceira (Azores), en tiempos de Felipe II, instruidos por un fraile agustino, rechazaron y destrozaron a los castellanos, atacándoles con una manada de toros feroces en vanguardia, a los que se agarrocharon para excitarlos y enfurecerlos…”.(3)

Escudo de las Azores

El hecho se refiere a las operaciones del desembarco y ocupación de la Isla Terceira (Azores) por la escuadra mandada por D. Alvaro de Bazán, tras el enfrentamiento y victoria sobre la flota francesa en la “Batalla de la isla Terceira” que acaeció el año 1583, ya que tales islas fueron las penúltimas en declararse en rebeldía contra la autoridad del Rey Felipe II, a la sazón Rey de España y Portugal.

A este respecto cita Cossío que:”… fueron tropas al mando de Pedro Valdés y que murieron 400 españoles y menos de 30 portugueses, según el Padre Mariana…”.

Batalla de las Azores

Esta estratagema del empleo de toros en contiendas bélicas, por parte de los portugueses, ya había sido utilizada contra los romanos, de cuya noticia nos informa: “Dión Casi (historiador y senador romano 155-229 d.C.), nos habla de la estrategia que un grupo de lusitanos llevó a cabo contra el ejercito desplazado por Cesar a la Ulterior en la campaña del año 61 a. c., que consistió en bloquear a los romanos soltando sobre ellos varios hatos vacunos con el fin de distraer a las legiones y atacarlas por sorpresa”.(6)

Este hecho de utilizar manadas de toros en contiendas bélicas, como acabamos de reseñar, lo encontramos reflejado también en la Biblia, en la época de los Jueces -es decir, cuando Israel estuvo gobernado durante el periodo que va desde la muerte de Josué (sucesor de Moisés) hasta la unificación del reino de Israel y su primer rey Saúl (1200?-1051 a.C.) por un grupo de notables o ancianos, elegidos entre las doce tribus- cuyo texto describe el suceso de esta forma: ”Después de él vino Samgar (posiblemen te un príncipe cananeo, uno de los seis jueces menores, hacia el 1.100 a.C.), hijo de Anat. Derrotó a los filisteos, que eran seiscientos hombres, con una aguijada de bue yes, libertando también él a Israel”. (Jueces, 3, 31) (7)

Es del conocimiento general que muchas especies animales, cuando llega el tiempo del apareamiento, los machos de esas especies se enfrentan entre ellos, a veces en luchas extenuantes o cruentas, hasta conseguir erigirse en el macho dominante y así tener el privilegio de aparearse con un hato de hembras que apartaban para sí. Este comporta miento selectivo de la naturaleza, se justifica en que la transmisión genética la deben transferir solo los machos más vigorosos, con el fin de preservar o mejorar la especie.

El hombre de campo, que es el mayor observador y el mejor conocedor de estos comportamientos de la naturaleza, trata en muchas ocasiones de imitarla y poner en práctica esas enseñanzas adquiridas.

Zona de la raza Tudanca

Así ocurre en una zona de Cantabria, en la comarca de Liébana y más concretamente en el Concejo de Bedoya, donde aplican estas prácticas selectivas en el ganado vacuno autóctono, de la raza Tudanca, que es la dominante en la zona. José María de Cossío la califica de “ágil, fuerte, sobria y resistente”, que si por algo destaca esta raza es por su fuerza y su carne es muy apreciada.

En este Concejo y valle de de Bedoya, en la vertiente occidental de Peña Sagra, existe o existía un rito practicado, al menos hasta mediados del siglo pasado, por una asociación ganadera que en sus reglamentos estipulaba la obligación de tener dos toros tudancos sementales para la reproducción de su cabaña ganadera. Dichos toros estaban estabulados durante todo el invierno en una cuadra de la localidad de Pumareña.

Vaca Tudanca

Antes del verano, cuando subían con la cabaña de vacas al puerto, convenía que ambos toros se enfrentaran para marcar la supremacía del uno sobre el otro. Para ello, cada año, el día de Pascua, se soltaban los dos toros en el lugar conocido como La Llosa de San Miguel, que era uno de los pocos espacios llanos y suficientemente amplios para realizar la pelea, de la que saldría el macho dominante, que sería el que acompañaba a las vacas al puerto y convertirse en el semental del rebaño.

Este acontecimiento era presenciado, entre la expectación general, por todos los luga reños mientras duraba la pelea. La fuerza y la pericia de los toros hacía que uno de ellos se erigiera vencedor y el perdedor saliese huyendo, a veces con alguna que otra herida; en todo el resto del año ya no se volvería a acercar al toro triunfador. (8)

Todos estos datos, añadidos a los que ya les suministré en mis artículos anteriores, vienen a evidenciar que los toros son cultura, porque forman parte de las costumbres, las creencias y el culto que se le dispensó al toro y todo ello se remonta a la noche de los tiempos. Por lo tanto la cultura del toro, podemos afirmar, es multi-milenaria.

Plácido González Hermoso.

BIBLIOGRAFIA

1.- Julio Caro Baroja, ”El Estío Festivo”, pag. 252

2.- Con la colaboración de Jesús A. Díaz (Suso).

3.- Luis Iriarte, “El Toro de lidia español”

4.- Apiano, Iber. 5.

5.- Julio Caro Baroja, ”El Estío Festivo”, pag. 258

6.- Josefina Mateos, “El enigma de los Toros de Guisando”

7.- Biblia “Nacar Colunga” B.A.C.- Jueces, 3, 31.

8.- www.paspespuyas.com/…/index.php/latienta/2005/04/

9.- EFE, Orense, 31-07-2008, en La Región Digital

 

 

EL TORO FUNEBRE – 2

Sarcófago tauromorfo de la tribu Toraja, Bali

Los ritos funerarios que relatamos en el capítulo anterior, no solo eran conocidos y practicados por los egipcios y otros pueblos de África, sino también en la India e Indonesia donde aún se practican.

En esas zonas, era creencia general que el Toro negro se asimila al cielo inferior y por tanto relacionado con la muerte. Incluso en los países lejanos donde llegó el influjo de la India, que participan de dichas creencias como Java y Bali, se acostumbra a poner los féretros de los príncipes en ataúdes en forma de toro para quemarlos.

El comportamiento y las actitudes ante la muerte de los pueblos mesopotámicos son conocidos a través de los mitos y epopeyas que han llegado hasta nosotros. En general no creían en una vida futura y aceptaban resignadamente la muerte como algo natural. Aunque la excepción la encontramos en el mito de Gilgamesh, no solo por el enfado rabioso tras la muerte de su amigo Enkidu, sino, principalmente, cuando va en búsqueda de la inmortalidad, que lo lleva a entrevistar-se con el Nöé sumerio, Utnapistim, quien le revela el lugar secreto donde crece una planta submarina que le librará de la muerte. Aunque la felicidad y  la dicha, como casi siempre, dura muy poco, ya que tras haberla encontrado le es arrebatada por una serpiente; episodio de un paralelismo sorprendente con la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, tras la tentación de la serpiente, quienes también pierden la inmortalidad.

En esas zonas bañadas por el Tigris y el Éufrates, los ríos del jardín del Edén bíblico, los enterramientos se hacían, por lo general y a excepción de las tumbas reales de época tardía, dentro de la propia casa del difunto, cuyo cuerpo era depositado bajo el suelo de la vivienda, junto con todas sus pertenencias. En Mesopotamia no había cementerios públicos.

La creencia general sobre los cadáveres insepultos, por haberle negado el enterramiento y las correspondientes ofrendas, sus familiares, se convertían en espíritus sin descanso que vagaban desorientados y podían causar grandes males a los vivos.(1)

En Bali (la isla turística por excelencia de Indonesia) se celebran en la actualidad unos ritos funerarios entre los componentes de la tribu de los Torajan (son un conglomerado de pueblos que habitan la región montañosa central de la isla indonesia de lasislas Célebes), introducidos desde la India en el siglo XI y actualmente en uso. El ritual en sí consiste en amortajar al difunto en un sudario blanco y envolverlo en una estera de hojas de palma fuertemente atada. A hombros de sus familiares es depositado en un túmulo, ricamente engalanado, que es transportado por los  más allegados, en solemne procesión, hasta el lugar donde ha de ser incinerado. La tumultuosa comitiva que transporta el túmulo, a cuya ceremonia se procura invitar a todos los habitantes de la aldea, va precedida en todo su recorrido por la imagen de un toro profusamente adornado y engalanado, en algunos casos los adornos son de pan de oro. El referido toro no es otra cosa que un sarcófago de madera con forma de ese animal totémico y llevado por gran número de porteadores.

Procesión funeraria, Bali, Indonesia

Antes de salir el cortejo del poblado  dan tres vueltas al difunto, a fin de que “se desoriente su alma” y no pueda volver a la casa donde vivió, ya que de hacerlo jamás alcanzaría el cielo, que es su destino y sus deudos no vivirían con tranquilidad.

Cremación del sarcófago-toro, Bali, Indonesia

Al llegar al lugar de la cremación, el lomo del sarcófago-toro se abre y el cadáver es depositado en su interior. El sacerdote procede a cortar las ligaduras que une la estera de palma a fin de liberar el alma del difunto y ésta pueda alcanzar el cielo. A continuación derraman sobre sus restos agua bendita, recogida de las fuentes sagradas y depositan en su interior varias viandas, junto con una flor de loto, que le servirán de sustento en el viaje a las alturas. Antes de cerrar el sarcófago, el sacerdote introduce un brote de bambú como símbolo de la resurrección del alma, prendiendo fuego a continuación a la pira funeraria. Una vez consumida ésta, las cenizas son recogidas en cuencos de coco y esparcidas al viento, frente al mar.

Además de la utilización del sarcófago-toro, reservado en este caso a la casta de los brahmanes, otras castas utilizan el león-alado o el pez-elefante. (2)

Volviendo a la cuenca Mediterránea encontramos otras costumbres en la Turquía hitita, en especial en la necrópolis real de Alaça Höyük, que estuvo en uso entre el 2.300 a 2.100 a.C., donde depositaban sobre las tumbas, como víctimas rituales del banquete funerario, los cráneos y las patas de los toros sacrificados, tras ser consumidos en un banquete ritual.

Santuiario fúnebre de Alaça Höyük, Turquía

Entre los hallazgos encontrados en las tumbas de Alaça, merecen mención expresa ciertas figuritas de animales, toros y ciervos principalmente, en cuya época eran muy frecuentes los Rythones con forma de animales.

En cambio, entre el pueblo llano los lugares de culto se encuentran en las mismas casas, donde enterraban a sus antepasados y celebraban las ceremonias rituales, de aparente paralelismo con las costumbres mesopotámicas. (3)

En la “Tumba del Señor de las Cabras”(1.750-1.700 a.C.) de Ebla (hoy Tell Mardikh, que significa “Roca Blanca”), se halló un talismán de hueso que recoge en una de sus caras un banquete sagrado con un personaje ante una mesa de ofrendas, asistido por sirvientes y por dos figuras totalmente desnudas.

Templo funerario de Alaça Höyük, s.XXV a.C.

En la otra cara se representa la escena de la adoración de un Toro por cinocéfalos (primates o con cabeza parecida a la de un perro), delante de dos figuras desnudas. Según los textos ugaríticos, el Toro sería la figuración del alma del difunto y los dos personajes desnudos sus primeros hijos. Algunas tumbas de Çatal Höyük están decoradas con extraordinarias pinturas murales, figuras en relieve en las paredes, bancos, pilares con cuernos y cabezas de toro modeladas.

Toro de túmulo funerario de Maikop, 3.000 a.C.

En Maikop, Georgia, en el valle de Kubán, extremo oriental del mar Negro, se descubrió un túmulo sepulcral de un cacique, donde el baldaquino que cubría su cuerpo estaba sostenido por cuatro soportes, insertados en el centro de los cuerpos de otros tantos toros de oro macizos. Una de las vasijas del ajuar funerario está decorada con  grabados de toros de perfil.” (4)

La presencia del toro en el mundo funerario egipcio ya fue descrito, ampliamente, en el capítulo anterior. No obstante, cabe señalar el caso de la diosa vaca Hathor (diosa del amor, la música, la belleza y protectora del parto de la mujer), la cual se encontraba con el difunto a la entrada al mundo inferior.

Al nombre de esta diosa se  asociaban las conocidas como “Las siete Hathores”, consideradas como hijas de esta diosa y, otras veces, como “siete hadas”, que eran las que decidían el destino del difunto tras renacer en el más allá y las encargadas de proporcionar el alimento y la bebida al difunto (cuya fórmula se encuentra registrada en el capítulo CXLVIII del Libro de los Muertos). Estas “siete Hathores” eran representadas, en las tumbas, en forma de vaca y acompañadas por un toro, conocido como “Toro del Oeste” y “Señor de la Eternidad” (títulos ostentados por Osiris, el dios de los difuntos), y cuatro remos, que simbolizaban los cuatro puntos cardinales.

Las 7 vacas de Hator, tumba de Nefertari

Una hermosísima recreación de las siete vacas podemos contemplarla en la tumba de la reina Nefertari (“Por la que brilla el Sol”, el título más hermoso que poseyó), la “Gran esposa real” de Ramsés II (1279-1213 a.C.). En Egipto las vacas encarnaban el concepto de fertilidad, mientras que el toro fecundador que las acompaña es el heraldo de los dioses, simbolizando la fecundidad de la tierra, la potencia y el poder germinador.(5)

En Grecia los bovinos, en pié o acostados, velaban el sueño de los difuntos en los cementerios de Atenas, desde la época clásica en adelante. En las tumbas de la época micénica se han encontrado huesos de animales como bueyes, ovejas y cabras.

La existencia de esos huesos demuestran la existencia no solo de los ágapes comunales fúnebres, si no la celebración de unos juegos fúnebres tras la incineración en la pira del difunto. Juegos que se repetían, en honor de los difuntos, cuando se celebraban los aniversarios necrológicos.

Mausoleo griego, con Toro

Las referencias más antiguas que tenemos, de la celebración de juegos fúnebres, se remontan a la época de la guerra de Troya (hacia el s. XIII a. C. aproximadamente), donde se relatan alguno de esos juegos, entre ellos el que rindió Aquiles a su querido y legendario amigo Patroclo, que había muerto a manos del príncipe troyano Hétor, y recreado por Homero en  la Ilíada, Rapsodia XXIII.
Robert Graves, en “Los mitos griegos”, nos describe uno de esos juegos que celebraba, anualmente, el rey de Troya en honor de su hijo Héctor: «Poco después Príamo envió a sus sirvientes en busca de un toro del rebaño de Agelao. Iba a ser el premio en los juegos fúnebres que se celebraban anualmente en honor de su hijo difunto. Cuando los sirvientes eligieron el toro mejor, Paris sintió de pronto el deseo de asistir a los juegos y corrió tras ellos. Agelao trató de retenerlo: «Tú tienes tus corridas de toros particulares. ¿Qué más puedes desear?», le dijo, pero Paris insistió y al final Agelao le acompañó a Troya» (10)

El sacrificio de bueyes, en los funerales griegos, parece que fue prohibido en la época de Solón (640-558 a.C.) uno de los siete sabios de Grecia y tío de Platón.

También en Chipre se han encontrado huesos de bueyes en las tumbas encontradas en Politik, que demuestran la relación del toro con el difunto.

Ritón funerario cretense, 1.700 a.C.

En Creta los toros tenían una especial significación religiosa en la época Minoica, como lo demuestra el hecho de que enterraran a sus reyes en compañía de cabezas de éstos animales, a cuyos cuernos daban un esmerado baño de oro.

En el mundo griego y cretense existía una creencia fabulosa de que el cuerpo de los toros muertos engendraban las abejas, poniendo de manifiesto el poder generador de vida de este animal, como nos relata el historiador griego Antígono de Karystos (siglo III a.C.) :“ En Egipto, si entierras al buey en ciertos lugares, de modo que solo salgan de la tierra los cuernos, y luego se los sierras, dicen que salen volando abejas; ya que el buey se putrifica y se convierte en abejas”.

Ovidio relata, en Fastos 1, 393, la pérdida de los panales de Aristeo, “Señor de la miel”, y el modo de recuperar otros enjambres siguiendo el consejo de Proteo que consistía en: “… enterrar el cadáver de un buey muerto, y que de él obtendría lo que quería, ya que cuando el cuerpo desapareciera, surgirían de él enjambres de abejas”. Este pasaje también lo relata Virgilio, en Geórgicas, resaltando el asombro de Aristeo al ver que “…de lo interior de todas aquellas reses muertas, zumbaban innumerables abejas…” .(3)

Pintura de la tumba de Tarquinia, s.VI a.C.

Mucho tiempo antes, de la existencia de Grecia, encontramos documentada la existencia de este tipo de creencias en el mundo bíblico, precisamente en el período de los Jueces de Israel (periodo que abarca desde la muerte de Josué hasta la aparición del profeta Samuel), en concreto en tiempos de Sansón (uno de los últimos jueces, siglo XII a.C.), cuyo relato aparece en el pasaje en el que, tras  descuartizar al león con sus propias manos, unos días más tarde encuentra un enjambre de abejas en el cuerpo del león: “Tiempo después, bajando para desposarse con ella (con Timna, la filistea), se desvió para ver el cadáver del león, y vio que había un enjambre de abejas con miel en la osamenta del león…”(Jueces, 14,8). Aparentemente parece que el pasaje no refleja con claridad que del cuerpo del león surgiesen las abejas, pero sin embargo éstas creencias se ratifican en el enigma que,  más tarde, plantea Sansón a los filisteos durante los esponsales: “El les dijo: “Del que come salió lo que se come, y del fuerte, la dulzura”. (Jueces 14,14) (6)

Otro caso curioso en que la muerte del toro sirve como elemento generador de vida, en este caso de vida humana, es la siguiente leyenda:  “Hireo era un criador de abejas. Un día se le acercaron Zeus y Hermes solicitando su hospitalidad. Tal solicitud fue atendida con todo lujo de atenciones, y los dioses al partir, para recompensarle, le preguntaron si quería realizar algún deseo, a lo que Hireo les contestó que su mayor ilusión sería tener un hijo, pero que ya no podía  por ser de edad avanzada. Entonces los dioses le dijeron que matara un toro, se orinase en su piel y la enterrara en el sepulcro de su mujer. Al cabo de nueve meses, surgió de la tierra un niño maravilloso, Orión, a quien se le consideró como el mensajero de las lluvias prima-verales y estivales”.(3)

Pintura de la tumba de Tarquinia

Otra vez, como vemos, se repite el binomio muerte-resurrección en que, a través del tránsito por el mundo funerario, surge un nuevo ser, una nueva vida, con la intervención imprescindible del toro como elemento generador de vida por excelencia.

Los etruscos concedieron al toro la misión de guardián del sueño eterno. Buena muestra de ello la encontramos en la “Tumba de los Toros” en Tarquinia, cuya entrada está escoltada por las pinturas de dos toros sedentes y un tercero, en posición itifálica, que arremete contra una pareja desnuda.(7)

Vasija ritual dee Tarquinia, s.VIII a.C.

Las culturas isleñas, de la prehistoria mediterránea, enterraron a sus muertos en  hipogeos semejantes al seno materno. En los habitáculos sardos (Cerdeña) se muestran numerosos bucráneos y prótomos de bovinos esculpidos sobre los muros de entrada de las tumbas, fechados entre el 3.000 y el 1.500 a.C. de clara influencia anatólica.

El “Mare Nostrum” fue el vehículo difusor de las ancestrales culturas mediterráneas desarrolladas, cuyas influencias impregnaron nuestra península Ibérica a través de las diversas invasiones que soportamos. La estatuaria taurina cobró aquí una nueva dimensión, incorporándose, artística e ideológicamente, a las existentes en todo el área.

Sarcófago tauromorfo de Pollença, Mallorca, 320 a.C.

También las corrientes de la cultura funeraria encontraron en nuestra Península una resonancia e incidencia permanentes. El culto a Serapis (el toro fúnebre egipcio) penetró al menos desde el s.II a.C., extendiéndose por puntos como Astorga, Valencia, Gerona (Ampurias) etc. y no es de extrañar que la presencia del toro en los actos luctuosos gozase también de una importante presencia como en Baleares, donde existieron prácticas de enterramientos en sarcófagos tauromorfos, como lo demuestran los hallazgos de sarcófagos descubiertos en el abrigo de Avenç de la Punta (Mallorca), entre el 500-100 a.C., poniendo de manifiesto la concepción de que el sarcófago táurico tendría una significación envolvente del vientre de alguna diosa innominada, de un posible nexo con el mundo egipcio.(8)
Las abundantes esculturas de toros halladas en el área levantina y andaluza, se han relacionado con el mundo funerario. Los toros hallados en posición sedente o en actitud amenazadora, están relacionados con el difunto y se colocaban encima de plintos sobre pilares, como el encontrado en la necrópolis de Coimbra del barranco Ancho (Jumilla, Murcia), en otras ocasiones se decoraron las sepulturas con toros acostados, como el caso de Osuna (Sevilla) o el de El Molar (Alicante). (3)

Era práctica común la celebración de sacrificios funerarios o Silicernium”,que designaba el banquete con que terminaba, en la antigüedad, los nueve días que duraban los funerales. Como es de suponer la víctima inmolada era el toro.

Necrópolis de Coimbra del Barranco Ancho, Jumilla, Murcia

En la misma línea de la presencia fúnebre del toro, puede asociarse algunos de los conocidos verracos tauromorfos, a tenor de las inscripciones latinas esculpidas en las peanas o sobre sus lomos, que contenían el nombre del finado. Igualmente es significativo reseñar la abundancia de estelas funerarias, en las que se alternan, junto al nombre y profesión del difunto, signos astrales junto a imágenes bovinas, de uso común desde los pueblos celtibéricos hasta después de la conquista romana. Significativas son las conocidas “Estelas” de Clunia, o la de Atilia Burrutia, hija del guerrero Viriato, en el Museo de Navarra, las de la provincia de Soria.(3)
Esa influencia y presencia del toro en el mundo funerario, no termina necesariamente hace dos mil años como pudiera parecer, sino que llega hasta nuestros días en nuestra Península. A este respecto, en algunos lugares participaba en los funerales portando cierto número de panes clavados en los cuernos, los cuales podían ser rescatados mediante una cantidad de dinero, en reñida puja entre los asistentes al duelo. Esta costumbre estuvo muy arraigada en el País Vasco.

A este respecto y por oposición del clero regional se consiguió que, en 1.771, el Consejo de Castilla dictase una Real Provisión por la que quedaba prohibida esta práctica por “indecente”, aunque, como casi siempre, no llegó a surtir efecto alguno, ya que a comienzos del siglo XX se seguían celebrando este tipo de rituales.

Estela de Villoria, Soria

Esa presencia física del toro en los entierros, como simbolismo del acompañamiento y protección que prestaba al difunto en el largo viaje que debía recorrer en la otra vida, la relata Julio Caro Baroja con cierta variante y que se supone modificada por el transcurso del tiempo: ”…A comienzo del siglo XX, dice, en algunos pueblos de Guipúzcoa, con ocasión de entierros importantes, era llevado como ofrenda a la parroquia un buey, al que se adornaba con manto negro, borlas al pescuezo y un pan de cuatro libras de peso en cada cuerno, y al que había que rescatar mediante una suma fijada ”.

También en otros lugares de España se practicaron costumbres parecidas, como ocurrió en la capital de la Asturias de don Pelayo: “en el siglo XVIII en Oviedo, en el convento de San Francisco, donde se encontraba el panteón de los mar-queses de Valdecarzana, en el que se seguía la práctica consuetudinaria de que en el día de difuntos, tras hacer una ofrenda de pan en el altar mayor, se cantaba una misa y en el momento de rezarse el responso en la cripta, sin prece-der cruz ni otra exterioridad, los criados introducían una vaca viva que permanecía arrimada mientras se cantaba”.(9)

Estela de Vizmanos, Soria

Muchos relatos más se encuentran en los anales históricos de otras muchas sociedades que, al igual que las relatadas, realizaron suntuosos ceremoniales funerarios.

BIBLIOGRAFIA

1.- Henrietta McCall, “Mitos Mesopotámicos”, Ed.Akal

2.- Canal + Odisea, festival de Agama Tirtha (Bali)

3.- Cristina Delgado Linacero “El toro en el Mediterráneo”

4.- Joaquín Córdoba Zoilo, Historia 16, nº 6 de “Historias del viejo mundo”

5.- Albert Champdor, “El libro egipcio de, los muertos”

6.- Biblia Nacar-Colunga, B.A.C.

7.- José María Blázquez, “Imagen y Mito”

8.- “El Toro y el Mediterráneo”, Exposición Caja Duero, Marzo-Mayo 2001

9.- Julio Caro Baroja, “El Estío festivo”

10.- Robert Graves: Los mitos griegos

 

EL TORO FUNEBRE – 1

Adoración al toro fúnebre SER-APIS

La identificación del toro con el mundo funerario era una práctica extendida entre las sociedades nilóticas, las del “Creciente fértil”, las ribereñas del Mediterráneo, la India, China e incluso en el lejano Oriente, en concreto en las islas de Indonesia, donde aún se practica.
En todas esas sociedades existían y se desarrollaban diferentes formas de enterramientos, ritos funerarios, costumbres diversas en relación con la muerte, en los cuales la presencia del toro se hacía patente de forma significativa.
Ya desde el principio, al aflorar el sentimiento y conciencia de un posible renacer tras la muerte, los pueblos del Paleolítico superior, o del Neolítico temprano, adoptaron diversas formas de sepelios, enterramientos, preparación y atenciones al cuerpo del difunto, rituales fúnebres etc., en cuya liturgia tomaba parte activa la presencia del toro como elemento protector del finado, al que debía acompañar y proteger en ese incierto viaje hacia el lejano retorno.

Santuario fúnebre, s.XL a.C., Anatolia

Esa relación la encontramos evidenciada y documentada en los hallazgos arqueológicos de enterramientos pretéritos, donde la presencia de cornamentas de toros formando parte del ajuar funerario, las pinturas de toros o los bucráneos esculpidos en las paredes de las tumbas, atestiguan de una manera inequívoca la presencia del toro en la órbita funeraria.
Entrando a detallar nuestro recorrido descriptivo de la presencia del toro en la esfera funeraria, para conocer de cerca la diversidad de los diferentes ceremoniales y honras fúnebres que se le dispensaban al fallecido, es obligado remontarnos al comienzo de la existencia de las sociedades citadas al principio. Para ello y sin entrar en consideraciones teológicas, sino más bien las puramente narrativas del hecho sociológico, nos detendremos en algunas zonas geográficas, con mayor o menor abundamiento de datos, en las que el hecho tauro-funerario adquiere un aspecto destacado.
No es casualidad que nuestro recorrido, en busca de las diferentes formas de enterramientos, comience por los países que baña el caudaloso Nilo, donde los cultos funerarios, junto con la preparación y momificación del cuerpo del difunto, alcanzaron rituales tan elaborados como suntuosos.

Pirámides de Meroe, Sudán, 500 a.C.

Sabido es que, desde la más remota antigüedad, a Egipto se le ha considerado el país de las tumbas, las necrópolis y las pirámides, que en definitiva no son otra cosa que tumbas monumentales. Además, si seguimos el curso alto del Nilo nos adentraremos entre los pueblos nubios, donde se conservan ingente número de túmulos, hipogeos y pirámides funerarias, desconocidas para el gran público y de menor tamaño que las egipcias aunque tres veces más numerosas, cuyos ritos funerarios gozaron de parecida suntuosidad y elaborado ritual como los egipcios.

Presentación del difunto ante Osiris, Papiro s.XV a.C.

Egipto fue el país por excelencia obsesionado con la muerte. Entre los muchos rituales funerarios que se realizaron, el sentimiento fúnebre lo encontramos registrado desde época temprana, donde existía la creencia de que los faraones, al morir, se unían al dios Ra, “el Sol”, a quien la diosa Nut, “el Cielo”, personificación de la bóveda celeste, alumbraba al amanecer en forma de becerro dorado. De ahí que llegaran a vincular e identificar a esa diosa vaca con la cámara del sarcófago, de forma que el difunto aguardaba su renovación-resurrección dentro del cuerpo de su madre.
Geb, el dios-tierra, era el “Toro” de la diosa-cielo Nut. Asimismo el sol se convertía en un gran toro salvaje, el cielo en una vaca y el sol naciente en un becerro que nace cada mañana. En un himno al sol, recogido en los textos de las Pirámides, se introduce esta última imagen:

Los Inmortales te adoran.
Te dicen: ¡Salve a ti!, salve a ti, tu becerro…
Surgido del Océano del Cielo”.

Tu madre Nut te habla y extiende sus manos para saludarte:

“Has sido amamantado (por mí)” (1)

Catacumbas de Kom el Shouqafa, s.II a.C., Alejandría

La preocupación permanente de los egipcios por la existencia de vida después de la muerte, se pone de manifiesto en una inscripción del sarcófago del faraón Teti (de la VI Dinastía, 2.323-2.291 a.C.), donde se aprecia perfectamente la identificación de la diosa Nut con el ataúd , en el que puede leerse:
Has sido dado a tu madre Nut en su nombre de sepultura;
Te ha envuelto y abrazado en su nombre de ataúd;
Has sido llevado a ella, en su nombre de tumba
”.(2)

Esa creencia en el poder generador de vida de la diosa se pone de manifiesto en otro himno, del sarcófago del faraón Pepi I (VI dinastía 2.289-2.255 a.C.), que dice: “Transfigura a Pepi dentro de ti para que no muera”. (3)

Y en otra cara del mismo sarcófago figura:

“…Introduce a este Pepi en ti como
una estrella inmortal
”.(4)

En ese renacimiento a través de la diosa Nut, generalmente se hacía en la esfera del sol, aunque a veces sucedía que se realizaba a través de las estrellas:

Oh Unas (otro nombre de Teti), tú eres esa gran estrella, la
Compañera de Orión,
Que cruza el cielo con Orión
Y navega por el Infierno con Osiris.
Sales en el lado oriental del Cielo,
Renovado en tu tiempo, rejuvenecido a tu hora.
Nut te ha dado a luz junto con Orión
…” (5)

Sarcófago de Ptolomeo IX ó Soter II, 88-81 a.C.

Aunque no era frecuente que el rey transfigurado bajase al Infierno, por el riesgo que suponía, es el toro del cielo el que lo protege:

“…Pasas por Abidos en esta tu transfiguración que los dioses te ordenaron realizar.
Se te ha abierto una senda en el Infierno, el lugar Donde está Orión”
.(6)

Está perfectamente documentado que durante la V y VI dinastías (2465-2152 a.C.) se escribían textos jaculatorios sobre las paredes de los sarcófagos, llegando incluso hasta la XVIII Dinastía (1550-1307 a.C.), en que se realizaban imágenes pictóricas de la diosa Nut, que cubría el interior de los ataúdes de personajes de sangre real.
Estas representaciones pictóricas en el interior de los sarcófagos, como significación envolvente del vientre de la diosa Nut y la asociación del sol como becerro dorado del amanecer, justifican también las prácticas de enterramientos dentro de pieles de toro o de vaca, considerados como el vientre de la diosa, que se realizaban en gran parte del territorio africano y otros como veremos a continuación.
La creencia egipcia entendía que los preparativos del enterramiento tenían por objeto introducir el cuerpo del rey muerto dentro del claustro materno, a cuyo acto seguiría el parto y el renacer en la otra vida. El precedente egipcio más antiguo y anterior a Apis y Mnevis o Merur, los toros relacionados con los dioses Ptha y Osiris ó Ra y Ra-Atum respectivamente, es la expresión de “el gran degollado”, que en ciertos lugares designaba al Toro divino. En el ritual de la degollación del toro divino, la cabeza se colocaba sobre el pilar santo del templo de Heliópolis y la piel servía de vehículo revitalizador del difunto envuelto en ella.(7)
Otra de las significaciones del toro fúnebre la encontramos en la asimilación del dios Anti (el encargado de vigilar la navegación de la barca solar), que lo representaban a veces como un pellejo de toro negro sujeto a un mástil, como soporte, y apoyado en una especie de mortero, otras como un toro negro con una mancha blanca en la frente o una piel de vaca. Bajo el aspecto funerario y relacionado con el difunto, representa a las antiguas pieles de vaca en las que los fallecidos eran enterrados, estableciéndose un paralelismo entre la piel táurica y la resurrección del difunto en el Más Allá.

Barca solar fúnebre

También las cabezas tauromorfas se utilizaban para adornar la popa de la barca del dios menfita Sokaris, el dios de los muertos en las región de Menfis, al igual que ocurría con la barca de Osiris, o decorando las tapas de los vasos “canopes” que contenían las vísceras del difunto, cuya práctica está documentada desde las Dinastías XVIII y XIX, es otra prueba más de la adscripción del toro al mundo funerario.
Entre las muchas manifestaciones de esa asociación entre el toro y el mundo fúnebre, documentada en el mundo egipcio desde antaño, no podemos olvidar la asociación del toro Apis con Osiris (el Dios funerario por excelencia), el cual se transformaba al morir en una divinidad funeraria. Bajo el nombre de Osiris-Apis o Ser-Apis reinaba en el mundo de los muertos y el propio toro era objeto de embalsamamiento y enterramiento en tumbas especiales o “serapeum”, junto a la costumbre de utilizar sarcófagos en forma de toro, que arranca desde la más remota antigüedad, como nos revela en una leyenda Diodoro de Sicilia (91-3 a.C.): “…muerto Osiris, el alma se trasladó a éste y, por eso, continúa hasta ahora trasladándose siempre a sus sucesores en sus manifestaciones; otros dicen que, tras fallecer Osiris a manos de Tifón (se refiere a Set), Isis, después de haber reunido los miembros, los metió en un buey de madera, poniendo fino lino alrededor…”.

Sarcófago tauromorfo, 320 a.C., Pollença, Mallorca

Para las ceremonias anuales conmemorativas del fratricidio divino, existía una vaca de madera que era llevada en la procesión de Osiris, en cuyo interior se creía que estaba la momia del dios. En nota 379 del traductor Francisco Parreu Alasá se dice: “ Están atestiguados sarcófagos con forma de vaca o con una vaca pintada (la diosa Nut) y existía una vaca de madera llevada en la procesión de Osiris, en cuyo interior se creía que estaba la momia del dios…” (8)

Heródoto nos ofrece, también, un precioso relato de ese tipo de enterramientos al describir el de la hija del faraón Mikerinos (2.490-2.472 a.C., el constructor de la tercera pirámide de Saqqära en la antigua Menfis), dentro de un sarcófago de madera sobredorada en forma de vaca y que él mismo afirmaba haber visto, “…a Mikerinos, dice, le llegó la primera desgracia en su hija que murió. Afligido por la desdicha y deseoso de enterrar a su hija con extraordinaria magnificencia, mandó hacer una vaca de madera, vacía, que hizo dorar, y en ella sepultó a su hija muerta. Esta vaca no fue cubierta con tierra, sino que se halla en la ciudad de Sais, colocada en una sala decorada del palacio real; y junto a ella queman inciensos de todas clases durante todo el día…. La vaca está toda ella escondida bajo un manto de púrpura, menos el cuello y la cabeza que aparecen dorados con una espesa capa de oro; y entre los cuernos hay una imitación en oro del disco solar. Y la vaca no está de pié, sino arrodillada, su tamaño es el de una vaca grande viva. Todos los años sacan la vaca de la sala a la luz, pues dicen que la joven al morir pidió a su padre Mikerinos la gracia de ver el sol una vez al año”.(9)                                          

Apertura de la boca del difunto, tumba de Tutankhamón

No podemos terminar las referencias fúnebres egipcias, sin citar una de las tres fuentes de conocimiento del antiguo Egipto como es el “Libro de los Muertos”. En ese texto fúnebre encontramos otra asociación y utilización del toro en los rituales funerarios al relatar “La apertura de la boca del difunto”, bien con la Azuela, el instrumento de Anubis, o introduciendo en la boca del difunto los testículos de un toro sacrificado, en la creencia de que restituía al difunto el uso de la lengua en la otra vida.
Después de descuartizar la víctima, ofrecida al muerto por sus parientes y amigos, se depositaba ante la momia “el muslo y el corazón del animal sacrificado donde se ocultaba el alma del difunto”. El Libro de los Muertos fue escrito en piel de gacela y hallado en el templo de Déndera, cuya antigüedad se data hacia el año 1500 a.C.

A Osiris se le denomina “Toro del Occidente” y se le invoca en casi todas las oraciones, en varios pasajes, del Libro de los Muertos. En el capítulo que narra la fórmula para instalar el lecho funerario, al relatar las excelencias del difunto se dice: “…¡Eres puro, eres puro! La parte anterior (de tu cuerpo) es pura (y) la posterior (también) es pura; (has sido preparado) con natrón, incienso, agua fresca (y) resina; has sido purificado con leche del toro Apis…” (10)

Lecho fúnebre de la tumba de Tutankhamón

Siguiendo el curso ascendente del Nilo, nos encontramos unos curiosos rituales practicados en Sudán, entre los Shilluk, pueblo ganadero de bovinos que viven al norte de Jartún, en el Nilo Blanco: “..el rey era estrangulado y enterrado con una virgen viva a su lado. Cuando los dos cuerpos se pudrían, sus huesos se colocaban en la piel de un Toro. Un año más tarde se nombraba al nuevo rey y sobre la tumba de su antecesor el ganado era acuchillado hasta la muerte a cientos”. Después de terminada la ceremonia se repartía la carne de los toros sacrificados entre los presentes al ceremonial, cuyos animales se descuartizaban sin despellejar.(11)
Igualmente, en otro pueblo sudanés, los Dinkas, dedicados a la cria de ganado, cada poblado separa de sus rebaños un buey, el más fuerte, al que se le dedican canciones épicas, ya que entre las gentes de estos pueblos el ganado llega a tener un valor casi religioso, hasta el punto de que no los sacrifican a no ser con ocasión de fiestas o ceremonias. El buey seleccionado es considerado el Buey sagrado del poblado, al que se le llegan a ofrecer, en sacrificios, otros animales.

Este pueblo realizaba un curioso rito de iniciación a la pubertad: “cuando el muchacho ingresa en la clase de los jóvenes, por edad, el padre del joven presenta a su hijo con un toro, que recibe el mismo nombre que el muchacho. Es tal la unión entre ellos que se pasa horas cantando y jugando con su toro y que será sacrificado si el muchacho muere. En su tumba se colocarán los cuernos del animal”. Al entregarle el buey le adornan los cuernos, de forma que se parezcan a los del Buey sagrado del poblado.(12)

Muchachos Dinkas junto a sus becerros

Hacia el sur, en la zona marcada por las ruinas del gran templo de piedra de Zimbabwe, en Matabeleland, el regicidio ritual se practicó hasta 1.810. Los sacerdotes consultaban las estrellas y el oráculo sagrado cada cuatro años, y, sin lugar a dudas, el veredicto sería muerte para el rey. La costumbre consistía en que “…la primera esposa del rey, que lo había
ayudado a encender el primer fuego sagrado de su reinado, debía estrangularle con un cordel hecho de tendón de pata de toro. El estrangulamiento debía tener lugar en una noche de luna nueva. Al cuarto día el cadáver se colocaba en posición fetal, se envolvía en un paño de forma que sobresalieran el dedo pulgar y las puntas de las uñas y luego se envolvía en la piel fresca de un toro negro con una marca blanca en la frente
”.
Tendría alguna relación esta piel con la piel representativa del dios egipcio Anti, citado anteriormente?.

Para terminar este recorrido por los pueblos nilóticos, encontramos otro curioso ritual que realizaban los Bayankole ”… cuando un rey muere, envuelven su cuerpo en la piel de una vaca recién muerta, después de lavar con leche el cadáver real…, e incluso hacen que el ganado participe en el duelo, separando las vacas de sus terneros a fin de que unas y otros lancen melancólicos mugidos”.(13)

Para la tribu Ga, en Ghana, los funerales son tiempo de luto, pero también de celebración. Los Ga creen que cuando alguien querido muere pasa a otra vida, y se aseguran de que lo haga con estilo.

Sarcófago de la tribu GA, Ghana

Honran a sus muertos con féretros coloristas que conmemoran la forma de vida del difunto. Los ataúdes se diseñan para representar aspectos de la vida de la persona muerta: un coche si era un chófer, un pez para los pescadores o una máquina de coser para la costurera.
También pueden simbolizar los vicios del difunto, como una botella de cerveza o un cigarrillo.

La costumbre de la participación del ganado en los funerales reales se encuentra representada en infinidad de templos y papiros, además de estar atestiguada su presencia en los Textos de las Pirámides (hacia 2.350 a.C.), donde el rey muerto se ha convertido en Osiris y cuya jaculatoria reza así:

Papiro fúnebre, s.XIII a.C.

El cielo habla (…en truenos?); la tierra se agita,
por Temor a ti, Osiris, cuando asciendes.
¡Oh allá lejos, vacas lecheras,
Oh allá lejos, vacas lactantes, ir a su lado!;
lloradle, alabadle, cantadle vuestro plañidero canto cuando asciende.

El se va al cielo entre los dioses, sus hermanos”.(14)

Como se ha podido comprobar, no podemos detenernos en relatar los elaborados rituales o ceremoniales funerarios que sería prolijo describir.

Plañideras de la tumba del escriba Ramose, s.XIV a.C.

Sepan que tras la muerte, al difunto se le sometía a las operaciones de la momificación en la “Tienda de la Purificación”, donde recibía ofrendas funerarias. El entierro, en sí, comenzaba con la formación de la comitiva, la travesía del Nilo, la subida a la tumba, la lectura de las interminables letanías por parte de los sacerdotes y los familiares del fallecido, la apertura de la boca del difunto, el adiós a la momia y la comida funeraria; sin olvidar el obligado acompañamiento de músicos, plañideras con los rostros cubiertos de limo, el pecho descubierto, los vestidos desgarrados y el ganado de lúgubre bramido que acabamos de describir. Todo ese ceremonial podía llegar a durar hasta dos meses.                                              Continuará

Plácido González Hermoso.

BIBLIOGRAFIA:
(1).- Henri Frankfort, “Reyes y Dioses” Alianza Edit.1988
(2).- Henri Frankfort, “Reyes y Dioses”: Texto de las Pirámides,616 d-f.
(3).- Henri Frankfort, “Reyes y Dioses”: Pirámides 781 b
(4).- Henri Frankfort, “Reyes y Dioses”: Texto de las Pirámides 782
(5).- Henri Frankfort, “Reyes y Dioses”: Texto de las Pirámides 882
(6).- Henri Frankfort, “Reyes y Dioses”: Texto de las Pirámides 883
(7).- Cristina Delgado Linacero, “El Toro en el Mediterráneo”
(8).- Diodoro Sículo,“Biblioteca Histórica”
(9).- Heródoto, “Historias”, Libro II
(10).- Albert Champdor.-”El libro egipcio de los muertos”
(11).- Mircea Eliade,”Historia de las creencias y las ideas religiosas” Tomo IV.
(12).- Francesc Lluís Cardona, “Mitologías y leyendas africanas”
(13).- Henri Frankfort “Reyes y Dioses, Alianza Editorial 1988
(14).- Textos de las Pirámides 549-50, Henri Frankfort, “Reyes y Dioses”

LA PIEL Y LAS ASTAS DEL TORO

Piel de Toro

Para completar la trilogía sobre la utilización de las partes físicas del toro a lo largo de la historia -sobre la carne y la sangre de este animal ya hablamos en los capítulos anteriores- puede servir,  a modo de cierre, el uso y la utilización dada a la piel y las astas del toro.
     Al igual que en los capítulos precedentes, los relatos referidos, los datos aportados, los rituales reseñados, las costumbres narradas representan solo una mínima parte del fondo documental que la historia de la humanidad nos ha legado al respecto, sin contar todo lo que los avatares históricos y la noche de los tiempos se llevaron sin dejar rastro alguno.
De forma parecida al tratamiento dado a la carne y la sangre, a la piel y a las astas del toro se le dieron infinidad de utilizaciones de todo tipo que van desde los aspectos monetario, funerario o militar, a los usos marítimos, guerreros, indumentarios, domésticos, etc., todo ello debido a la fortaleza y calidad de la piel, que hizo de esta materia prima material preferente y deseado hasta nuestros días.

Gaucho con protectores de piel en la montura

Afirmar que la primera utilización que el hombre primitivo le dio a la piel del toro fue, a modo de vestido, para taparse y protegerse de los fríos intensos que tuvo que soportar, en aquellas glaciaciones desde el remoto Paleolítico, es algo tan evidente que no precisa probatura. Más tarde, con el correr de los tiempos pasó, a la luz de la etnología, del uso por pura necesidad física a su utilización pudorosa y suntuosa o como reclamo sexual. Mas eso pertenece ya a otra disciplina.

La utilización de pieles en la antigüedad, y la del toro en particular, la encontramos ya atestiguada en las pinturas rupestres de nuestra Península, a modo de camuflaje para mejor acercarse a los animales a cazar y poder cobrar la pieza con más facilidad y menor riesgo.
También las danzas rituales, practicadas por el hombre primitivo, estaban asociadas a ritos de fertilidad y ciertas prácticas religiosas. En cada grupo tribal del Neolítico, los hechiceros se adornaban, en los rituales practicados, con una cabeza de toro salvaje hueca y una piel de toro incluida la cola, y hasta es probable que fueran los que realizaran las pinturas rupestres, ya que estas se suponen asociadas a rituales de magia.

Cazadores primitivos disfrazados

Al principio del Génesis se relata el pasaje en que Dios, antes de expulsar a Adán y Eva del paraíso, “les hizo unas túnicas de pieles y los vistió” (Gén.3,21). La Biblia no cita el tipo de piel utilizada para ello, mas no sería demasiado aventurado presumir que fuese la del toro, teniendo en cuenta que este animal era la víctima sacrificial predilecta para Yahvé.
Aunque en muchos de los sacrificios la piel de la víctima, incluida la del toro, era quemada fuera del recinto sagrado, según los diferentes rituales, también es cierto que la ley mosaica establecía que: “Del sacerdote que ofrezca un holocausto será la piel de la víctima que ha ofrecido…”(Lev. 7,8)

     No cabe duda que a la divinidad se le reservaba siempre las mejores ofrendas. Los objetos sagrados estaban confeccionados con los mejores materiales, como era el caso de la construcción del tambor sagrado de los templos, con cuyo sonido se congregaba a los fieles a los actos litúrgicos, y se fabricaba con la piel de un toro, cuyo instrumento estaba dedicado al dios sumerio En-lil o al babilónico Marduk. En la creencia general se decía que el tambor reproducía la voz mugiente del dios y al sonido producido por este instrumento se le conocía como “la música del toro”.
Antes de realizar el sacrificio del toro, para utilizar su piel en la confección del tambor sagrado, el sacerdote pronunciaba una salmodia en la oreja del toro, a modo de respetuosa salutación:
Gran Toro, sublime, que pisas la hierba pura,
que andas por el campo y llevas la abundancia,
que cultivas los cereales y que alegras los campos
…”.(1)

El oficio de curtidor fue una profesión común y necesaria en todas las sociedades de la antigüedad, sin embargo la primera y única cita que encontramos en la Biblia aparece ya en época tardía, concretamente en los Hechos de los Apóstoles, al relatar el episodio en el que Pedro resucita en Joppe a “…una discípula llamada Tabita, que quiere decir Gacela” (Hch.9,36), y terminado el milagroso acontecimiento: “…Pedro permaneció bastantes días en Joppe hospedado en casa de Simón el curtidor”(Hch.9,43), “…cuya casa está junto al mar”(Hch.10,6). Al puerto de Joppe, junto a lo que hoy es Tel-Aviv, llegaba la madera del Líbano para la construcción del Templo de Jerusalén, en tiempos de Salomón. Hoy es habitual la denominación unificada de Tel-Aviv-Yafó.

Lingote en formas de piel de toro, s.XI a.C.

Precisamente la piel de un toro extendida fue la forma primigenia utilizada en la fabricación de aquellos lingotes de oro, de unos 8,5 gramos de peso o los de cobre o bronce, de entre 25-30 Kg de peso, conocidos más tarde como lingotes chipriotas, que estuvieron en circulación desde el siglo XVIII a.C. hasta la aparición de la moneda en el siglo VII a.C. y fueron las primeras monedas conocidas que circularon por todo el Mediterráneo, donde comenzó a denominárselos talentos.

En la época de Homero, el talento de oro equivalía a un buey, existiendo dos sistemas de valor, el trueque de vacuno y el talento de oro.
Los primeros lingotes fueron considerados como símbolo de riqueza y rango social y se entregaban como recompensa o dádiva entre los poderosos y exigidos como impuestos, tributo o botín de guerra. La misma piel fue asunto reclamado como tributo a los pueblos sometidos, como cita el historiador Diodoro Sículo (fines s. I a.C.), quien afirma que los pueblos de Numancia y Termancia (la actual población de Montejo de Liceras, Soria) tributaron a Pompeyo (106-48 a.C.), 3.000 pieles de buey, entre otros productos.
El geógrafo Estrabón (58 a.C. – 25 d.C.) además de comparar la península Ibérica con una piel de toro extendida, nos da cuenta del floreciente comercio de pieles que mantenían los habitantes del Cantábrico y del Duero a cambio de sal, cerámica y objetos de bronce al principio de nuestra era.
El precio de las pieles, como cualquier otro producto de la actividad comercial, era asunto regulado por las distintas normativas legales en los diversos países en la antigüedad, como ocurría con las leyes Hititas (hacia el 1300 a.C.), que en su Artº 185 establecía:“El precio de: un IKU de viñas es 1 mina de plata – el cuero de un buey bien criado es un siclo de plata (8-10 grs.). – 5 cueros de res lechal es 1 siclo de plata – 10 cueros de cabra es 1 mina de plata – 10 pieles de ovejas jóvenes es 1 siclo de plata – 4 pieles de cabra es 1 siclo de plata – 15 pieles de cabras trasqui-ladas es 1 siclo de plata – 20 pieles de cordero es 1 siclo de plata – 20 pieles de cabrito es 1 siclo de plata. Quien compre la carne de 2 bueyes bien criados pagará una oveja”.
Entre los diferentes lingotes de bronce que han llegado hasta nuestros días, cabe reseñar el procedente de Serra Llixi (Nugarus, Nuoro Cerdeña), datado hacia el s. XI-X a.C.

Pectoral del tesoro del Carambolo, s.VII a.C.

También podría citarse un pectoral, con forma de piel de toro extendida, del conocido tesoro de “El Carambolo” hallado en Sevilla, considerado por algunos como “Un tesoro digno de Argantonio“(El primer rey ibérico de Tartessos, hacia el 550 a.C.). El mismo está catalogado entre los siglos VIII y III a.C. y se cree que esos adornos eran portados por una sola persona, tal vez un hombre en algún ritual suntuoso o, tal vez, pertenecían al ajuar de una estatua ritual, posiblemente un toro.
Cabe destacar el hallazgo reciente de un altar ibérico, del s.V a.C., encontrado en Lorca (Murcia), con forma “de lingote chipriota o piel de toro” con reminiscencias
púnicas, parecido a los hallados en Andalucía o Extremadura.

Estátero de Sybaris, Italia, s. VI a.C.

Con la llegada de la moneda, bajo el reinado de Creso (560-546 a.C.), esta tomó un gran auge al acuñarse diversas emisiones. Sus primeras estáteras (14 gramos) mostraban, como imagen representada, dos cabezas opuestas de león y toro.
Otra de las formas de utilización de la piel de toro fue en la confección de pergaminos, aunque la mayoría fuesen confeccionados con pieles de cabra u oveja. En Roma los pergaminos, de pieles de oveja o de cabra, se cortaban en forma rectangular  y eran cosidos unos con otros para formar rollos, a semejanza de los empleados por los egipcios, aunque los más finos eran de piel de ternera y se destinaban para ediciones de lujo; estuvieron en uso desde el s. II a.C.
Precisamente de lujo tuvo que ser el primer libro del Avesta (el libro sagrado de los Vedas de Persia), atribuidos a Zaratrusta (700-630 a.C.), que fueron escritos en “doce mil pieles de toro” y fue Alejandro Magno, el año 331 a.C., quién ordenó quemarlos, cuando redujo a cenizas la ciudad de Persépolis.
Esa “biblia” del mazdeísmo fue reconstruida de memoria hacia el s. III o IV d.C.

Barca de piel, 1050 a.C., Mesopotamia

En Mesopotamia utilizaban para el transporte fluvial unas balsas de madera y cañas dispuestas sobre unos odres de piel de buey hinchados o bien usaban unas barcas de madera con formas redondeadas y forradas con piel de este animal. Interesante fue la argucia utilizada por las tropas de Alejandro Magno cruzaron las aguas del Tigris y el Éufrates montados sobre pellejo s de buey hinchados de aire.

Barca de pieles cosidas, Mesopotamia

También se utilizaban pellejos de piel llenos de aire para pescar y bucear, aspirando a intervalos el aire de su interior, consiguiendo con ello prolongar las inmersiones y aumentar las capturas a pescar. También en la España primitiva se usaron barcas de cuero cosido, con las que navegaban norteños y lusitanos, según el relato de Estrabón.

Odre de buceo, Mesopotamia

La piel del toro se usó para la fabricación de odres para almacenamiento de líquidos, que fueron usados por egipcios, hebreos, mesopotámicos, griegos, romanos y hasta hace poco, en nuestra Península, para el transporte de vinos.

Odres de diversos tamaños

Curiosa fue la utilización de unos odres, relatado por Homero en la Odisea, que fueron regalados a Odiseo por el rey de Eolia (Eolo Hipótada), cuando se marchó de la isla flotante de Eolia:”Diome entonces, encerrados en un cuero de un buey de nueve años que antes había desollado, los soplos de los mugidos vientos, pues el Cronida habíale hecho árbitro de ellos, con facultad de aquietar y de excitar al que quisiera. Y ató dichos pellejos en la cóncava nave con reluciente hilo de plata, de manera que no saliese ni el menor soplo, enviándome el Céfiro para que, soplando, llevara nuestras naves y a nosotros en ellas”.
Diodoro de Sicilia (conocido como Diodoro Sículo, 90-5 a.C.) relata una curiosa estratagema empleada por la reina asiria Semíramis en su campaña contra la India(al parecer se trata de un relato ficticio, como el personaje). Cuando vio que el número de elefantes que poseía era inferior a los de la India, ideó construir figuras de esos animales con la piel de trescientos mil bueyes negros, que rellenaron posteriormente con hierba.

     Los escudos de piel de toro fueron también de uso común entre los ejércitos antiguos. Estaban recubiertos de pieles de vacuno, como se observa en los que llevaban un grupo de soldados de madera, recuperados de una tumba egipcia de la XII dinastía (1991-1783 a.C.), o los que se contemplan en un fresco de Thera, en Santorini, Grecia (500 a.C.).

Soldados egipcios de la XII Dinastía, 1990 a.C.

«Como el estruendo que producen los leñadores en la espesura de un monte y que se deja oír a lo lejos, tal era el estrépito que se elevaba de la tierra espaciosa al ser golpeados el bronce, el cuero y los bien construidos escudos de pieles de buey por las espadas y las lanzas de doble filo» (Homero, La Ilíada).

Frescos de Thera, Santorini, 500 a.C.

De este modo Homero nos describe los escudos empleados por los aqueos, forrados con varias capas de piel de vaca o de buey, como el del caudillo Ayax que se confeccionó con siete capas. También las corazas greco-romanas eran del mismo material y sobre ellas iban colocadas, a modo de protección, placas de bronce o de hierro. Lo mismo que mesopotámicos usaban también la piel en sus cascos, escudos y sillas de montar.

La artesanía del cuero en Egipto se remonta al Imperio Antiguo, donde se emplearon en la fabricación sandalias, porta-manuscritos, cascos, escudos de cuero y carcaj, sillas de montar, cabezadas, riendas, etc., que en general fueron de uso común entre todos los pueblos de la antigüedad. Todos estos objetos eran repujados con profusión y elegantes dibujos, hasta el punto de que tenían amplia fama entre los países vecinos. No debemos olvidar tampoco las
camas egipcias de cuero de buey, cuyos somieres se confeccionaban con tiras de piel entrelazadas y en especial los de las camas plegables, como las encontradas en la tumba de Tutankamón, descubierta por Howard Carter, quien halló en el fondo de un cofre de la tumba dos pares de sandalias de cuero y un par, de los encontrados, estaban decoradas con oro.

Sandalias de diario de Tut’ankamon, 1365 a.C.

Las sandalias de cuero se conocían ya en los primeros tiempos del Egipto antiguo. En las tumbas del Reino Arcaico se han encontrado “modelos” de sandalias siendo los faraones los que usaban las sandalias más suntuosas, con la punta realzada hacia el empeine y en ellas se representaba artísticamente a los enemigos capturados en las suelas, de modo que mágicamente el rey los pisoteaba o aplastaba cada vez que daba un paso.

Sandalias funerarias de oro

Entre los objetos que Ramsés II (1301-1231 a.C.) proveía a su pueblo se relatan los siguientes: “Para vosotros he llenado los depósitos con toda clase de cosas: pan, carne, pasteles, sandalias, vestidos, abundantes ungüentos de modo que podáis frotaros la cabeza cada 10
días y equiparos todo el año, y que en todo tiempo dispongáis de buen calzado.

El Faraón Narmen seguido de su “portasandalias”

     Por regla general los egipcios caminaban casi siempre descalzos, llevando las sandalias en las manos o colgadas de un bastón y solo se las calzaban cuando llegaban a su destino. El propio faraón Narmer (3050 a.C. aprx.) caminaba con los pies descalzos escoltado por sus criados, uno de los cuales ostentaba el cargo de “portador de las sandalias del faraón”, el cual lleva las sandalias atadas a su muñeca izquierda y un botijo en su mano derecha.

El “Portasandalias” del faraón

Precisamente el faraón disponía de sus propios talleres de tenerías, como se refleja en una inscripción de un ataúd hallado en la necrópolis de Gizeh y perteneciente a un oficial de nombre Uta: “El jefe de las tenerías de las sandalias reales, que se dedica a todo lo relacionado con las sandalias del rey, a la satisfacción de su amo. El director de los guarnicioneros, fabricante de las cajas de actas del rey, un encargado de los secretos que hacía las cosas según el deseo de su señor en el trabajo de los guarnicioneros, Uta”.

Otra de las utilizaciones que daban los egipcios a la piel del toro era para celebrar el ritual denominado “pasaje por la piel” que realizaban los faraones y sacerdotes para rejuvenecerse. Este ritual era conocido como “Heb Sed”, o del rejuvenecimiento del poder, en el que previa-mente un sirviente personal procedía a lavar los pies del Faraón antes de calzarle las sandalias rituales.

Carrera del Faraón

El poeta Hesíodo (hacia el s.VIII a.C.), en “Los Trabajos y los días”, recomienda un tipo de piel para la confección de sandalias: “…en torno a tus pies calza ajustadas sandalias de buey muerto con violencia…”. No parece muy comprensible esta afirmación de Hesíodo de que la muerte violenta de un animal de fortalez a la piel.
Nuevamente encontramos en la Biblia unos hechos curiosos alusivos a las sandalias. En la “ley del Levirato”, donde se establecía que si un hombre muere, sin dejar hijos, el hermano debe cohabitar con su cuñada y el hijo que naciere será hijo de su hermano muerto. Mas si éste se negase a cumplir con la ley: “… su cuñada se acercará a él, en presencia de los ancianos, le quitará una sandalia del pié y le escupirá en la cara… Y su casa será llamada en Israel la casa del Sinsandalias.”(Dt.25,10)
Es curioso comprobar la forma en que se hacían los tratos en Israel en tiempos de la moabita Rut (s. XII a.C., Rut significa “compañera“), que era la bisabuela del Rey David: :“Había en Israel la costumbre, en caso de compra o de cambio, para convalidar el contrato, de quitarse el uno una sandalia y dársela al otro. Esto servía de prueba en Israel.” (Rut. 4,7)
Otra forma de utilización fueron las históricas pieles funerarias entre los pueblos nilóticos. Antes de la aparición del toro egipcio Apis, en el ritual de la degollación del toro divino, la piel
se usaba como vehículo revitalizador del difunto envuelto en ella. Precisamente al dios Anti (el encargado de vigilar la navegación de la barca solar), se le representaba como un pellejo de toro negro sujeto a un mástil o como una piel de vaca. Bajo el aspecto funerario y relacionado con el difunto representa las antiguas pieles de vaca en las que los fallecidos eran enterrados, estable-ciéndose un paralelismo simbólico entre la piel táurica y la resurrección del difunto en el Más Allá.
También entre los Shilluk (tribu de Sudán), tras el acto del regicidio sacro, enterraban al rey junto con una virgen viva a su lado y cuando los dos cuerpos se pudrían, sus huesos se colocaban en la piel de un Toro. Parecido rito se practicaba en Zimbabwe, cuando la primera esposa del rey debía estrangularle con el tendón de la pata de un toro, el cadáver se envolvía en la piel fresca de un toro negro con una marca blanca en la frente.
Muchos más ejemplos podrían citarse, que sería prolijo de relatar, ya que la utilización de la piel del vacuno para diversos usos es tan extensa como la inventiva humana.

Al igual que con la piel, la utilización de las astas del toro para la confección de innumerables objetos, tienen parecida antigüedad como aquella.

Entre los usos dados al cuerno del toro, es notorio el que se le dio en el mundo bíblico, empleándolo como ungüentario ritual y servían para contener los óleos sagrados con los que ungían, entre otros, a los reyes de las primeras dinastías de Israel. El mismo texto bíblico nos da cuenta, en infinidad de pasajes, de la utilización de los cuernos que adornaban los altares israelitas, los cuales además de ser uncidos con la sangre de las víctimas sacrificadas, tenían la potestad de proteger a las personas que a ellos se acogieran, como le ocurrió a Adonías, hijo del rey David y hermano de Salomón, quien -tras haberse proclamado rey sin la aquiescencia de su padre, enfermo y anciano, que ordenó se unciese como rey de Israel y Judá a Salomón- temien-do que su hermano lo eliminara, se refugió en el templo y: “…Adonías, temiendo de Salomón, se levantó y fue al tabernáculo de Yahveh a agarrarse a los cuernos del altar”.
Este hecho le fue comunicado a Salomón: “…Adonías tiene miedo del rey Salomón y ha ido a agarrarse de los cuernos del altar, diciendo: Que el rey Salomón me jure hoy que no hará morir por la espada a su siervo”. (1Rey. 1, 50-52)

Cascos de Vikso, Holanda, 1000 a.C.

En todas las tradiciones primitivas los cuernos implican ideas de fuerza y poder. Con ellos se adornaban los tocados de pieles prehistóricos y los yelmos de guerra, hasta la Edad Media. Los cuernos entraron en composición decorativa y ornamental de los templos asiáticos y, junto con los bucráneos (por ser restos
sacrificiales), se consideraban de valor sacro. Precisamente en la unión del primer cuerpo con el segundo, de la torre de la catedral de Murcia, aparecen cuatro bucráneos por cada cara, 16 en total, como elementos decorativos de reminiscencia sacrificial.

Como elemento de ornamentación también son ampliamente conocidas las representaciones córneas en lo alto de palacios y templos, como se constata en el palacio-templo cretense de Cnosos, donde la presencia de unos enormes “cuernos de consagración” demuestran la clara significación religiosa.

Cuernos de consagración, Cnosos, Creta

Otro tanto ocurría en Copto (Egipto), en la época faraónica, donde el templo dedicado al dios egipcio de la fertilidad Min, estaba coronado por un par de enormes astas taurinas, en clara referencia de la asociación del dios con el toro. Sobre esta relación del toro con los dioses véase el artículo “Toros mitológicos II”, en este mismo blog. 

En el Poema de Gilgämesh se nos da cuenta de un hecho curioso en el que el héroe, tras dar muerte al Toro Celeste, reunió a los artesanos de Uruk para que admirasen los cuernos del toro y luego los decorasen. “…Los artesanos midieron el grosor de los dos cuernos: su masa era, cada una, de treinta minas de lapislázuli (unos 15 Kg. cada cuerno), la anchura de su revestimiento era del grosor de dos dedos y de seis guru de aceite el contenido de ellos (unos 1500 litros), Gilgämesch ofreció los dos cuernos a su dios Lugalbanda, como vasos de unción; se los llevó y colgó en su cámara principesca”.

Conocidas también eran las tiaras babilónicas, las cuales estaban orladas con varios pares de cuernos que simbolizan la naturaleza divina y que coronaban las testas reales y los famosos toros alados asirios.

Los celtas solían representar a los toros provistos de tres cuernos, en la creencia de que aumentaba así el simbolismo del cuerno, que denotaba agresividad y fertilidad, gracias al poder sagrado del número tres.

Toro tricornio Celta

Ese mismo texto fabuloso nos refiere la epopeya en la que arrebatan y dan muerte a los compañeros de Odiseo, devorándolos el monstruo Escila, tras “arrojar al Ponto el cuerno de un toro montaraz”.

Otra curiosa utilización fue la que le dieron los romanos al cuerno, que lo emplearon como utensilio médico para alimentar a los enfermos, usándolo a modo de embudo.

En las representaciones teatrales o rituales, era frecuente el uso de máscaras con prominentes cornamentas, al igual que el empleo de ritones con forma de cabezas de toros, como los conocidísimos ritones cretenses o la cabeza de toro con cuernos de oro de Villajoyosa, Alicante etc. Las representaciones de
divinidades portando esbeltas cornamentas eran frecuentes en el mundo egipcio, como Hator, Isis o el mismo Ptah. En el mundo griego a dios Dioniso o al romano Marte se los presentaba de esta guisa.

Bucraneo de Villajoyosa, Alicante

La utilización musical del cuerno del toro estuvo ampliamente difundida en la música mesopotámica y demás pueblos ribereños del Mediterráneo. En un fresco del palacio de Mari, aparece un hombre que empuña un cuerno como instrumento sonoro, cuya antigüedad data del siglo XVIII a.C., por citar algún ejemplo.

Los ejércitos romanos disponían de músicos denominados bucinatores y cornicines, cuyos instrumentos se fabricaban con cuernos de bueyes o de búfalos, algunos de los cuales eran adornados con plata en sus embocaduras.

Vaso de asta de toro

Muchos ejércitos de la antigüedad y no solo los vikingos, utilizaron los cuernos en los cascos de los guerreros, que les daba un aire más agresivo. Incluso muchos estandartes guerreros iban coronados con prominentes cornamentas.

Colodra decorada

     Los usos domésticos dados al cuerno de vacuno han sido innumerables y van desde las aceiteras pastoriles, las cuernas y colodras para diferentes utilidades, la confección de peines y peinetas, o infinidad de objetos de adornos, ya que su ductilidad hace fácil cualquier proceso.

Plácido González Hermoso

BIBLIOGRAFIA
1.- Federico Lara Peinado, “Himnos Sumerios”.
2.- Cristina Delgado Linacero, “El Toro en el Mediterráneo”.
3.- Diodoro Sículo,“Biblioteca historica”
4.- Estrabón, “Geografía”.
5.- Homero,”La Odisea”.
6.- F. LL. Cardona, “Mitología y Leyendas africanas”.
7.- Federico Lara Peinado, “Poema de Gilgamesh”.

La Sangre del Toro

Si curiosos pudieron parecer los datos que aporté al hablar de la carne del toro, de su utilización y consumo, de las creencias en torno a los poderes genésicos de la misma etc., no menos interesantes son también las creencias en los poderes purificadores o nocivos que se le atribuían a la sangre de los animales en general y a la del toro en particular, si esta era ingerida por el hombre.
El templo Eraklión, de la Atlántida

El templo Eraklión, de la Atlántida

No cabe duda que la sangre desempeñó un papel importante en los ritos sacrificiales con cualquier clase de víctimas. Ese líquido vital representaba la vida misma y estaba prohibido su consumo por mandato bíblico: ”… porque la vida de toda carne es la sangre; en la sangre está la vida. Por eso he mandado yo a los hijos de Israel: No comeréis la sangre de carne alguna, porque la vida de toda carne es la sangre; quien la comiere será borrado.”(1), al tiempo que se establecía, en el pacto que Dios realizó con Noé, sangrar las carnes antes de consumirlas: “Solamente os abstendréis de comer carne con su alma, es decir, su sangre…”(2), por tanto, todo aquel que comiese la carne sin sangrarla era reo de una serie de castigos o calamidades, que le serían enviadas por la divinidad.
A pesar de las amenazas bíblicas y de los males que podía acarrear su ingestión, la utilización de la sangre del toro estuvo rodeada de tantas significaciones y creencias como veremos a continuación.
Platón nos describe, en el “El Kritías”, la forma de utilizar la sangre del toro por los reyes de la Atlántida, cuando lo inmolaban al dios marino Poseidón a quien, por cierto, siempre se le inmolaban toros negros. Con la sangre del toro se rociaban entre ellos, a modo de ritual purificador y se impregnaba con ella una columna de oricalco colocada en el centro del templo de Pseidón –el Eraklión-, donde estaban escritas las leyes de la Atlántida: “… Después de terminar el sacrificio y consagrar todas las partes del toro, llenaban de sangre una crátera y se rociaban uno a uno con unas gotas de ella.. A continuación, sacando alguna sangre de la crátera con copas de oro… bebían la sangre y depositaban la copa como exvoto en el santuario del dios.”(3)
Uno de los diez reyes de la Atlántida, llamado Anthia, parece ser que vivió en Zamora, donde se halló una estatua del “domador de toros”, titulación con que se invocaba a Poseidón. (4)
En el rito del Taurobolio o sacrificio del toro, la sangre era el elemento esencial en los ritos de iniciación dedicados a los misterios de Atis-Cibeles (la de la fértil tierra y señora de las fieras) y al dios iranio Mitra. En ambos casos se incluía el bautismo del iniciado, o del sacerdote, con la sangre de un toro recién sacrificado. El culto a Cibeles se introdujo en Roma hacia el 204 a.C., en tiempos del general Publio Cornelio Escipión “El Africano”(236-183 a.C.), cuando en su lucha contra Aníbal, al final de las guerras Púnicas, consultaron los libros sibilinos (eran unos libros mitológicos y proféticos de la antigua Roma) y éstos predijeron que Aníbal sería arrojado de Italia en cuanto trajeran el culto de Cibeles a Roma. (5)
En España fue introducido su culto de la mano del Emperador Augusto (Cayo Julio César Octavio, 63 a.C. 14 d.C.), quien sentía una especial veneración por Cibeles.
Según se cita en la biblioteca Celtiberia.net: “La aparición en el pasado año 2000, en la muralla de Barcino, de un relieve del dios Attis, y fechado en la primera mitad del siglo I d.C. por los especialistas, permite asegurar que el culto a Cibeles y a Attis está presente en la ciudad de Barcelona desde el mismo momento de su fundación por Augusto a finales del siglo I a.C.”.
Recreación del rito del Taurobolio

Recreación del rito del Taurobolio

El ritual lo realizaba el sacerdote oficiante, tal y como lo relata el poeta hispano Aurelio Prudencio (348-410 d.C. uno de los mejores poetas cristianos de la antigüedad) en su Peristephanon (Libro de las coronas de los mártires).
En el relato que dedica al Martirio de San Román, nos describe el rito del Taurobolio de la siguiente manera: “El sumo sacerdote se oculta bajo tierra en una fosa preparada, para recibir su consagración en esas profundidades… ceñida su cabeza con el sagrado turbante… adornando su cabellera con corona de oro, ajustando la toga de seda a la manera gabia.
Con tablones de madera colocados sobre la fosa construyen una tarima escénica, que queda abierta por muchas partes…; inmediatamente hacen rendijas o agujerean la plataforma… con múltiples golpes de barrena… Allí conducen un toro enorme de frente fiera y erizada, atado con guirnaldas de flores por los lomos o en su cornamenta encadenada; brilla también el oro en la frente de la víctima y recubre su pelo el fulgor de láminas doradas.
Luego que han colocado ahí el animal que ha de ser inmolado, le abren el pecho con el cuchillo sagrado: la ancha herida vomita una oleada de sangre hirviente, y sobre las planchas del puente que hay debajo del toro se derrama un encendido torrente de sangre y expande su calor por todas partes.
Entonces, por los numerosos canales de las mil rendijas, el borbotón penetrante de la sangre llueve su podrida corriente, que recibe el sacerdote metido dentro de la fosa, exponiendo su cabeza sucia a todas las gotas, infestando su vestido y todo su cuerpo.
Templo de Mitra en Roma

Templo de Mitra en Roma

Más aún: levanta su rostro hacia arriba, ofrece sus mejillas al encuentro de la sangre… y hasta sus mismos ojos baña en ese líquido… Después que los otros sacerdotes han retirado de aquella plataforma el cadáver del toro… sale de la fosa el pontífice, horrible a la vista: muestra su cabeza chorreante… sus vendas empapadas y sus vestidos embriagados en sangre.
A este hombre manchado con tal contacto, ensuciado con la ponzoña del sacrificio que acaba de consumarse, lo aclaman todos y lo adoran de lejos, porque la sangre vil y el toro muerto lo han purificado mientras que se ocultaba en aquella horrible caverna…”.(6)
En Mérida existía un templo dedicado al dios Mitra, del s.III a.C., ubicado debajo de la actual plaza de toros, donde se realizaban, como es notorio, los suntuosos y elaborados ritos del Taurobolio.
También existieron templos dedicados a la diosa frigia Cibeles, en diversos puntos de nuestra geografía, como el de Carmona, Sevilla, conocido como la “Tumba del Elefante”, llamado así por haberse encontrado en dicho templo una figura de elefante, que es el símbolo de la longevidad. Este templo se encuentra en la necrópolis romana de este municipio sevillano, de unas dimensiones importantes, con 26 metros de longitud, el cual disponía de un patio, casi rectangular, de unos 150 metros cuadrados.
Templo del Elefante, Carmona, Sevilla

Templo del Elefante, Carmona, Sevilla

Templo a Cibeles, Carmona, Sevilla

Templo a Cibeles, Carmona, Sevilla

Contaba, además, con cocina, cámara doble y tres “triclinios”, que eran estancias dedicadas a la celebración de banquetes ceremoniales (donde los romanos celebraban una comida tradicional, en el aniversario de sus difuntos), así como el foso donde se introducía el sacerdote, o el neófito, para recibir la sangre del toro sacrificado, en el rito del Taurobolio. La antigüedad del templo, se cree, se remonta a los tiempos del emperador Claudio (41-54 d.C.) o tal vez de fecha anterior.
Las reminiscencias de los cultos a Cibeles fueron absorbidos por el cristianismo mediante el sincretismo de danzas a la Virgen María, en los que los danzantes van vestidos con ropas femeniles, rememorando, de esta forma, a los “coribantes”, “gallus” o “gallis”, que eran sacerdotes eunucos que habían practicado la eviración o emasculación, imitando al amante de Cibeles, Atti (que había sido castrado por la diosa al haberle sido infiel), y en las ceremonias dedicadas al sacrificio de Atti se vestían con ropas femeniles. Para iniciarse en el culto como sacerdote de Cibeles, los novicios se castraban colectivamente con un cuchillo de pedernal y vestían ropas y se adornaban con abalorios de mujer (la castración fue prohibida en tiempos de Domiciano (81-96 d.C.) y sustituida por la muerte del toro). Este ceremonial se realizaba el día 24 de marzo, conocido como “Día de la Sangre”, ya que, como colofón final, se realizaba el sacrificio de la muerte del toro, en el rito del “Taurobolio”, bebiendo parte de su sangre.
Como ejemplos reminiscentes de sincretismos danzantes, en honor a la Virgen, podemos citar los que se practican en Villafrades (Valladolid) en honor de la Virgen de Grijasalbas; o los que bailan ante la Virgen de Tejeda, en Villa de Moya (Cuenca); los de la Virgen de la Natividad de Méntrida (Toledo); los de la Virgen del Arrabal, de Laguna de Negrillos(León) o para finalizar los danzantes con zancos de Anguiano (La Rioja) y en más de, al menos, un par de decenas de pueblos de nuestra geografía.
Danzantes de Anguiano, La Rioja

Danzantes de Anguiano, La Rioja

Tanto los cultos a Mitra como a Cibeles, parece ser, fueron prohibidos definitivamente por el XVII Concilio de Toledo del año 694, convocado por el rey visigodo Égica (padre de Witiza) y presidido por el obispo de Toledo Sisberto.
El escritor Plinio el Viejo (23-79 d.C.), relata, en su Historia Natural, que en Grecia y Roma se utilizaba la sangre del toro, a la vez, como veneno y como reconstituyente y también que: ”…la sangre de un toro negro y bravo, restregada en los riñones de una mujer, provocaba en ésta una excitación especial…”. Ojo! ¡Que a nadie se le ocurra hacer experimentos, por favor!.
Puestos a dar remedios, este mismo autor nos describe también un sacrificio del druidismo asociado con la curación de la esterilidad: “… el sexto día de luna, los druidas subían a un roble sagrado y cortaban una rama de muérdago, usando para ello una “hoz dorada” (probablemente de bronce dorado), cogiendo la rama con un manto blanco. Después, sacrificaban dos toros blancos”. La creencia era que cuando se mezclaba el muérdago con la sangre de los toros sacrificados, la ingestión de la pócima curaba la esterilidad.(7)
Danzantes, villa de Moya, Cuenca

Danzantes, villa de Moya, Cuenca

En Egipto usaban un remedio para hacer desaparecer el emblanquecimiento de los cabellos, la famosas canas, y se conseguía mediante una pócima con la ”sangre de un buey negro, mezclarla con aceite y untar la cabeza”, descrito en el Papiro de Ebers. Al parecer creían que las propiedades de un individuo estaban contenidas en su sangre. Por ello el color negro del buey podía transmitir estas cualidades, a través de su sangre, a los cabellos del hombre.(8)
También Claudio Eliano “El Sofista” (170-235 d.C.) nos relata una curación milagrosa por mediación de Serapis: “Ese mismo dios curó, en tiempos de Nerón, a Crisermo, que vomitaba sangre y estaba afectado ya de una tisis galopante, habiéndole prescrito beber sangre de toro. Yo afirmo lo siguiente: que está demostrado que los animales son hasta tal punto queridos de los dioses que no solo su vida es salvada por los propios dioses sino que también ellos salvan a otros si es ésa la voluntad de los dioses.” (20)
El geógrafo Pausanias (s.II d.C.) relata, en su “Descripción de Grecia”, que la sacerdotisa de la diosa Gea (la Tierra, entre los griegos), antes de penetrar en la cueva divina para profetizar, bebía ante los fieles cálices con sangre de toro, como prueba ordálica de su castidad, demostrando con ello que era invulnerable ante las tentaciones sexuales.(9)
Druida, sacerdote celta

Druida, sacerdote celta

Otra modalidad del uso dado a la sangre de los toros la encontramos en el rito del juramento de los siete caudillos aliados contra Tebas, descrito por Esquilo (525-456 a.C.), en cuya ceremonia hundían las manos en la sangre de un toro, recogida dentro del hueco de un escudo. (10)
Las referencias que podemos encontrar en la Biblia sobre el uso dado a la sangre de las víctimas sacrificadas son innumerables y van desde la consagración del altar: “ Moisés lo degolló y tomando la sangre del novillo, untó con su dedo los cuernos del altar todo en torno, y lo purificó, derramando la sangre al pié del altar, y lo consagró para hacer sobre él el sacrificio expiatorio…”, o su utilización para la unción sacerdotal “…Luego tomó sangre y untó el lóbulo de la oreja derecha de Arón, el pulgar de su mano derecha y el de su pié derecho… Tomó Moisés el óleo de la unción y sangre de la que había en el altar, aspergió a Arón y sus vestiduras y a los hijos de Arón y sus vestiduras, consagrándolos”(11), o también usándola como símbolo de alianza: “Moisés pidió a algunos jóvenes que inmolaran toros… Tomó Moisés la mitad de la sangre, poniéndola en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar,… Tomó él la sangre y asperjó al pueblo diciendo: “Esta es la sangre de la alianza que hace con vosotros Yahveh sobre todos estos preceptos.”(12). Nótese el paralelismo entre estos pasajes y el relatado por Platón en el Kritías, con la variante de que en vez de derramar la sangre sobre el altar, los reyes de la Atlántida lo hacían sobre la columna de oricalco del templo de Poseidón.
Cantiga de Alfonso X

Cantiga de Alfonso X

Otra variante es la creencia en el aspecto purificador o lustral de la sangre, de los toros sacrificados, que aún se mantenía al comienzo de nuestra Era, entre los judíos, lo descubrimos en la epístola de San Pablo a los Hebreos: “ Porque si la sangre de los machos cabríos y de los toros y la aspersión de la ceniza de la vaca santifica a los inmundos y les da la limpieza de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo…!”(13), y más adelante, en la misma epístola, dice el apóstol: “…Pero en esos sacrificios cada año se hace memoria de los pecados, por ser imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos borre los pecados”(14). En realidad lo que hace San Pablo, en esa epístola, no es ensalzar precisamente las virtudes de la sangre del toro, sino condenar antiguas creencias ya en desuso, aunque pone de manifiesto la existencia y permanencia, aún, de dichas costumbres entre los gentiles y las rechaza con rotundidad.
En los pasajes anteriores de la unción de Arón y sus hijos como sacerdotes, asperjando la sangre sobre sus vestiduras, al igual que lo hacían los reyes de la Atlántida rociándose con la sangre del toro de Poseidón, se puede presumir, al menos, una cierta semejanza entre esos rituales y los realizados en las ceremonias de los taurobolios, en los que el sacerdote, o el neófito en el rito de iniciación, salen materialmente regados con la sangre del toro sacrificado y por tanto purificados con ese bautismo lustral y cruento. Los iniciados por este ritual, mediante el bautismo de la sangre purificadora, se beneficiaban con la inmortalidad.
Otra tradición de los aspectos lustrales de la sangre del toro y transmisora de los aspectos genésicos del animal, la encontramos en la costumbre encuadrada en los ritos del toro nupcial, que se desarrollaron en muchas partes de la geografía norteña extremeña hasta épocas cercanas del siglo XIX. La pervivencia de este ritual es bastante antiguo pues lo encontramos ya recogido en una de las Cantigas de Santa María, de Alfonso X El Sabio.
El acto central del ceremonial consistía en retirar un toro del matadero, dos días antes de los esponsales y enmaromado por los cuernos era conducido a la casa de la novia. Durante el trayecto, el novio lo toreaba con su capa o con una sábana del ajuar de los novios, con mejor o peor fortuna, procurando rozar por el lomo o los cuernos del toro las dichas prendas. Mientras llegaba la comitiva a la casa de la novia y el burel era atado a la reja de la ventana. La novia entregaba al novio unas banderillas, ricamente engalanadas, para que se las clavase al toro y manase la sangre lustral. Luego debía procurar impregnar la capa o la sábana del ajuar en la sangre del animal, en la creencia de que, esa impregnación sanguínea, transmitiría los poderes genésicos del toro a los desposados, cuando entraran en contacto con esas prendas, asegurando de este modo la fecundidad de la pareja. (15)
Otra variante, con reminiscencias en las creencias sobre la magia de la sangre táurica, la encontramos en el pueblo leonés del Rebollar, donde se sigue practicando una costumbre de carácter ancestral, el día siguiente de San Blas (Sa Blasín, como le llaman), donde los mozos fingen matar de un tiro a un simulacro de toro, constituido por dos hombres disfrazados. Después del sacrificio todos beben grandes cantidades de vino que aseguran es la sangre del animal muerto.(16) Es probable que este acto de libación conserve alguna reminiscencia de aquellas taurofagias rituales de la antigüedad, que se practicaban en los ritos dionisíacos.
El bigotudo, anti-taurino y anti-flamenquista Eugenio Noel, en su libro “Las Capeas” relata, con una prosa repulsiva y nauseabunda, cómo niños, mujeres y viejos, necesitados e indigentes, formaban cola ante el maloliente matadero municipal de Madrid, a principios del s.XX, para recoger alguna porción de sangre de toro que repartían diariamente, casi como único alimento reconstituyente para sobrellevar o matar el hambre.(17)
En el mitraísmo, era creencia general que las vides, las uvas y por tanto el vino, habían surgido de la sangre del toro, cuando fue sacrificado por el dios Mitra.(18)
Por tanto, no es de extrañar la existencia de ciertos ritos agrarios en la antigüedad, circunscritos al “creciente fértil” y las riberas del Mediterráneo, que consistían en rociar los sembrados con sangre de toro, en la creencia de aumentar la fertilidad de los sembrados. Puede que no exista nexo alguno aparente, pero parecida costumbre se sigue practicando en la actualidad entre los pueblos andinos, quienes derraman en los campos de labor sangre de las Llamas, al tiempo que invocan a la “Pacha Mama”(la madre tierra) para que aumente la fertilidad de sus campos.
En general el ganado bovino era considerado como los animales propicios para las ofrendas a los dioses, no solo por su valor económico, sino por ser la víctima sacrificial de mayor valor cultual, por la simbología que representaba de energía, virilidad y poder fecundante.

La Ara Pacis Tellus romana

Por ello, en el mundo romano, eran los animales favoritos para ofrecerlos a Júpiter y a la “Tellus Mater”(una diosa que personificaba la Tierra) en los ritos agrarios o de fecundidad de los campos, como ocurría en los ritos llamados “Fordicidia” u “Hordicidia”(de fordus u ordus, “vaca preñada”), dedicados a ésta diosa. Se celebraban hacia el 15 de abril para asegurar la fecundidad de los campos y la abundancia de las cosechas, sacrificando vacas preñadas.
Flores Arroyuelo nos describe una leyenda que se remonta en el tiempo al reinado de Numa-Pompilio (2º rey de Roma 715-672 a.C., sustituyó a Rómulo): “…la ninfa Egeria (diosa romana de las fuentes y los partos), oráculo de Faunus (un dios que había promovido la agricultura y la cría de ganado entre los hombres), reveló a Numa el remedio para poner fin a años de penuria y pobreza, consistente en el sacrificio de una vaca preñada cuya sangre debía regar la tierra para fertilizarla. Éste se llevaba a cabo en cada una de las treinta curias (lugares de reunión) en que estaba dividida Roma, y en una época como era la primavera en que los rebaños estaban preñados y en la tierra germinaban las semillas, y en un acto que podemos comprender como mágico-simpático por el que “a la tierra fecunda se le ofrecía una víctima fecunda”, dentro de una ceremonia que se celebraba con gran solemnidad en el Capitolio o “ciudadela de Júpiter”, con los pontífices (Pontifex Máximus) como oficiantes en la primera parte en que se llevaba a cabo la inmolación del animal y la extracción del ternero de las entrañas maternas que, mientras se celebraba el banquete por los fieles en que se comían los trozos de la carne cocida del animal, era ofrecido a las vestales para que en una segunda parte, la de mayor edad entre ellas, lo quemase en el hogar del templo de Vesta hasta reducirlo a cenizas…”. Las vestales (sacerdotisas de la diosa del hogar Vesta), guardaban las cenizas de los terneros nonatos sacrificados, hasta la llegada del festival de la Parilia (fiestas conmemorativas de la fundación de Roma), donde se usaban para realizar purificaciones a los asistentes.(6)
Fauno con amorcillo

Fauno con amorcillo

A este respecto los partidarios del origen religioso de las corridas de toros, se basaban en ciertos ritos agrarios existentes en una vasta área histórico-cultural, desde el Japón a Madagascar, que “consiste en hacer luchar dos toros entre sí y sacrificar al vencedor, o sencillamente en sacrificar toros en primavera, siempre con la finalidad mágico-religiosa de vigorizar los sembrados con sangre de los toros”.(10)
Una costumbre original la encontramos, en la actualidad, en el pueblo zamorano de Benavente, donde se celebra la “Fiesta del Toro” el día del “Corpus Christi”, donde tras correr el toro enmaromado y después de ser sacrificado y descuartizado el animal, las jóvenes llamadas “Corredoras del toro”, manchan sus zapatillas en la sangre del animal, como remembranza de las ofrendas sanguíneas que exigía Diana a sus sacerdotes y Nereidas, y la carne se reparte entre las y los jóvenes benaventanos. Este ritual, al parecer, hunde sus raíces en los antiguos ritos dionisíacos. “Se cuenta (según nota marginal del autor de la “Mitología ibérica”), que esta fiesta fue importada de tierras portuguesas: una condesa, a la que un toro le había matado un hijo, regalaba todos los años un toro para que fuera enmaromado y muerto”. (4)
Una leyenda parecida, a la portuguesa, es la que dio origen al “toro de San Juan”, en Coria (Cáceres), con la variante de que cada año, por orden de la condesa, debía ser sacrificado un mozo que se escogía por sorteo entre los que alcanzaban la pubertad, hasta que fue sustituido por un toro, cuyo ritual ya fue descrito en el artículo sobre “La carne del toro-I”. En esta fiesta, cuando el animal es sacrificado, los mozos manchan sus alpargatas en la sangre del toro, en la creencia de que el contacto con la sangre táurica proporciona la fuerza y el poder fecundador y por tanto supone una garantía de fertilidad para la pareja.(6)
Pelea de toros

Pelea de toros

Mas no todas las cualidades de la sangre del toro eran beneficiosas ni de signo positivo como acabamos de ver y por ello no podían faltar algunos ejemplos de los aspectos nocivos y peligrosos de la sangre, como veremos a continuación.
La ingestión de la sangre como bebida era considerada, en la antigüedad, como acto sacrílego, tal y como se penalizaba en la Biblia, expuesto anteriormente.
En el mundo de la Grecia clásica, existía la creencia de que la sangre del toro era un veneno mortal para el hombre, como se pone de manifiesto en un relato en el que Esón (padre de Jasón y hermanastro de Pelias, rey de Yolco, Tesalia), se suicidó bebiendo la sangre de un toro, antes de que lo matase su hermanastro Pelias.
También Heródoto asegura que el faraón Psamético III (526-525 a.C. de la XXVI dinastía), fue obligado por el rey persa Cambises I (528-521 a.C. hijo de Ciro II “El Grande”, el fundador del imperio persa de los “aqueménidas”) a beber sangre de toro hasta morir.
O el caso de Temístocles (525-460 a.C. militar y estadista griego, figura clave en las Guerras Médicas y vencedor en la batalla de Salamina), murió, según una leyenda, por abusar de la ingestión de sangre de toro, aunque en la tradición griega se decía que se envenenó, de esa forma, para no ayudar al rey de Persia (Artajerjes I, 465-424 a.C.), donde se había refugiado, a atacar a su patria y al ser implicado en la traición de Pausanias. (16)
El rey Fernando "El Católico"

El rey Fernando "El Católico"

Lo mismo dicen que le ocurrió a nuestro rey Fernando el Católico. Según una leyenda se aseguraba que murió, cuando se dirigía a Guadalupe (Murió el 23 de Enero de 1516 en Madrigalejo, Cáceres, cuando iba a asistir al capítulo de las órdenes de Calatrava y Alcántara en el Monasterio de Guadalupe), de una indigestión al beber la sangre de algún cárdeno o negro zaíno toro, aunque otra versión afirmaba que fue por darse un atracón de criadillas de este animal.(9)
Un autor folklorista del s.XVI, Pero Mexía, se extrañaba de que semejantes creencias tuviesen justificación racional alguna, cuando dice: ”…cómo la sangre de toro bebida mata, y qué natural razón hay desto, y de algunos que se mataron con ella, y de qué manera no mata y quién fue el primero que domó toros, y los corrió por fiestas y otros al mismo propósito…”.(19)
Para finalizar, reparen en esta trova popular que circulaba entre las gentes de la Villa y Corte, de mediados del s.XVII, que, curiosamente, cantaba las excelencias del agua y de la sangre del toro:
“ Agua de San Isidro
cura las calenturas;
sangre de Toro joven
buenas piernas procura.”
Muchos más ejemplos podíamos traer aquí para mayor abundamiento, mas por ahora creo es suficiente.
Plácido González Hermoso.
BIBLIOGRAFIA
1.- Lev. 17, 14-15
2.- Gen. 9, 4-5
3.- Antonio García Bellido, “Veinticinco estampas de la España Antigua”, Colecc. Austral-A-181
4.- Maclug d’Obrheravt, “Mitología Ibérica”.
5.- Antonio Blanco Freijeiro, “Documentos metroacos de Hispania”.
6.- F.Flores Arroyuelo, “Del toro en la antigüedad”; y Juan Posada, reportaje en Atena Semanal.
7.- Miranda Jane Gree, “Mitos Celtas”. Edicc. AKAL
8.- Revista MUY ESPECIAL, nº 33, de enero-febrero 1.998
9.- Fernando Sánchez Dragó, “Volapié, Toros y Tauromagia”
10.- Angel Alvarez de Miranda.-”Ritos y juegos del Toro”.
11.- Lev. 8, 15-16
12.- Exodo, 24, 5-9
13.- Hebreos, 9, 13-14
14.- Hebreos, 10, 3-5
15.- Fco. Flores Arroyuelo, “Correr los toros en España”
16.- Cristina Delgado Linacero.- “El toro en el Mediterráneo”
17.- Eugenio Noel, “Las Capeas y otros escritos antitaurinos”
18.- José María González Estéfani, revista “EL TORO”, 1.966.- Club Taurino
19.-Pero Mexía,“Silva de varia lección”,2ª parte, capítulo XXIV, publicada en 1542
20.-Claudio Eliano “El Sofista”, “Historia de los Animales”, libro XI, 35:”Curas por intercesión de Serapis”

LA CARNE DEL TORO – II

Caldero ritual Hittita del siglo VIII a.C.

Como continuación al artículo anterior sobre este tema, muchas fueron las formas, tratamientos y creencias que al respecto se dieron, por todas las riberas del Mediterráneo, sobre las excelencias de la carne del toro, cuyas cualidades terapéuticas o genésicas conformaron un crisol de creencias o supersticiones.
Lo extenso del contenido, y el procurar que los artículos no sean excesivamente largos, evitando con ello el cansancio del lector, me obligó a dividir el tema, dejando para esta segunda parte lo referente al consumo comunal de la carne del toro en nuestra Península, cuyas costumbres se encuadran en los ritos conocidos como “Caridades” y circunscritos a celebraciones religiosas, aunque algunos ejemplos ya se han adelantado.                                                 

En los pueblos hispanos se emplearon largos asadores metálicos y grandes calderos para realizar los banquetes comunales. Algunos de estos recipientes solían tener una leyenda grabada de diverso contenido, y de variopintas significaciones, de posibles influencias indo-europea.
En España en general la carne, del toro sacrificado, era costumbre consumirla en un banquete ritual y con parecida liturgia a la empleada por los diversos pueblos del Mediterráneo. Estas comidas, en principio, estaban destinadas a los pobres del lugar, lo que se conocía como “Caridades”, aunque posteriormente se extendieron a todos los asistentes al ceremonial.
El Diccionario de Autoridades, de 1.726, dice al respecto que “ por Caridades vale también el refresco de pan, vino y queso que, en los lugares, se da a los pobres en las solemnidades de algunos santos por la cofradía que celebra la fiesta”.(1)
Los gastos que ocasionaban este tipo de actos estaban exentos de cualquier clase de gravámenes, tributos o arbitrios, como estipulaba la ley de la “Nueva Recopilación”, que expresamente establecía: ”Mandamos que los Comisarios de la Cruzada, o Composición, ni lleven, ni cobren cosa alguna de lo que algunos lugares o cofradías gastaban de sus bolsas en correr toros, o dar caridades, según que lo tienen de voto y de costumbre y mandamos que sobre ello se dan las provisiones necesarias, para que así se guarde y cumpla”. (libro I, título X, Ley IV, 1.850)(1)
A este respecto encontramos la descripción de un caso interesante de votos y “caridades” que se conserva entre los manuscritos del monasterio de Silos y por el que se obligó el concejo de Roa por una pestilencia de que Dios les había librado: “A 4 de Enero del año del nacimiento 1.374, facemos et prometemos voto a Dios… de dar e pagar en cada anno para siempre jamás mil i quinientos maravedís desta moneda usual, que facen diez dineros el maravedí. E que paguen… todos cavalleros, escuderos dueñas e doncellas, fijosdalgo, legos, clérigos, indios i moros desta dicha villa. E que destos dichos mil i quinientos maravedís sean comprados quatro toros y que sean corridos y dados por amor de Dios, los dos toros el día de Corpore Cristi. E que dichos toros fagamos dar cocidos a los envergoñados i pobres… con pan i vino…” (2)    

Caldero ritual Hittita, siglo VIII a.C.

 Parece ser que estos votos estuvieron vigentes incluso durante todo el siglo XVI y la mayor parte del siglo XVII, a pesar de la oposición de los moralistas mas recalcitrantes. Mas a pesar de ello, las gentes del pueblo pensaban que haciendo un voto de esta categoría, se podía incluso aplacar a la Divinidad.
Muchos fueron los pronunciamientos contrarios a estas prácticas de las autoridades religiosas y que a modo de ejemplo vale lo que ocurrió en el Concilio provincial de Toledo de 1.565, donde en la sesión III “Reformas”, celebrada el 25 de marzo de 1.566, se dispuso, en el capítulo XXVI, que “los votos hechos para “correr toros” no se cumplan, porque esto no pertenece a causa de Religión, aunque fuere con consentimiento y juramento de todo el pueblo”. Se dispuso también, entonces, que no se hicieran votos semejantes. (3)

Otra muestra más de “Caridades” son las que se celebraban en Talavera de la Reina (Toledo), conocidas como “Las Mondas” o “Fiesta de los Toros”, realizadas por cofradías o asociaciones de mozos desde tiempos inmemoriales, al decir del Padre Mariana (1536-1624 y como nota curiosa, cuando bautizaron a este jesuíta, se hizo constar en el libro de bautismo “no se sabe quién es su padre ni su madre”): ”…civium societas ante anos trecentos constituta est,…” es decir “constituidas por sociedades de ciudadanos hace trescientos años..”. Hay bastantes controversias sobre la procedencia de estas fiestas, sin que falten los que las atribuyen a costumbres romanas, e incluso los que afirman, al decir de D. Luis Zapata, que estas fiestas se celebraban en “un templillo pequeño, dedicado a la diosa Pallas, fabulosa deidad de castidad…” sobre cuyo templo se edificó la ermita a la Virgen del Prado, y que “allí le sacrificaban toros a Pallas; acá á honra de Nuestra Señora,…le corren en tres días veinte y dos toros cada año, que escogen y encierran en la Santa ermita… y en un día, de los de la fiesta, porque todo está fundado en devoción y caridad, se dan de comer allí a dos mil pobres, una diversión grande de toros, dos cuartillos de vino, dos libras de pan.”. Otros argumentan que estas fiestas aparecieron a finales del siglo XV y se estructuraron en los primeros años del siglo XVI. Como quiera que fuese, lo cierto es que en los quince días que duraban las celebraciones, desde el mismo domingo de Pascuas, se corrían veintidós toros que escogía y aportaba el Ayuntamiento, los cuales se encerraban en un patio de la ermita.(4)

Ermita de Nª Sª del Prado, Talavera de la Reina

Otro ejemplo de esas “Caridades” son las fiestas de “Calderas” de Soria, que se celebran el domingo siguiente a la festividad de San Juan, el 24 de junio, en una ermita que algunos historiadores aseguran era de los tiempos de Recaredo I (586-601 d.C.) y que estaba dedicada a Nuestra Señora del Mercado o de la Blanca. Julio Caro Baroja, en el “Estío Festivo”, nos dice que: “La organización estaba a cargo de las “cuadrillas del Común”, cada una de las cuales tenía que llevar allí un toro de la dehesa de Valonsadero. Este toro se corría, ensogado, durante todo el viernes y algo durante la madrugada de la víspera del sábado en que se mataba. Los despojos se subastaban luego. Pero con gran parte de la carne y otras viandas se preparaban grandes calderas con carne cocida”. El domingo por la mañana salían las cuadrillas, con su santo titular, delante de las cuales iba un mozo portando un “ramo” con rosquillas azafranadas para la ofrenda y: “Después se celebraba la misa mayor con sermón. Acabada ésta, se esperaba un topque de campanas y cuando se oía todos los concurrentes se dirigían a la dehesa de San Andrés. Allí cuatro jóvenes, auxiliares del mayordomo de cada cuadrilla, estaban a cargo de las calderas con la carne de toro cocida con sus aderezos y eran los encargados de “dar la caridad”, con la correspondiente ración de pan y vino, tanto a los vecinos como los forasteros y, sobre todo, a los pobres”.(5)      

Desfile de cuadrillas en Soria

Dicen que hacia 1.893 el Obispo de Osma-Soria, con el respaldo de las autoridades civiles, intentó prohibir estas fiestas sin resultado alguno, a lo que el pueblo respondió con una coplilla amenazante, que decía:

Podrá faltarnos el pan

y podrá secarse el Duero,

pero arde Soria primero

si no hay fiestas de San Juan

La celebración de una corrida, con banquete ritual incluido, era una práctica muy común en muchos puntos de nuestra geografía, así ocurría en Caslasparra, Murcia, donde se celebraron hasta la década de 1.950.

Pascual Madoz (1806-1870), en su “Diccionario geográfico-estadístico de España…”(1845) dice que eran unas fiestas que:”...se verifica otra a San Abdón y San Senén en el último domingo de agosto: para dar principio a esta fiesta ha de correrse un toro la tarde del día anterior (conocido como Sábado de Calderas), el cual guisan en una famosa caldera que al efecto tienen preparada, en la que colocan, además de dicha res, gran porción de jamón, garbanzos, berenjenas y calabazas: esta operación se practica en el sitio más público de la villa, y dura desde vísperas hasta el alba del siguiente día, en cuya hora los mayordomos y Ayuntamiento, nombrados aquellos por éste y el clero, con la música que está preparada, pasa con la porción de pan que con anticipación tienen dispuesto, á distribuir á losm pobres las raciones á que alcanza la comida, que nunca hay la suficiente para todos, por ser copiosísimo el número de estos que de todas partes concurren“.(6)

 La festividad de San Roque, el 16 de agosto, es tradicionalmente una fecha señalada en la que se celebraban y celebran, con gran profusión, estas fiestas, con reparto de las consabidas caridades.
Ejemplos hay en abundancia, como el que se celebra en el pueblo jiennense de Siles, donde se corren varios toros durante las fiestas de San Roque, su patrón, y el último día se realiza un banquete comunal con la carne de un toro, previamente cocida en un gran caldero, grabado con una peculiar leyenda, en las inmediaciones de la ermita del santo.
En otro lugar, casi diametralmente opuesto geográficamente, en el pueblo zamorano de Castrogonzalo “En el día de San Roque, que celebran con misa, sermón y novillos, es costumbre que el Ayuntamiento reparta entre los vecinos, cura de la parroquia de Santo Tomás, que es en la que se verifica la función, y predicador, una arroba de barbos, otra de truchas y otra de carne de vaca por iguales partes; por la tarde se corren los novillos y por la noche suele haber algún banquete para los elegantes” (7) 

Caldero de San Roque

    Este mismo autor nos relata varias fiestas celebradas en España, que las toma de la “Guía de fiestas populares de España, 1.982”, de Mª Angeles Sánchez, como las celebradas en Guadalaviar (Teruel), donde la fiesta de Santiago se celebra con una comida de hermandad a base de carne de uno de los novillos de la corrida, y en Bujalaroz (Zaragoza), durante la fiesta en honor de San Agustín, el 28 de agosto, se reparte la carne de los novillos lidiados.
En Jerez del Marquesado (Granada), en las fiestas de la Virgen de septiembre, que duran del 8 al 12, el último día se reparte la carne de los toros lidiados el día anterior. Por eso a uno se le llama “día de toros” y al otro “día de la carne”.
También se celebran iguales fiestas en “Orihuela del Tremedal (Teruel), pero guisada “a la pastora”. En la misma provincia, en Vellel, la “comida del toro” se lleva a cabo, siempre, en las fiestas mayores de la Fuensanta y Santa Otilia, del 8 al 10 de septiembre.

Imagen de San Roque

En otro pueblo turolense, Olite, celebra sus fiestas de la Exaltación de la Santa Cruz y la Virgen del Cantal, entre el 13 y el 16 de septiembre, terminando con la “comida de la vaca”, en que todo el vecindario come la carne de la vaquilla toreada, y en Herencia (Ciudad Real), también durante las fiestas de la Merced, el 24 de septiembre, se come la carne de las vaquillas, con vino de la tierra. (7)

Igual tipo de celebraciones, según cita Mª Angeles Sánchez, e igual forma de condimentar la carne del toro, guisado a “la pastora”, ocurre en el pueblo turolense de Santa Eulalia del Campo, en el domingo más cercano al día 22 de agosto, durante las fiestas patronales de la Virgen del Molino, donde el pueblo se reúne en una comida comunal.    

Toro enmaromado de Benavente, Zamora

  También en Benavente (Zamora) se celebra, el día de Corpus Cristi, la fiesta del “Toro Enmaromado”, corriéndose un toro de esa suerte por las calles del pueblo. La nota curiosa de esta fiesta es el grupo de muchachas, jóvenes doncellas, que corren detrás del toro y están presentes en el momento del sacrificio. Cuando han dado muerte al toro, las muchachas, llamadas “cazadoras del Toro”, manchan sus zapatillas en la sangre de la víctima, como rememoranza de las ofrendas sanguíneas que exigía Diana a sus sacerdotes y Nereidas. Sacrificado y descuartizado el Toro, la carne se reparte entre las y los jóvenes benaventanos.
En el Bolao (Madrid), por San Fermín, hay encierros, novilladas y “Comida de la vaquilla”.
En Covaleda (Soria), durante las fiestas de San Lorenzo, el día 12 de Agosto, se celebra una tradicional “Caldereta” condimentada con la carne de los novillos, que se reparte el día 13 entre la población y en especial entre los pobres.
En La Puebla de Híjar (Teruel), en las fiestas patronales de la Ntra. Señora de la Asunción y San Roque, el 15 y 16 de agosto, en la plaza del pueblo se corren los toros de fuegos artificiales y por las peñas se celebra y comparte el “guiso y rancho de la vaca”.

El toro de Saca, Soria

En Rascafría (Madrid), el último día de las fiestas patronales de la Virgen de Gracia y San Roque, que suelen prolongarse del 14 al 17, se hace una caldereta con la carne de los toros lidiados, comiéndose comunitariamente en la plaza del pueblo.
En Salas de los Infantes (Burgos), en las fiestas patronales de Nuestra Señora y San Roque, del 14 al 17 de agosto, hay degustación de zurracapote (sangría), toro de fuego en la plaza Mayor y el día 17 las peñas se trasladan en desfile hasta la chopera de la Peña Rota, para comer el tradicional “guiso de carne de novillo con patatas”, con degustación de chorizos y una gran sardinada.                                           
En Hoyos de Manzanares (Madrid), el día 8 de septiembre, en las fiestas de la Virgen de la Encina, se celebran encierros y la “Vaquilla de caldo caliente”, en sustitución de la vaquilla del aguardiente, por la prohibición de consumir alcohol en las fiestas, y los peñistas reparten consomé en las gradas. Durante la fiesta hay un “día de la caldereta”, elaborada a base de carne de toro, que se reparte a más de cinco mil personas.
En Saldaña (Palencia), durante las fiestas en honor de la Virgen del Valle, el 8 de septiembre, y que duran cinco días, el último día se lleva a cabo el “banquete del novillo” en la plaza Vieja.
También en Ayerbe (Huesca) el día 9 de septiembre, durante las fiestas en honor de Santa Leticia, hay Toros de fuego y Calderetas de la carne de este animal.
En Altura (Castellón) en las Fiestas patronales, el 29 de septiembre, día de San Miguel y la Virgen de Gracia, hay Toros embolados y bendición y reparto de las tradicionales “calderas” con la carne de los toros, que costea la cofradía de la Virgen. (8)
Conocidas son también las innumerables corridas de toros que se dieron para beneficio de los Hospitales de diversas ciudades, durante los siglos XVIII y XIX, cuyas Instituciones se beneficiaban de la venta o consumo de la carne de los toros lidiados. La celebración de esas corridas benéficas y el destino de sus beneficios era, en parte, un subterfugio utilizado para burlar las prohibiciones a las corridas promulgadas por los Borbones, cuyo destino benéfico era tan variado como la propia picaresca española.
A modo de ejemplo, ya que la relación sería interminable, vean el destino que se le dio a los beneficios obtenidos en algunas corridas que se dieron en Murcia: “el día 7 de julio de 1.752, viernes, se celebraron cuatro corridas de toros en el sitio y plaza que media entre el derrame del puente de piedra y Alameda del Carmen, con el fin de aplicar sus productos a reparar en lo que fuere posible el daño que tiene el edificio del Malecón, única defensa de esta población contra las inundaciones del Segura”.
Al año siguiente, el lunes 17 de septiembre, “Al igual que el 18 y 19, se celebraron corridas de toros en la plaza de San Agustín, y en el mes de diciembre hubo otra corrida, y ambas fueron limosna para la obra de la Iglesia de San Antolín”. (9)

Sacrificio del Toro

Para estos menesteres se celebraron infinidad de corridas, e incluso, para mejor burlar las prohibiciones a las corridas de toros, se organizaban novilladas, ya que en las pragmáticas condenatorias no se hacía mención alguna a correr novillo, y las prohibiciones solo alcanzaban a corridas de toros.
El tantas veces mencionado Julio Caro Baroja nos aporta un caso en la capital del reino: “En 1785, los Padres Agonizantes de Madrid pidieron licencia para tener unas corridas de toros en la plaza que había en la Puerta de Alcalá, con objeto de reconstruir el convento de la calle de Fuencarral con su producto. El gobernador del Consejo pidió informe, y de arreglo con éste se le dio permiso para correr novillos”.(10)
Ya para terminar, vean el gesto del Sr. Cúchares en una corrida que organizó el 9 de septiembre de 1.851, en Murcia, en la antigua plaza de San Agustín, en cuyo cartel anunciador se hace constar, mediante nota marginal al pié del mismo, que “los toros muertos serán regalados por Cúchares para las casas de Beneficencia”.
Como pregona el dicho popular “el toreo es grandeza”.
Espero que esta larga relación les haya servido de entretenimiento y conocencia de las variadas costumbres populares y del tratamiento que desde antaño se le ha dado a la carne del toro.

                          Plácido González Hermoso.

BIBLIOGRAFIA
1.- Julio Caro Baroja “El Estío Festivo”, pag. 218
2.- J.Pereda.-”Los toros ante la iglesia y la moral”
3.- Julio C.B. “El Estío Festivo”, pag. 245
4.-Julio C.B.“Ritos y Mitos equívocos”pag.33
5.- Julio C.B. El Estío Festivo, pag. 222
6.-Julio C.B. “Ritos y Mitos equívocos” pag.75
7.- Julio C.B. El Estío Festivo, pag. 220
8.- Angeles Sánchez “Guía de fiestas populares de España, 1.982”
9.- Juan Torres Fontes “Efemérides murcianas, 1750-1800”
10.- Julio C.B. El Estío Festivo, pag. 224

LA CARNE DEL TORO – 1

    Desde la antigüedad, las excelencias atribuidas a la carne del toro, en muchas épocas pregonadas como luego veremos, eran tan variadas como las propias creencias que las sustentaban. Unas consideraban transmisible las propiedades del animal y por tanto las condiciones de fuerza, de potencia o de virilidad podían ser adquiridas por la persona que comiese la carne de este animal. Otras creencias, sobre la transmisión de la potencialidad del toro en el caso que nos ocupa, llegaban incluso a asignarle aspectos apotropáicos (propiedad de desviar las influencias maléficas), encuadrados en los sacrificios encaminados a aplacar la ira de los dioses.
En realidad los ritos de sacrificio tenían por finalidad la consagración de una persona, animal o cosa a la divinidad y desempeñaron el papel principal del culto. La ingestión de la carne del toro sacrificado suponía un ágape compartido con los dioses.
En Persia, la ingestión de las partes del toro, por las propiedades benéficas que podía transmitir, las encontramos registrada desde épocas muy antiguas, a tenor de una cita de Zoroastro censurando al dios Yima “por ser el primero que se aficionó a comer las partes del toro”. Este profeta y reformador de la religión aria, había declarado proscritos los sacrificios de toros, debido a la animadversión hacia los cultos al dios Mitra.

     Parecida costumbre la encontramos, corriendo el tiempo, en nuestro rey Fernando el Católico, quien siguiendo la tradición de que la potencialidad sexual del toro era transmisible y deseoso de tener un hijo con su segunda esposa, Germana de Foix, se hacía servir frecuentemente de platos cocinados con testículos de toro en la creencia de aumentar su virilidad. Una leyenda aseguraba que murió, cuando se dirigía a Guadalupe (Murió el 23 de Enero de 1516 en Madrigalejo (Cáceres), cuando iba a asistir al capítulo de las órdenes de Calatrava y Alcántara en el Monasterio de Guadalupe), por darse un atracón de criadillas de toro, aunque otra afirmaba que fue de una indigestión al beber la sangre del tauro.
Más recientemente nos topamos con un negro personaje, de triste recuerdo para la humanidad, utilizando otra receta, aunque con distinto fin, como dice David Irving en “La Guerra de Hitler”, “…padecía Hitler periodos de negra depresión que el Doctor Morell procuraba combatir con inyecciones de hormonas de Prostakrinum (extracto de próstata y vesículas seminales de toros jóvenes), que le suministraba en días alternos”.(3)

Apertura de la boca del difunto

    La utilización de los atributos y la carne del toro tuvieron también otras significaciones. Los egipcios utilizaban las partes del toro en los rituales funerarios para realizar el ritual de “La apertura de la boca de los difuntos”, citado en el “Libro de los Muertos”, “introduciendo en la boca del cadáver la azuela, el instrumento de Anubis o bien los testículos de un toro sacrificado, en la creencia de que le restituía el uso de la lengua y el poder creador que posee la palabra en la otra vida”. Después de descuartizar la víctima ofrecida al difunto por sus parientes y amigos, se depositaba ante la momia “el muslo y el corazón del animal sacrificado donde se ocultaba el alma del difunto”. (1)

Annubis preparando el cuerpo del difunto

Los aspectos benéficos y prodigiosos que poseía la carne de los toros, estaban bastante arraigados entre los habitantes del Nilo, que empleaban la carne y la grasa de buey como primer remedio para ciertas heridas, según se relata en el papiro de Ebers.

     El hecho curioso de que no se encontrasen sepulturas de toros Apis durante los períodos más antiguos, cuando las pruebas textuales del culto a Apis viviente son muy antiguas, planteaba ciertas interrogantes. Se ha llegado a suponer que no habían podido existir materialmente, porque el rey se habría comido al toro para apropiarse de sus fuerzas. Al parecer en las primeras dinastías se practicaba la teofagia ritual. Esta hipótesis se basaba en un texto conservado en las paredes de las pirámides y conocido con el nombre de “Himno al rey caníbal”.   

Pirámide de Unas, 2342-2322 a.C.

     Según afirma la Doctora Vázquez Hoys (20), “este pasaje, conocido como el “Himno caníbal”, se encuentra grabado en las dos primeras pirámides que incluyen textos: la de Unas (o Unis, 2342-2322 a.C., V dinastía) y la de Teti (2322-2291 a.C. VI dinastía). Constituye uno de los pasajes posiblemente más antiguos de los Textos de las Pirámides y en el se describe el canibalismo de Unas con los dioses: “Unas es el Toro del Cielo, que conquista su voluntad;  

 que vive de la existencia de cada dios,

que come sus entrañas,   

cuando viene con sus cuerpos llenos de magia desde la Isla del Fuego”  

 Este texto describe al faraón apoderándose del poder de los dioses al comer ciertas partes de sus cuerpos.(2)

Pirámide del faraón Teti I, 2322-2291 a.C.

 Otro aspecto sobre la creencia en la transmisión de los poderes genésicos del toro lo encontramos en el pueblo cacereño de Coria, donde tienen la costumbre de correr por las calles de la ciudad “el toro de San Juan”, en tan señalada fecha, donde tuve el gozo y la zozobra de participar cuando era joven. Durante su celebración los mozos clavan al toro infinidad de dardos o flechillas, llamadas soplillos, que son adornados por las novias y tras ser asaeteado y agotado le dan muerte. Muerto el toro se produce una verdadera competencia entre los mozos por arrancar el escroto del toro, como trofeo y fetiche de trasunto sexual.              

El toro de Coria, Cáceres

   El que lo consigue se dirige a casa de la novia para mostrárselo, en la creencia de que, en dicho acto, se asegura la fertilidad de la pareja. Este ritual, encuadrado en la antigua tradición extremeña de “el toro nupcial”, se practicaba ya en tiempos y con los privilegios concedidos por Alfonso VII (1105-1157) y se halla registrado, “el toro nupcial“, en un grabado de las Cantigas de Santa María, de Alfonso X El Sabio.(5)
En otras regiones españolas estaba, también, bastante arraigada la costumbre de considerar que la carne de los toros muertos, con motivo de fiestas de santos, poseían propiedades especiales y actuaban como medicina para enfermedades.
Sobre el aspecto apotropaico de la carne del toro, nos relata el abulense Padre Pedro de Guzmán S.J. en su obra “Bienes del honesto trabajo y daños de ociosidad” de 1.614: “Pues ¿qué diré de lo que el vulgo tiene tan recibido, persuadido que las carnes del toro muerto en esta fiestas de Santos, guardadas como reliquias son contra calenturas y otras enfermedades y para remedio de los nublados?”.
Otras veces se celebraban las festividades de santos con ritos y ceremonias, empleando un toro en evitación de plagas o calamidades, como ocurría con el dedicado a San Urbano, corriéndose un toro en su festividad, el 31 de octubre, para proteger las viñas de las heladas.(6)

Hiendelaencina, Guadalajara

 Un caso curioso, encuadrado entre los ritos llamados “Caridades”, que se sigue celebrando en la actualidad, con igual intensidad desde el siglo XVI, es el que realizan en Hiendelaencina (Guadalajara), el día 28 de agosto, con motivo de las fiestas de San Agustín, donde una vaca ensogada es corrida por los mozos y llevada, al final del divertimento, a la plaza del pueblo, donde es atada a una columna del Ayuntamiento y apuntillada por el alcalde.

     Una vez descuartizada la vaca se cocina con su carne la famosa “Sopa de San Agustín”, que luego se reparte en el atrio de la iglesia donde, tras ser bendecida y probada por el cura párroco, todos los asistentes, pobres, vecinos o visitantes, la degustan con cierto fervor, en la creencia que la ingestión de la “sopa del santo” es buena como remedio contra ciertas enfermedades.

     Al finalizar el banquete comunal, el alcalde y el cura párroco se asoman al balcón del ayuntamiento y arrojan a la multitud los huesos de la vaca que “los vecinos se disputan como si se tratase de una reliquia sagrada, que luego guardan con veneración en sus casas, y a los que se les atribuyen auténticos milagros”.(7)

El filósofo Platón

    Tendrá este ritual algún nexo o reminiscencia con el que realizaban los reyes de la Atlántida, que el filosofo Platón (quien por cierto era un gran comedor de higos), en su obra “El Kritías”, nos describe la forma que tenían los reyes de la Atlántida para abatir al toro, cuando lo inmolaban a Poseidón:

   “…cuando debían tratar de cuestiones jurídicas se daban pruebas de fidelidad en la siguiente forma: Soltaban los toros en el recinto consagrado a Poseidón (el Heraklion)… después de suplicar al dios que les permitiese capturar la victima que le pareciera más grata, sin armas de hierro, le daban caza con garrotes y lazos. Arrimaban a la columna el toro apresado y lo ejecutaban en su cima como estaba prescrito…”
Sobre esta y otras festividades, valga el comentario que al respecto hace el erudito y anti-taurino Vargas Ponce: “Se estremece la humanidad al contemplar las reses que robaron a la labor las simultaneas canonizaciones de san Ignacio y san Javier, san Isidro y santa Teresa. Treinta corridas en lugares donde había conventos ensalzaron la gloria de esta reformadora de las costumbres y en ella perecieron más de doscientos toros”.(6)
El alto precio de la carne hizo que su consumo fuese prerrogativa solo de las divinidades y de las clases más acomodadas. Animales cebados para uso profano o religioso son mencionados en diversos pasajes de la Biblia o en el Libro de los Muertos y reservados como víctimas de mayor valor cultual en los sacrificios.
Escudriñando el texto bíblico, encontramos, con profusión descriptiva, las condiciones que debían reunir los animales para que los sacrificios ofrecidos a Yahveh fuesen válidos: “…Cuando uno ofrezca a Yahveh ganado mayor…la víctima, para ser aceptable, ha de ser perfecta, sin defecto. Un animal ciego, cojo o mutilado, ulcerado, sarnoso o tiñoso no se lo ofreceréis a Yahveh …No ofrecerás a Yahveh un animal que tenga los testículos aplastados, hundidos, cortados o arrancados...”.(8)

Descuartizando al toro

   Los sacerdotes tenían ciertos privilegios sobre el reparto de la carne de las víctimas inmoladas: “Estos serán derechos de los sacerdotes sobre aquellos que ofrezcan en sacrificio un buey o una oveja; se dará al sacerdote la pierna, las quijadas y el cuajar”.(9)
El cuajar es el fermento existente en las mucosas del estómago de los animales rumiantes y sirve para separar la caseína de la leche (el 80% de las proteínas) de la parte líquida o suero, imprescindible para la elaboración de quesos y cuajadas. Ha de entenderse siempre que, el uso del término buey era un término genérico y no se refiere al animal castrado como lo entendemos en la actualidad, si no al toro o novillo íntegro y sin defectos.
Es curioso comprobar cómo al autor bíblico le interesa dejar bien matizado que el privilegio de los sacerdotes, en el reparto de la carne, es a la pierna derecha y nunca se refiere a la pierna izquierda: “Daréis también al sacerdote, como ofrenda reservada, la pierna derecha de vuestros sacrificios de comunión”.(10)
En ciertas circunstancias se prohibía el consumo de la carne del toro, si éste ataca a alguna persona, y le causa la muerte: “Si un Buey acornea a un hombre o a una mujer, y le causa la muerte, el Buey será apedreado, y no se comerá su carne…”, dice la ley mosaica.(11)
Una redacción parecida, sobre un buey que acornea, ya se recogía con anterioridad en el Código de Hammurabi (1728-1686 a. C.), donde se puede descubrir que la operación de proteger las astas de los toros, que parece una invención moderna de los ganaderos españoles, es algo bastante antiguo: “Artículo 251: Si el buey de un señor es bravo y el consejo de su distrito le informa de que es bravo, pero él no ha cubierto sus astas ni ha vigilado de cerca su buey y el buey acorneó al hijo de un señor y le ha matado, dará media mina de plata”. (1 mina= 600 gr.)

El rey Salomón en el monasterio de el Escorial

    Para terminar, anotar que la forma de comer carne de los sacrificios era asada al fuego o cocida en calderos de cobre que poseían para estos menesteres. Aunque supongo que no habría recipientes suficientes para realizar uno de los mayores ritos de comunión de que se tiene conocimiento, como fue el realizado por Salomón al consagrar el Templo de Jerusalén: “…inmoló veintidós mil bueyes y ciento veinte mil ovejas en sacrificios eucarísticos… comiendo y bebiendo y regocijándose el pueblo durante siete días”. Esa sí fue una verdadera fiesta.(12)

      Los egipcios representaron en sus tumbas el proceso de la muerte y descuartizamiento de las reses. Las patas eran las partes del toro más exquisitas para ellos. A este respecto Heródoto nos describe, con todo lujo de detalles, un ritual egipcio en el que solo se sacrificaban bueyes y becerros puros y de parecido ritual a lo ya relatado, con la variante de que la víctima era elegida por los sacerdotes quienes derramaban libaciones de vino y esencias sobre la víctima y, tras ser degollada, se reservaban para el banquete comunal:

Caza del toro en Saqqara, Egipto


     “Cuando han despellejado al buey, rezan y extraen todos los intestinos, pero dejan en el cuerpo las vísceras principales y la grasa; cortan las patas, las nalgas, los hombros y el cuello. Y hecho esto llenan lo que queda del cuerpo del buey de panes de harina pura, miel, uvas pasas, higos, incienso, mirra y otros aromas; y así rellenado, lo queman vertiendo encima abundante aceite. Hacen el sacrificio en ayunas y, mientras arden las víctimas, todos se dan golpes de pecho; pero cuando terminan de golpearse, se sirven en un banquete las partes que se reservaron de las víctimas”, quemando los restos de la victima ofrendada. (13)                               

El descuartizamiento del toro

      El mismo Heródoto nos informa también de los ritos sacrifícales de los persas, en los que se utilizaban victimas de toro preferentemente: “Y una vez que, tras haber descuartizado la víctima, ha hecho hervir la carne, esparcen en el suelo la hierba más tierna que le sea posible, generalmente trébol, y sobre ella coloca todos los trozos de carne. Y cuando los ha dispuesto, un mago, de pie a su lado, entona una teogonía, que es como ellos llaman a este canto; pues sin la presencia de un mago no les es lícito hacer sacrificios. Y tras un breve momento de espera, el sacrificante se lleva las carnes y hace de ellas lo que su buen sentido le dicte”. (14)

El historiador Heródoto

   El citado autor griego nos relata también otro sacrificio realizado por los escitas. (El escita fue un antiguo pueblo y cultura indoeuropea de las estepas del norte del mar Caspio) en los siguientes términos, “Todos los escitas tienen establecido el mismo rito sacrificial. La víctima está de pié, con las patas delanteras atadas, mientras que el celebrante, situado tras el animal, tira bruscamente del cabo de la cuerda, derribándolo e invocando a la divinidad a la que ofrece el sacrificio. A continuación le rodea el cuello con un dogal, introduce en él un palo, al que le va dando vueltas y la estrangula. Una vez estrangulada y desollada la víctima, se aprestan a cocerla y consumirla”. (15)

Mapa de Escitia

Para los griegos, las partes más importantes de la carne del animal era el lomo el de mayor preferencia y era la pieza reservada a los huéspedes. Homero nos relata, en la Odisea, el recibimiento de Menelao a Telémaco “…les presentó con sus manos un pingüe lomo de buey asado, que para honrarle le habían servido”.(16)
Uno de los rituales de sacrificio y banquete comunal del toro, es el realizado en la ciudad de Magnesia (Tesalia), en honor de Zeus Sesípolis para obtener un año fructífero en las cosechas: “En el mes de heraión, la ciudad compraba el mejor toro del, mercado para dedicarlo a Zeus durante el mes de cronión (julio). En esa fecha, con gran solemnidad, la res era conducida al templo en una procesión encabezada por el sacerdote y la sacerdotisa de Artemis Leucofrine, principal deidad de la ciudad. Les seguía el sacrificador y dos grupos de jóvenes y vírgenes cuyos padres aún vivieses. El sacrificador rezaba una oración por la ciudad y por los habitantes, por la paz y por la fertilidad de cosechas y ganados. El animal elegido debía dar una señal de su consentimiento como víctima (arrodillarse, doblar la cabeza, etc.). Una vez lo hacía, se le mantenía apartado hasta el momento de su sacrificio, el 12 de artemisión (en torno al 6 de abril). Ese día se formaba otra comitiva parecida a la anterior. Se añadían miembros del senado, funcionarios y atletas victoriosos. Las imágenes de los doce dioses olímpicos, ataviados con sus mejores galas, debían estar presentes como invitados. El sacrificio se efectuaba ante el altar de Zeus Sosípolis. La carne era repartida y consumida por los participantes”. (17)

Un sacrificio ateniense

     También en las famosas fiestas de las “Bufonías”, fiestas atenienses en honor de Zeus, la carne del toro o toros inmolados, debía ser cocinada antes de ser consumida en un banquete ritual. . Lo mismo ocurría en las famosas fiestas de las panatenienses, que era el festival estatal de Atenas, con procesiones, juegos y premios y la realización de un sacrificio de animales de los que se repartía carne.
En Grecia se celebra en la actualidad un holocausto ritual, de comunión general, donde participan todos los asistentes. Se celebra en el pueblo de Mandamados, en la isla de Lesbos, en el mar Egeo.

Sacrificio etrusco

La fiesta consiste en la conducción de un buey, totalmente blanco, por las calles del pueblo hasta la iglesia. El toro es introducido en el interior para ser sacrificado de un tajo de machete en el pescuezo. Separada la piel del animal, se descuartiza. Los pedazos de carne se depositan en dieciséis calderos, donde son cocinados durante toda la noche, mientras la muchedumbre se entretiene en cantos y bailes. En la mañana del domingo, una vez han sido bendecidos los calderos, se reparten las pequeñas porciones de carne entre los numerosos asistentes”. Como curiosidad anotar que cuando conquistaron esta isla griega, se inmoló un Toro a Poseidón arrojándolo desde lo alto de los acantilados. (7)

Un sacrificio cretense en Hagia Triada

    En Creta, en los festejos en que los jóvenes saltaban sobre un toro, que se celebraban con ocasión de festividades religiosas, la muerte del toro no se producía en público sino al finalizar el festejo y su carne era repartida entre los asistentes.
En Francia eran famosas las procesiones del “Buey Gordo”, que se celebraba en París en el Carnaval, pero el más conocido era el “Buey del Corpus” de Marsella, en que se conducía un toro por las calles de la ciudad, ricamente engalanado con cintas y guirnaldas. En el recorrido del toro por la ciudad, las mujeres se le acercaban y hacían que los niños besaran al toro. Al día siguiente el toro era sacrificado y cuenta un autor del s.XVII, citado por Baroja, que este ritual era ya conocido en el s.XIV y que: “personas poco instruidas se apresuraron a obtener carne de este buey, que una persona mató al día siguiente a la fiesta del Dios”.(18)

Caldero celta de Gundestrup

Los Celtas usaban también grandes calderos al que le asignaban propiedades mágicas, como se relata en el mito de la “Rama de Los Mabinogi” donde se da la relación de regalos en los esponsales de Branwen, de los cuales el más valioso es un caldero mágico, hecho en Irlanda, que devolvía la vida a los guerreros muertos y se le conocía como “el caldero de la resurrección”.

     Los mitos del toro son de gran importancia en la primitiva literatura irlandesa. El Tarbhfhess, era un rito adivinatorio que suponía el sacrificio de un toro y estaba presidido por los druidas. “La carne y el caldo de un toro eran consumidos por un hombre que, posteriormente, dormía y soñaba con el legítimo rey que había de ser elegido”.(19)

                                                                                            PLACIDO GONZALEZ
BIBLIOGRAFIA
(1) –Albert Champdor.-“El libro egipcio de los Muertos”
(2) –Angel Alvarez de Miranda.-”Ritos y juegos del Toro”.
(3) –Urbano Esteban Pellón.- “El toro solar”
(4) –Fernando Sánchez Dragó, “Volapié, Toros y Tauromagia”
(5) –Fco. Flores Arroyuelo,“Del toro en la antigüedad”; y Juan Posada, en Atenea Semanal.
(6) –Luis del Campo.- “La iglesia y los toros”
(7) –Francisco Flores Arroyuelo, “Correr los toros en España”
(8) –Lev. 22, 21-25,
(9) –Deut.18, 3-4.
(10) -Lev.7, 32-33).
(11) -Ex.21, 28-29.
(12) -I Reyes, 8, 62-66.
(13) -Heródoto.- Historias, vol. II,40
(14) –Heródoto.- Historias, vol. I, 132
(15) –Heródoto.- Historias, vol. IV, 60)
(16) –La Odisea, rapsodia IV .-
(17) -Cristina Delgado Linacero.-“El toro en el Mediterráneo” pag. 292
(18) -Julio Caro Baroja, “Ritos y mitos equívocos”
(19) -Miranda Jane Green.- “Mitos Celtas”
(20) –Ana María Vázquez Hoys.-Himno caníbal (Declaración 273 y 274)

TOROS MITOLOGICOS V – Los Dioses-Toro de la Tormenta

Impresión en arcilla de un toro. Valle del Indo

En los capítulos precedentes, sobre “Toros mitológicos”, encontramos a éste animal totémico en una simbiosis permanente con la divinidad, en cualquiera de las diferentes culturas que lo conocieron y en las que nos hemos adentrado.
En ese sincretismo asociativo del toro con la divinidad, el denominador común, en todas esas culturas, era la utilización de la simbología del toro para ensalzar y enaltecer el concepto de fuerza, poder y virilidad de los principales dioses de su panteón.
Las diversas culturas que conocieron a este animal emblemático, mostraron una inclinación especial en ensalzar la potencia genésica del toro, producto no solo de la observación de la capacidad fecundante del uro, tras vencer a sus congéneres en una lucha cruenta y apartarse un harén de hembras, sino del poder, potencia y acometida furibunda que imprimía a sus ataques y que le hicieron merecedor del temor, admiración y el culto del que gozó entre los grupos de cazadores primitivos y posteriormente, entre los pueblos agrícola y pastoriles de la antigüedad.
La ocupación social en esas dos actividades dependientes de los frutos de la tierra y del ganado -agricultores y ganaderos-, supuso la dependencia de los ciclos estacionales de la Naturaleza que marcaban, al mismo tiempo, la estabilidad económica de la sociedad. Mas esta aceptación a los avatares  naturales no estaba exenta de creencia religiosa alguna, más bien al contrario, ya que el hombre del Neolítico tenía ya bien formada la concepción de que todos los fenómenos naturales, al igual que ocurría con los animales, estaban movidos por un espíritu potente y de un poder sobrenatural fuera del alcance de las capacidades del hombre y por tanto, los efectos malignos o perniciosos podían ser modificados mediante rituales de magia simpática.
Como es lógico, para que un ritual produzca los efectos deseados, necesariamente, debe estar dirigido a la potencia que produce dichos fenómenos. Por tanto, la principal preocupación y ocupación del hombre primitivo fue la de identificar y poner nombre al causante de tales prodigios; es decir, debía ponerle nombre a ese ser superior capaz de tan portentosas potencialidades. Y a esa potencia superior la llamó Dios.
A partir de ahí no le fue difícil descifrar la ecuación genésica de la vida. Si, como acabamos de decir, la preñez de un número determinado de vacas era producto de la potencia fecundante del toro, la fertilidad de la tierra se veía potenciada tras la beneficiosa lluvia arrojada desde lo alto.
Luego la lluvia enviada desde el cielo por esa potencia superior, tras insuflarle el germen seminal, era la que fecundaba la tierra y esa fertilidad era producto de la potencia fecundante de su Dios; una deidad suprema que regía la lluvia, el relámpago y la tormenta, de ahí la terminología de “Dioses de la tormenta”, de los que nos vamos a ocupar en éste capítulo.
Ese dios regidor y dispensador de la lluvia portadora de vida, que mitigaba los periodos de estiaje de la tierra era, a la vez que fecundador, un dios violento y arbitrario, identificado en todas las sociedades con un toro salvaje. Ningún otro animal podía simbolizar mejor el trueno y la tormenta con su potencia fecundadora, su fuerza bruta y su potente mugido.
Tras esta introducción, nuestro comienzo debe empezar, forzosamente, por aquellas zonas geográficas donde tiene sentido la existencia de un dios fertilizador, junto a la necesidad de una tierra fértil en la que germinasen las semillas y demás plantas herbáceas, necesarias para que una cosecha abundante y unos pastos generosos colmasen las necesidades de pueblos y ganados.
Ese comienzo no es otro que la tierra donde, nueve mil años antes de nuestra Era, se descubrió la agricultura y se domesticaron la oveja y la cabra, a la vez que surgieron los primeros pueblos organizados: los Sumerios. Precisamente, entre éstos, el término gu ó gud significa a la vez «toro» y por extensión, «fuerte» y «valeroso». Al igual que el agua era para ellos de una importancia capital y fundamental y exaltaban este concepto en un himno al “agua de vida” que decía: “Del cielo con abundancia llueve…, de la tierra con alborozo sube”.

El dios ENLIL en una impresión sobre arcilla

En el panteón sumerio, con cerca de dos mil dioses según algunos autores, los dioses de la lluvia tenían una importancia capital y, además de los propiamente nominados como dioses de la tormenta, algunos dioses de gran importancia tenían reconocida esas potencialidades. Entre ellos encontramos a ENLIL, la principal deidad sumeria, “señor del viento” y “de la atmósfera”, portador de “las tablillas del destino” de los hombre, que recibía los apelativos de “lugal.a.ma.ru”, es decir “rey de las tormentas” y los de “Toro fecundante” y “Toro potente”, con lo que indicaría que Enlil era el dios del clima. Un himno sumerio lo describe así:
Echado en el campo
como un robusto toro montañés,
sus brillantes cuernos refulgen como el sol
y resplandecen como Venus en el cielo”.
A pesar de ello, en Mesopotamia, el clima no marcaba la abundancia de las cosechas, al depender éstas del limo fertilizante que depositaban los ríos al desbordarse. Esas inundaciones, tan frecuentes en aquellas tierras cuasi pantanosas, eran el producto del carácter irascible y temible de Enlil, por lo que recibía el calificativo de “Toro furibundo” y “Toro destructor”.
En un mito primitivo se decía que la unión marital entre Enlil y su esposa Ninlil, la diosa madre sumeria o diosa vaca, era la causante de las crecidas y el consiguiente desbordamiento de los ríos Tigris y Éufrates, inundando las riberas y fertilizando los campos. También se dice, en el mito del Diluvio mesopotámico, que es Enlil quien abre las compuertas del cielo para acabar con los molestos humanos, conocidos como los “cabezas negras”, por lo que su hermano el dios Enki, “Señor del Fundamento” e invocado como “Hijo del Toro”, le recriminase severamente en otro himno sumerio:
“Oh tú, sabio entre los dioses, intrépido,
¿Cómo así, sin reflexionar, has podido traer el Diluvio sobre la tierra?
Castiga [en adelante] al pecador por su pecado,
Al ruin por su maldad.
Sube, paséate sobre estas aldeas arruinadas,
Observa estos cráneos recientes o de antaño:
¿Dónde está el hombre de bien, en dónde el ruin?”
Una homología parecida a este himno la encontramos en el mundo hebreo, en este caso no recriminando si no llamando a la reflexión a su dios y es la que le hace Abraham a Yahveh, al enterarse que iba a destruir la ciudad de Sodoma: “Entonces Abrahán se acercó y dijo (a Yahveh): ¿De modo que vas a destruir al inocente con el culpable?. Supongamos que hay en la ciudad cincuenta inocentes, ¿los destruirías en vez de perdonar al lugar en atención a los cincuenta inocentes que hay en él?. Lejos de ti hacer tal cosa! Matar al inocente con el culpable…”. (Génesis. 18, 23-26)

En la mitología, los dioses de la tormenta se representaban montados encima de un toro con los rayos en la mano, como puede observarse en la mayoría de las imágenes que acompañan este capítulo.
Aunque la teología sumeria le asigna a Enlil la capacidad de gobernar la atmósfera, tanto en el mundo sumerio como, posteriormente, en el babilónico, el verdadero dios de la tormenta, al que se le guardaba y reservaba un culto especial, era a ISHKUR (en sumerio) o Adad (en acadio), adorado aproximadamente entre el 3500 y el 1750 a.C. en toda la antigua Mesopotamia. Lo representaban montado sobre un toro con  los rayos en la mano, al tiempo que le invocaban como “Toro vigoroso” y “Toro fecundador”, ya que creían que el dios derramaba sobre la tierra su semen en forma de lluvia y por eso la lluvia fecunda la tierra.
Ishkur era un dios de doble aspecto. El terrible regía los vendavales, los truenos, los rayos y las tormentas; mientras que el benéfico lo hacía sobre las aguas fecundantes, las lluvias y el rocío, y era conocido por los Canaanitas como Hadad, o Buriash para los  Cassitas. La constelación Guanna, “el Toro Celeste“, o de Tauro, estaba dedicada a él.
En cambio, cuando las tormentas eran devastadoras lo llamaban “Toro furibundo”, y era creencia general que el ruido atronador de los truenos eran “los bramidos del dios enfurecido”. Esas potencialidades del dios se reflejan en varios pasajes de un himno sumerio dedicado a él:
“Ishkur, gran toro radiante, tu nombre alcanza el cenit del cielo…
Tu nombre acornea a la tierra una y otra vez,…
Tu mugido motiva que la gran madre, Nilil, tiemble ante ti…
Cuando desde la ciudad eleva su voz al cielo,
verdaderamente es una bramante tormenta”.
En cambio entre el mundo babilónico era el titular de la tormenta devastadora y de las inundaciones, pero no de la lluvia fertilizante, aunque en este himno babilónico se le invoca como dios benefactor:

Dios Marduk con los rayos en la mano

“Señor, que resides en la abundancia, noble Ishkur,
la fertilidad cae del cielo como lluvia,
sobre el país toda abundancia cae como lluvia.
…Él hace crecer el grano en el surco,
él ha vertido la crecida en los arroyos”.
Una vez creado el estado Babilónico por Sargón I (2334 a.C. – 2279 a.C.), la unificación del estado no se limitó únicamente a las ciudades-estados, si no que abarcó todas las áreas sociales como la justicia, el comercio, la religión y los dioses, surgiendo la figura del dios MARDUK, conocido en la Biblia con el nombre de Bel, como dios supremo y patrono de la ciudad de Babilonia, que culminó como cabeza del panteón babilónico tras la subida al trono del sexto rey de la primera dinastía babilónica, el amorreo y legislador, Hammurabi (siglo XVIII a.C.), y a Marduk se le intitulaba como “Novillo del Sol” y regía el crecimiento de los vegetales, el poder fecundante de las aguas y su mugido se asimilaba al huracán y al trueno
Los persas no poseían templos ni erigían estatuas dedicadas a sus dioses. De hecho, ninguna edificación del área persa ha sido claramente identificada hasta la fecha como los restos de un templo.
Entre los dioses primitivos, anterior al mazdeísmo según unos, encontramos al dios ZURVAN, que representaba al dios avéstico del tiempo y fue la figura central del zurvanismo posterior, al que consideraban como procreador de Ariman y Aura-Mazda u Hormud, los titulares del mazdeismo.
Otra deidad en el Irán antiguo era VERETHRAGNA (al que le estaba dedicado el vigésimo día del último mes del año) que se apareció a Zoroastro bajo la forma de un toro (como reza un himno de alabanza a Verethregna, que comienza con una enumeración de las diez formas en que la divinidad se aparecía: como un toro con cuernos de oro, un caballo, un ciervo, un macho cabrío… etc.

El dios de la Tormenta en su carro. Vaso de Hasanlu, 2.000 a.C.

Asociado a este dios se realizaba un festival iraní de la lluvia conocido como ADAD o Jashn Tiregan, y se celebraba el primer día del mes de julio o día del Tir (nombre de un mes del calendario persa) a fin  de invocar la lluvia.
No obstante, a pesar de que los persas no poseían templos ni erigían estatuas a sus dioses, las representaciones del dios de la tormenta se materializaron en infinidad de soportes, como puede observarse en un vaso de oro hallado en Hasanlu (s. XIX a.C.), (una ciudad cercana al lago Urmia, al N.O. de Teherán, Irán) donde aparece, entre otros motivos, un carro conducido por un dios alado y tirado por un buey celeste que escupe la lluvia, exponente manifiesto de la representación del dios de la lluvia y la tormenta.
Una de las civilizaciones, tal vez, menos estudiada y difundida, fue la conocida como “civilización del Indo”(2.500 a.C.), la cual se desarrolló a lo largo de las riberas del río Indo – de donde toma el nombre la península indostánica, uno de los dos ríos sagrados, junto con el Ganges-, teniendo sus principales centros culturales en las ciudades de Harappa y Mohenjo-Daro.

Mapa de la civilización del Indo

Grabado de Khoupum, Tamenglong

En la religión del valle del Indo el mayor culto fue claramente el culto al toro, donde la mayor parte de de los dioses de su panteón eran dioses de fertilidad y, por tanto, dioses de la lluvia, necesaria para que aflorasen los abundantes pastos, esenciales para unas tribus que sustentaban su existencia en la cultura bovina, donde el modelo de riqueza se medía en vacas, becerras y leche, siendo el toro reconocido como el gran fecundador; de ahí la creencia de que para tener un buen rebaño había que tener buenos toros.
Esa cultura ganadera de bovinos la hallamos atestiguada desde principios del Neolítico en una amplia zona de la India, como lo atestiguan los innumerables grabados de abundantes rebaños de bóvidos, hallados en los abrigos rupestres de Bhimbetka, Khoupum, Tamenglong, Raisen, Kerala o Manipur, por donde discurren varios ríos tributarios del Indo y el Ganges. En esas representaciones rupestres encontramos algunas figuras humanas erguidas o sentadas en lo alto de un toro, tal vez como antecedente remoto de divinidades de la lluvia y de posteriores creencias y cultos telúrico.

Pintura rupestre en Raisen

Dios-Toro del valle del Indo, 2.400 a.C.

En esa cultura primitiva encontramos al dios-toro del Indo representado de forma humanizada en varios sellos de arcilla de Harappa y Mohenjo-Daro, donde aparece con rostro trifaz y un tocado con grandes cuernos de toro, si bien su posición no es erguida si no sedente, con las piernas dobladas y las plantas de los pies juntas, en una clara postura de yoga. Está acompañado, bajo el edículo donde se asienta, de un ciervo y rodeado de varios animales como el elefante, el rinoceronte, el tigre y el toro.  Tal como nos informa Jack Randolph Conrad, en “El cuerno y la espada”, los cuernos que adornan el tocado del dios son “largos y afilados, para simbolizar su fuerza y su fertilidad de toro”.

Impresión en arcilla de un dios-toro, valle del Indo

Posteriormente, en el periodo conocido como la Época Védica (1500-800 a.C), los arios compusieron infinidad de himnos a sus dioses en toda la India, transmitidos de generación en generación y posteriormente recogidos en el libro sagrado conocido como Rig-Veda. La mayoría de los 1.028 himnos están dedicados a diversos dioses-toro.
Entre esos dioses-toro encontramos a PARJANYA, dios del trueno y de la lluvia, que es invocado en el Rig-Veda como:
El Toro, de fuerte bramido, raudo en enviar sus dones,
planta las semillas para que germinen…

Dios védico Parjanya

También en otro himno se recoge la plegaria que invoca al dios y se le pide que sea solícito en la lluvia:

“Que este mi canto llegue al soberano señor Parjanya
hasta su corazón y le plazca.
Que tengamos las lluvias que traen gozo
Y a las plantas protegidas de dios frutos benéficos.
El es Toro de todos, y su impregnador:
él mantiene la vida de todas las cosas fijas y móviles”.
Otro dios, al que el Rig-Veda le dedica doscientos cincuenta himnos, es INDRA, al que se le relaciona con la lluvia y el trueno. Su vitalidad se manifiesta en “mil testículos”(sahasranushka) y se le designa con el título de “toro de la tierra”, al tiempo que se presenta como dios de la fertilidad y de las fuerzas genésicas, por eso es el que da la vida, crea el buey y el caballo y da leche a la vaca. Es considerado hijo de Dyaus, uno de los primitivos dioses al que el Rig-Veda describe “como un toro colorado, opulento en semilla, que “sonríe entre las nubes” y lanza desde ellas su bramido”. También se le considera padre de Parjanya y de Agni, dios del fuego. Así describe el texto sagrado el nacimiento de Indra: “Su madre, la vaca, parió a Indra, un becerro sin lamer…”.

El dios INDRA

Aunque a Indra se le representa siempre cabalgando un elefante, el Rig-Veda lo describe revestido de una fuerza física y una potencia generativa des comunal, y en esa combinación de trueno, rayo y lluvia el texto védico asocia su bramido salvaje al trueno y los rayos a sus agudos cuernos. Con todo ello se le intitula como “Toro espléndido”, “Toro terrible”, “El Toro de los mil cuernos” e “Inigualable en fertilidad”.

INDRA con las pastoras de vacas

En una leyenda sobre Indra se resalta la fuerza y la potencia fecundante del dios:  “Cuando Indra fue en busca de su ganado robado, que los cuatreros habían ocultado en una cueva, con la ayuda de sus amigos los toros del viento, localiza a las vacas pero encuentra el paso a la cueva obstruido por una enorme piedra. Valiéndose de un brazo pétreo, que le ha crecido para la ocasión, Indra abre el paso a la cueva y arremete contra los ladrones con sus poderosas pezuñas y sus afilados cuernos. Con bramidos triunfales recupera e impregna a todo el rebaño de vacas”.
A Indra se le dedicaban rituales en los que se sacrificaban toros de cien en cien (hecatombes) y se le ofrecía parte de la carne sacrificada, ya que a Indra le gustaba mucho la carne del toro.
Tras Indra, le sigue en importancia el dios AGNI, dios del fuego en tiempos védicos y mediador entre los hombres y los dioses. Los vegetales que nacen en las aguas son la morada de Agni, por eso siempre aparece al frotar una planta acuática, la flor de loto y por ello se le llama “Toro de las aguas”, porque las vuelve fecundas (Rig Veda, X, 21,8). En ese texto sagrado, escrito en sánscrito, se refieren a él como el que “ruge como un toro” y como toro tiene mil cuernos.

El dios del fuego AGNI

RUDRA es otro dios-toro de los arios que es considerado ”dios de la tormenta”, “dios del relámpago y Señor del rayo” y en su vertiente destructora es el devastador de hombres y ganados. Su madre fue una vaca pinta, llamada Prsni, y nació mediante “la risa del relámpago”. Por eso, al haber nacido de la tormenta era considerado dios de los vientos tormentosos, al tiempo que asociado a las grandes nubes que traen la lluvia.
El Rig Veda recomienda hacer sacrificios a Rudra para aplacarlo, mediante el sacrificio y ofrenda correspondiente de un toro y atraer su bendición. El ritual debe realizarse en primavera o en otoño -solsticios en los que los rituales están dirigidos a aumentar la abundancia de las cosechas o la germinación de las semillas-, después de la puesta del sol y, preferiblemente, después de medianoche. Tras el sacrificio ceremonial del toro, los sacrificadores invocan los doce nombres de Rudra y le ofrecen trozos de carne escogidos, para aplacarle, tras lo cual arrojan al fuego la piel y la cola, al tiempo que riegan con sangre del toro algunas hierbas escogidas, consumiéndose el resto de la carne por los asistentes al ritual.                       Continuará……
Plácido González Hermoso
BIBLIOGRAFIA
Historia de las Religiones, siglo XXI, III “La religión sumeria”.
Federico Lara Peinado, “Himnos sumerios”.
Federico Lara Peinado, “Himnos babilónicos”.
Cristina Delgado Linacero, “El toro en el Mediterráneo”
Jack Randolph Conrad, “El Cuerno y la Espada”.

TOROS MITOLOGICOS-IV Los Toros de Guisando

 

Toros de Guisando en el pueblo de El Tiemblo, Ávila

Supongo que casi todo el mundo conoce esos famosos toros, de imponente talla granítica, conocidos con el nombre de “Toros de Guisando” y asentados en el pueblo abulense de El Tiemblo. Pero qué fueron, qué representaron, qué utilizaciones le dieron aquellos pueblos pre-romanos o a qué simbología mitológica se asociaron. Es más, fueron toros o verracos.
Antes de entrar en materia y tratar de desentrañar el posible significado de esas pétreas esculturas milenarias, de la cultura céltico-vetona, permítanme traer aquí unas citas literarias, a modo de exordio, que evidencian su presencia en la literatura.
Quiso la casualidad, o más bien el capricho del anónimo autor (al parecer descubierta ya su identidad !!?), que la primera aventura y el primer coscorrón que sufriese el pícaro y desventurado Lazarillo de Tormes, a manos del malvado ciego, fuese, precisamente, contra un toro de granito: “Salimos de Salamanca- dice Lázaro- y llegando a la puente, está a la entrada de ella un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y, allí puesto, me dijo:
-Lázaro, llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro de él.
Yo simplemente, llegué, creyendo ser ansí. Y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome: Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo. Y rió mucho de burla”
. (1)

Además de la cita del Lazarillo, también Lope de Vega se refiere a ellos, en el Acto II de su obra “El mejor maestro, el tiempo”, donde relata cómo uno de sus personajes se gloría de haber infringido desjarrete a esos graníticos animales:
Turín.- ¡Ha visto vuesa merced en aquel pradillo ameno
a los toros de Guisando?

Otón.- ¡Huélgome dello!
Pues yo los desjarreté
y al de piedra, que está puesto
en Salamanca, en la puente
de un revés rapé los nervios.
Así están sin pies ahora
.
También, Federico García Lorca hace uso de ellos en “La Sangre Derramada”, de la elegía “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, para magnificar la dimensión del dolor por la muerte del ídolo:

La vaca del viejo mundo
pasaba su triste lengua
sobre un hocico de sangres

derramadas en la arena.
Y los toros de Guisando,
casi muerte y casi piedra,
mugieron como dos siglos,
hartos de pisar la tierra.

NO.
¡ Que no quiero verla!

No quisiera pasar de largo, vencida ya la conmemoración del 4º centenario de la publicación del Quijote, sin referirme a dicha obra cervantina y en concreto al episodio en el que el caballero del Bosque relata a D. Quijote (parte 2ª, capítulo XIV) el encargo que le hizo su amada Casildea de Vandalia: “…Vez también hubo que me mandó fuese a tomar en peso las antiguas piedras de los valientes toros de Guisando; empresa más para encomendarse a ganapanes que a caballeros...” y parece ser, según relata más adelante la fabulosa imaginación de dicho caballero que: “…pesé los toros de Guisando…”. Pardiez, cuanto vigor!.(2)
Además de las citas literarias reseñadas, déjenme que les refiera un pacto histórico celebrado en las cercanías del pueblo abulense de El Tiemblo, cuya firma se realizó en la llamada venta de Tablada, conocida como “venta Juradera o venta de los Toros” (ubicada en las cercanías del citado pueblo y destruida en el s.XVII por mandato de los monjes del monasterio), conocido como “Pacto de Guisando ó Concordia de los Toros de Guisando”. En dicho pacto, celebrado el 18 de septiembre de 1468, entre el rey de Castilla Enrique IV de Trastámara, apodado “El Impotente” (sobrenombre que el pueblo le adjudicó al enterarse de que no se consumó su primer matrimonio con Dª Blanca II de Navarra, en 1440 y ser repudiada en 1453), y su hermanastra Isabel la Católica, en cuyo tratado se la nombraba Princesa de Asturias y heredera al trono de Castilla.
Implícita a dicha firma era reconocida, de forma tácita, la ilegitimidad de Juana, motejada “la Beltraneja”, hija “oficial” de este rey y de su segunda esposa doña Juana de Portugal (matrimonio realizado en 1455), aunque, según “vox populi”, se atribuía la paternidad a D. Beltrán de la Cueva, mayordomo y valido, o privado, de Enrique IV.
Tres años antes, de formalizarse este pacto, se produjo la llamada “Farsa de Ávila”, que pone de manifiesto el enfrentamiento y animadversión que mantenían con el rey la mayoría de la nobleza: “…el 5 de junio de 1465 los nobles habían alzado un tablado fuera de las murallas de Ávila donde habían colocado un muñeco con todos los atributos regios: corona, cetro y espada. Era una representación bufa del rey Enrique. Y declarando así su rebeldía, las cabezas más importantes de la Liga entraron en aquella farsa para ir despojando al muñeco de sus atributos regios. El primero en entrar en aquel insolente juego fue el arzobispo de Toledo, Alonso Carrillo, que arrebató al muñeco la corona; y después el marqués de Villena le arrebató el cetro, el conde de Plasencia la espada, y finalmente otros nobles -entre ellos el conde de Paredes-, ya en tumulto, echaron por el suelo el muñeco, pisoteándolo con saña.” (7)
A la importancia histórica de este pacto se refirió nuestro Nóbel de Literatura, Camilo José Cela, para decir: “Sin el encuentro de los Toros de Guisando, España no hubiera sido España“.
Toros o Verracos?. He aquí la eterna disquisición que se plantean algunos estudiosos, a la hora de tratar sobre estas esculturas zoomorfas célticas. Fueron utilizadas por el pueblo vetón y diseminadas por el oeste central de la península Ibérica, al norte del río Tajo, cuya área de influencia abarcaba las provincias de Cáceres, Toledo, Ávila, Salamanca, Segovia, Zamora y en las tierras limítrofes lusitanas entre los ríos Tajo y Duero.

Área de los Vetones

El uso generalizado del vocablo “verraco” llevó a la confusión de muchos, aunque en realidad más del cincuenta y tres por ciento de las 280 esculturas catalogadas y que han llegado hasta nosotros, son toros, el resto tienen forma de cerdo o verraco.

Se han barajado muchas teorías sobre su origen y significado, su simbología o utilización cultual etc., sin que hasta la fecha se hayan puesto totalmente de acuerdo en la materia. Lo cierto es que estas esculturas zoomorfas vetonas han
dado nombre a una terminología específica que se conoce como “Cultura de los Verracos”.

A modo de ejemplo, traigo aquí algunas tesis u opiniones, más o menos autorizadas al respecto, que nos pueden ilustrar sobre el particular.

El padre L. Ariz, monje benedictino del convento de Santa María de la Antigua de Avila, dice en su obra “Historia de las grandezas de Ávila”, publicada en el s. XVII, “…Los más famosos y celebrados Toros de España son los de Guisando, cerca del Monasterio de san Hierónimo…( tercero de su orden, erigido en 1375 por Fray Pedro Fernández Pecha (6)) Junto a la venta del dicho Monasterio, están puestas cinco piedras, de figuras de Toros. Tres tienen letreros que traducidos dice ansí: “Cecilio Metelo Consuli”.

Debido a ello, este benedictino apunta varias posibilidades de uso: “Quizá su uso fue más lato -dice- y pudieron asociarse a santuarios, manantiales, puentes, etc., con carácter esencialmente religioso y votivo, como las aras
clásicas
”.(4)

Las inscripciones latinas de carácter funerario, a las que hace referencia el padre Ariz, fueron añadidas con posterioridad a la conquista romana y, por tanto, a la fecha de su confección, por lo que es fácil pensar en una reutilización, de estos toros, con una finalidad funeraria de la que carecían en su origen.

Toros de Guisando, El Tiemblo, Ávila

De estos toros graníticos mitológicos, envueltos en una especie de misteriosa niebla enigmática, solo se conservan cuatro actualmente y aparecen alineados y orientadas sus cabezas mirando a poniente -hacia el mismo punto por donde se pone el sol en el mes de diciembre- y hacia el monte de Guisando, del que toman el nombre.

Como todos los acontecimientos, envueltos en algún tipo de enigma intrigante, no están exentos de que las suposiciones, elucubraciones o conjeturas del pueblo degeneren, o generen, en ciertas leyendas que contribuyen a agrandar el misterio que los envuelve.

De entre las varias que me he topado, no solo por su curiosidad sino, también, por la profesión del autor, me satisface transcribirles algunos relatos que D. Eduardo de Mariétegui, coronel de Ingenieros, incluye en su obra “Antigüedades
de España
”, publicado en “El arte en España”, vol. 4, Madrid 1886.

Toros de Guisando

En dicha obra nos transcribe lo que afirman algunos autores, como: “Diego Rodríguez de Amelta en su “Compilación de las batallas campales”, obra terminada en 1481, dice así al describir la batalla 22 de su segunda parte: “Que después que Scipión el joven volvió a Roma, y después de su muerte, los españoles se rebelaron contra los romanos, que por esta razón enviaron a España un capitán llamado Guisando, que habiendo peleado contra los españoles en
tierra de Toledo, y cerca del lugar llamado Cadhalso, y habiéndoles vencido, hizo, para memoria de esta victoria, cuatro estatuas de piedra, á quien en su tiempo daban el nombre de Guisando
”.

En el comentario que hace Mariétegui a esta autoría romana, que le adjudica Amelta, dice: “No hay necesidad de detenerse á refutar semejante opinión, pues con advertir que el nombre de Guisando es de inflexión goda, mal podía ser el de un capitán romano”.

Toro de Fontanarejo, C.Real

Después nos ofrece lo que dice, sobre este tema, un bachiller de nombre Juan Alonso Franco, al parecer célebre anticuario del siglo XVI: “Como uno, por su letrero, se conoce que se dedicó a la victoria de César sobre los hijos de
Pompeyo, y el sitio donde fue esta es Andalucía: como el mismo diga que allí donde está es el campo Bastetano; y como exprese que es dedicado dé los Bastetanos otro, y se sepa que este campo y este pueblo fueron en Andalucía, por eso muchos han imaginado que estos toros se hicieron y estuvieron primeramente en dicha provincia, y que después un rey moro, para mostrar su poder, con máquinas y gran copia de gente los metió España dentro, y los colocó donde se hallan, siendo entre otros de este parecer Rasis, en la historia que hizo de Andalucía, y D. Lorenzo de Padilla, curioso arcediano de Ronda”.

Más adelante nos aporta el dato de que un tal Ambrosio de Morales puso en una nota de su puño y letra que: “los Toros son tan valientes piedras, que es cosa de burla pensar que se movieron tantas leguas como hay desde allí a
Andalucía, y más sin motivo alguno”
; y también nos dice que don Antonio de Nebrija afirma que: “…como hubo pueblos Bastetanos en la Bética, los hubo igualmente en la España Citerior, y que de ellos debían hablar estos
toros”.

También cita que Orosio (383-420, sacerdote, historiador y teólogo hispanorromano de Braga, Portugal, se dice que pudo colaborar con San Agustín en “La Ciudad de Dios”), en su obra “Historiae Adversus Paganos“,  libro 6º, capítulo XIV, dice que: “…la guerra y el ejército Pompeyano, no se acabaron hasta que Cesonio, legado de César, venció no lejos de Lusitania; y de esto debe hablar el último toro…”

Después, Orosio relaciona los letreros que, según él, estaban grabados en los toros:

1º Caecillo-Metell-consuli-H.victori.

2º Exercitus victor-hostibusfusis

3º Longinus-Prisco-Caesonio-f.c.

4º Lucio Portio-ob provinciam-optime administratam-Bastetani po-puli-f.c.

5º Bellum Caesari et patrie mag-na ex parte con-fectum est-s et Gu. Magni-Pompey filis-hic in Basste-tanorum agro-profigatis.
Obviamente el Coronel Mariétegui pone en duda que esas inscripciones se hubiesen grabado en los toros, ya que no presentan rasgo alguno de haber tenido ningún tipo de grabado. Solo se conserva, de forma inexacta e incompleta, una leyenda en el tercer toro que dice:

LONG. INVS

PRISCO. CAIA.

ETI :: PATRI. F. C.

También hace referencia que, en el s. XVI, existían unas tablas enceradas, en la celda del Prior del monasterio y que al parecer nadie las vio jamás, que decían contenían las inscripciones originales en los cinco toros.

Ídolo de Mikeldi, Durango, Vizcaya

Por último nos informa de otro monumento, que más bien tiene forma de verraco y no de toro, procedente de Durango, Vizcaya y actualmente en el Museo Histórico de Bilbao: “…llamado en el país Miquéldico, sin inscripción ni letra alguna, pero sí con un disco entre los pies.” (6) Se puede presumir que el disco que tiene entre los pies, el verraco, debe relacionársele con algún simbolismo de carácter solar.

Manuel Gómez Moreno, en “Catálogo monumental de la provincia de Ávila”, desecha la idea de que fueran hitos terminales o viales que hubiesen servido como mojones delimitadores de territorios, pastizales o zonas de pastoreo,
apoyándose en que:“…es usual el hallárseles dentro o en los alrededores de las ciudades y despoblados de origen prerromano…”. En cambio cree que pudieron ser empleados “como ofrendas a los dioses; como monumentos funerarios; o bien asociárseles con carácter religioso y votivo, a manantiales…”(4)

Precisamente en el conocido cerro de los Santos (Montealegre, Albacete), se encontraron entre sus exvotos muchos torillos de piedra, dos de los cuales se hallaron encima de una olla cineraria, como ejemplo de usos funerarios.

Toro de Chamartín de la Sierra, Ávila

Juan Cabre cree en un significado mágico religioso relacionado con la protección y fertilidad del ganado.
Josefina Mateos, refiriéndose a los “Toros de Guisando” que los data sobre el s.II ó III a.C., cree que debido a su emplazamiento en un: “Lugar de descarga de tormentas eléctricas, le podríamos considerar de gran fuerza telúrica, o zona energética de la tierra. Estos sitios eran utilizados por los pueblos primitivos para conectar con sus dioses, pueblos que adoraban a las fuerzas de la naturaleza. Debido a la energía del lugar sería sitio propicio para enlazar con la divinidad, un centro de culto o centro sagrado; los cuatro toros bien podrían indicar que allí existió en otros tiempos un templo dedicado al dios Tauro, al adorar los pueblos primitivos a las fuerzas de la naturaleza, siendo el toro un animal poseedor de gran fuerza, nobleza y virilidad al que veneraban y festejaban como se demuestra a lo largo de la historia”.(8)

Toro de Segura de Toro, valle del Ambroz

Esta misma autora nos aporta otra “historia” extraída del libro de Pedro Medina “Las Grandezas y cosas memorables de España”(1548) y Miguel de Asúa y Campos “Los Toros de Guisando y el Convento de los Jerónimos”: “ Según el manuscrito Plinio hace mención de cómo al ser vencido Pompeyo en Farsalia por Julio Cesar, huyó a Egipto, donde fue degollado por Ptolomeo; y que el gran ejercito que acaudillaban los hijos de Pompeyo fue desecho en una gran batalla que tubo lugar en la provincia bastetana y Campo Callatio, en el lugar en que están los Toros de piedra bajo el Convento de Guisando; añade que Cneo Pompeyo herido, se ocultó en una cueva que está sobre el Monasterio de Guisando, donde lo mataron suponiendo, que para conmemorar la victoria se levantaron unas columnas en el lugar de la batalla, y atribuye la erección de dos de ellas a un caballero llamado Longino, dado por sentado que esas dos que cita, más otras dos allí inmediatas son los Toros de Guisando“.(8)

Toros en la puerta de la Diputación de Ávila

García Bellido y otros creían que los verracos vetones servían como guardianes que defendían a los ganados de los influjos maléficos.

José María Blázquez, en concordancia con Álvarez de Miranda, los considera “manifestaciones del culto al toro” al decir: “La sacralidad de los bóvidos se prueba igualmente por la presencia de las esculturas, llamadas «verracos»”, en sintonía con lo que afirmaba Diodoro Sículo (s. I a.C.) sobre el culto al toro en Hispania, que decía: “…en Iberia los toros son animales sagrados”.(5)
Fernando Fernández, en “Ávila, historia antigua” tomo I, cree que “no puede desecharse la posibilidad de que se traten de auténticas imágenes de culto”, apoyándose en los ejemplos del castro portugués de Castelar, donde existe un verraco colocado en el centro de un recinto circular de 3 m. de diámetro, o los verracos de pequeño tamaño del castro de Santa Lucía. También alude a los Toros de Guisando como posibles manifestaciones de un culto zoolátrico, donde los animales serían adorados como dioses tutelares.(4)
Guadalupe López Monteagudo concluye su trabajo “Esculturas zoomorfas celtas de la península Ibérica”, afirmando que: “…las características formales y externas de las esculturas zoomorfas conocidas como verracos, ha quedado claro su carácter eminentemente religioso”.(3)

Toro en Villanueva del Campillo- Ávila

En referencia a su origen y antigüedad, comenta esta misma autora: “…el origen habría que buscarlo en las facciones de pueblos indoeuropeos que, procedentes de los Balcanes, llegaron a la Península mezclados con los celtas y que perduraron con la romanización. Su cronología abarcaría un período entre el fin del s. VI a.C. hasta el s. II-III d.C.”.(3)

Transcritas las opiniones de algunos expertos, tan solo decir que “ni quito, ni pongo …”, tan solo señalar que esas imponentes esculturas zoomorfas céltico-vetonas, que siguen envueltas en un halo de misterio, patentizan el arraigo de un sentimiento tauro-idolátrico ancestral en nuestra piel de toro, corroborando con ello que en España se rendía culto al toro (o aún se rinde…?) desde tiempos pretéritos.

Plácido González Hermoso.

BIBLIOGRAFÍA
(1).- Anónimo?. “El Lazarillo de Tormes”. Capítulo Primero.
(2).- Miguel de Cervantes, “Don Quijote de la Mancha”.- segunda parte, capítulo XIV.
(3).- Guadalupe López Monteagudo, “Esculturas zoomorfas Celtas de la Península Ibérica”.
(4).- Mariano Serna Martínez, “Agua y Verracos” Diario de Ávila, domingo 12 octubre 2003.
(5).- José María Blázquez: “Culto al toro y culto a Marte en Lusitania”.
(6).- Eduardo de Mariétegui, coronel de Ingenieros,“Antigüedades de España”, publicado en “El arte en España”, vol. 4, Madrid 1886.
(7).- Manuel Fernández Álvarez. “Isabel la Católica”. Espasa – Forum 2003. Página 79.
(8).- Josefina Mateos, “El enigma de los Toros de Guisando”.

TOROS MITOLOGÍCOS – III – ISRAEL,a la luz de la Biblia

Moisés separando las aguas del Mar Rojo

Nuestro viaje en busca de toros mitológicos finalizó, en el capítulo anterior, en las tierras que baña el otrora feraz y productivo Nilo, que realizaba el prodigio de fecundar los campos de cultivo, al depositar el fértil limo de aluvión,permitiendo con ello la recolección de abundantes cosechas anuales.

Nuestro nuevo itinerario, en esta ocasión, tomará el rumbo del nordeste egipcio acompañando al pueblo hebreo en su “Éxodo” para -tras la persecución de los ejércitos del faraón y el “paso por el mar Rojo”, dirigirnos con ellos a “la tierra prometida” que su dios Yahveh les tenía reservada como pueblo elegido- explorar la posible presencia del toro en la esfera cultual israelita.

Rutas seguidas por Abraham y Moisés

Antes de llegar a ese Israel de los mil conflictos seculares, es preciso puntualizar que uno de los mayores quebraderos de cabeza de Moisés no fueron los egipcios, ni su paso por el mar Rojo, ni las hambrunas que padeció su pueblo y que pudo superar gracias a la lluvia del “maná” milagroso, o los cuarenta años vagando por el desierto de la península de Sinaí, sino por el TORO.

Ruta del Éxodo de Moisés

Antes de entrar a describir la epopeya del Éxodo y los acontecimientos del Becerro de Oro del Sinaí, es conveniente indagar el origen y procedencia del pueblo de Israel y el posible politeísmo que profesaron o siguió subyaciendo en ellos, para poder entender el porqué de la presencia de tales figuras táuricas o la utilización de dichos usos lingüísticos. Los israelitas, como veremos, en sus orígenes eran sumerios y, por ello, descendientes de éstos y acostumbrados al tratamiento táurico de sus dioses.La Biblia nos revela que Abram (la 10ª generación después de Nöé, por línea de Sem), era sumerio, de la ciudad de Ur, donde se casó con Sarai; que su padre fue Teraj y sus hermanos eran Najor y Aram y este último, padre de Lot, murió en su país natal en “Ur de los caldeos”(Gen, 11,28). Una ciudad sumeria, populosa y comercial, que se encontraba cerca de la desembocadura del río Éufrates. También nos informa el texto bíblico que: “Tomó Teraj a Abram, su hijo; a Lot, el hijo de Aram, hijo de su hijo, y a Sarai su nuera, la mujer de su hijo Abram y los sacó de Ur Casdim para dirigirse a tierra de Canán, y llegados a Jarán, se quedaron allí…”, donde murió el padre de Abram, a la edad de doscientos cinco años. (Gen, 11,31-32)

Mapa de Sumer y Babilonia

Igualmente sabemos por la Biblia que Abram, según el pacto que hizo con él “El-Sadai”( otra variante del nombre de EL, que en griego significa “Pantokrator“, “Todopoderoso” y “El que todo lo gobierna“), es el padre y el origen del pueblo de Israel:”Dijo Yahveh a Abram: “Sal de tu tierra, de tu parentela, de la casa de tu padre, para la tierra que yo te indicaré;Yo te haré un gran pueblo,Te bendeciré y engrandeceré tu nombre…” (Gen, 12, 2). Igualmente en Gen, 17, 4-6 le dice Yahveh a Abraham:“He aquí mi pacto contigo: serás padre de una muchedumbre de pueblos, y ya no te llamarás Abram, sino Abraham,… Te acrecentaré mucho, y te daré pueblos, y saldrán de ti reyes…”.

Pero cuál fue la causa de esa emigración familiar de la que la Biblia no nos explica nada. Pues es muy probable que se fuesen huyendo, por seguridad, de los permanentes ataques y revueltas de los amorreos que, ayudados por elamitas y semitas procedentes de las estepas de Irán, llegaron, atacaron y saquearon Ur hacia el año 2003 a.C., fecha, con ciertos visos de probabilidad, del acontecimiento al que nos estamos refiriendo.

Con respecto al hecho religioso, está documentado que el dios sumerio principal, o el “Patrón”, de la ciudad de Ur (en época de Abram y posterior), era Nanna o Zu-en (otro nombre de Nanna), “Señor del saber”, conocido como: “El Brillante”, un dios luna al que se le representaba como “un toro con barba de lapislázuli”.

El Dios sumerio NANNA

Nanna era el padre de la diosa Inanna (la “Señora del cielo”, diosa del amor y de la guerra) e hijo de Enlil (el dios más importante del politeísmo Sumerio –dicen que llegaron a tener cerca de dos mil dioses-, al que invocaban como “Gran toro”, “Toro potente”, “Toro Poderoso” etc.). En un himno sumerio dedicado a Zu-en, su madre Ninlil (“Señora del viento”) se dirige a él hablándole con dulzura de este modo: “…lúcido becerro, crecido sobre mis rodillas puras… y …Novillo mío… tu nombre es estimado en todos los países…Señor del santo establo” (1). En Babilonia se conocía a Nanna como el dios Luna SIN (“dios del calendario”), a quien también se le invoca en otro himno babilónico como: “¡Fiero novillo de cuernos gruesos, de proporciones perfectas, con barba de lapislázuli, lleno de virilidad…”(2).Precisamente, la ciudad de Jarán o Harram (en la comarca de Padan Aram), a donde peregrinó la familia de Abram, era famosa no solo por su floreciente actividad comercial -al estar situada en medio del cruce de caminos entre Damasco, Karkemish y Nínive-, sino por poseer uno de los santuarios (llamados Zigurat) más importantes, junto con el de Ur, dedicados al dios Sin (o Nanna), y éste, como “Señor del mes y del calendario”, era comparado con un toro.

El Zigurat de UR (maqueta)

Solo estos breves apuntes nos inducen a pensar que Abraham vivió en Ur hasta la edad de veinticinco o treinta años y cumpliría con los ritos y ceremonias dedicados a los dioses de su ciudad natal. Iguales hábitos o costumbres religiosas, podemos presumir, practicaría en Harram, durante los cuarenta o cincuenta años que vivió en su ciudad de adopción, ya que: “…Al salir de Jarán era Abram de setenta y cinco años…en dirección a la tierra de Canán, y llegaron…al lugar de Siquem, hasta el encinar de Moreh” (Gen, 12, 4-8),  donde se le apareció Yahveh por segunda vez.Esta suposición sobre el cumplimiento religioso y la adoración a los dioses sumerios, por parte de Abraham y su familia, lo corrobora Josué cuando habló al pueblo: “Así dice el Señor, Dios de Israel: Al otro lado del río Éufrates vivieron antaño vuestros padres: Téraj, padre de Abrahán y de Najor, sirviendo a otros dioses“. (Josué, 24, 2)

La ciudad de Harram en la actiualidad

También sabemos, por el texto bíblico, que Abram mandó buscar esposa para su hijo Isaac a Padan Aram (es decir a Harram) y la elegida fue Rebeca, nieta de su hermano Najor y hermana de Labán y que las hijas de éste, Lía y Raquel, se casaron con su primo hermano Jacob, hijo de Isaac y nieto de Abraham. Esta endogamia tribal es muy propia de los pueblos organizados en tribus.Otro acontecimiento que nos descubre la Biblia es el de un posible politeísmo de Labán, cuando éste salió en persecución de Jacob y además de reprocharle que se fuera de su casa con sus mujeres (sus hijas) sin despedirse, le recrimina: “¿por qué me has robado mis dioses?”(Gen,31,30-31). Las imágenes domésticas de los dioses familiares se llamaban “terafim”, y el robo lo perpetró Raquel antes de abandonar la casa paterna:”… y Raquel robó los terafim de su padre.”(Gen,31,19-20). Incluso en tiempos de Micol, o Mical, la mujer del rey David se seguían usando esas figuras(doscientos años después de Moisés, a una distancia en el tiempo cercana a los setecientos años después de Raquel), tomó Micol: “… uno de los terafim y lo metió en el lecho, puso una piel de cabra en el lugar de la cabeza y echó sobre ella una cubierta.”, al narrar el episodio cuando ayudó a David a escapar de la cólera de Saul. (1Samuel,19,13-14)

Zona alta de Mesopotamia

Esas figuras, los terafim, lo más probable es que representarían a dioses sumerio-babilónicos, entre los que se encontrarían Nanna, Sin, Enlil o Marduk (el Bel de la Biblia, al que invocaban como “Novillo del Sol”), en forma de figuras de toros.Al llegar Abraham a Canaán (lo que hoy sería Israel, la franja de Gaza y Cisjordania), los cananeos que habitaban la zona adoraban a los dioses EL y BAAL, entre otros (éste último ampliamente combatido en la época de los Profetas), que eran representados por un toro.Otros hechos nos inducen a pensar que para la casa de Abraham no les eran extrañas esas representaciones táuricas de los dioses. No olvidemos que la costumbre de adjetivar a sus dioses con apelativos comparativos con el toro, no suponía, “per se”, un acto idolátrico en esencia. Era una forma de pontificar la importancia de las potencialidades de sus dioses: como la fuerza, el poder, la capacidad creadora, la justicia, la virilidad, la fertilidad, la ayuda, la protección, la lluvia, etc. etc.

Becerro de oro hallado cerca de Tel Aviv

En Génesis 33,20 se narra que Jacob (que significa “engaño” o “el que suplanta” o también “talón”, ya que nació agarrado al talón de su hermano Esaú; Gen, 25,26-27), tras el encuentro y reconciliación con su hermano Esaú, al llegar a Siquem: “…alzó allí un altar, que llamó “El Elohe Israel“”(El, Dios de Israel) (Ge, 33-20)

Altar de los inciensos

El nombre de EL lo encontramos en la Biblia en varias ocasiones. Por ejemplo, cuando se relata el episodio en el que Benjamín, cuando bajó con sus hermanos a Egipto a comprar trigo y José ordena a su mayordomo: “…Pon también mi copa -le dijo-, la copa de plata, en la boca del saco del más joven, juntamente con el dinero...”(Gen, 44,2) y así poder acusarlo de robo y retenerlo, al tiempo de exigirles, al resto de los hermanos, que llevasen a Egipto a su padre Jacob para verle y abrazarle, dándose a conocer posteriormente a sus hermanos (Gen, 45,3). Tras el temor, desconfianza y estupefacción inicial de Jacob, una vez convencido, emprende viaje al reencuentro con su hijo José: “y al llegar a Beerseba (al suroeste del mar Muerto) ofreció sacrificios al dios de Isaac”. Entonces Dios le habló en visión nocturna y le dijo: “Jacob, Jacob; él contestó: “Heme aquí”, y le dijo: “Yo soy EL, el Dios de tu padre; no temas bajar a Egipto…”(Gen, 46,2-4).

José ante el Faraón

Otros datos podrían aportarse al respecto, siempre escrutando el texto bíblico, que ponen de manifiesto la familiaridad del pueblo de Israel con apelativos táuricos para referirse a su dios. No olvidemos que una de las costumbres, en tiempo y época posterior a Moisés, era el que no debía pronunciarse el tetragrama Yhvh (Yahveh) en sus invocaciones, por ser demasiado sagrado y en sus oraciones usaban el nombre de Adonai, que significa “El Señor”(y aparece unas 300 veces en el A.T.). Incluso en la actualidad, en el judaísmo, se enseña que: “En vez de pronunciar YHVH durante la plegaria, los judíos deben usar el de Adonai”.Otros acontecimientos que nos inducen a pensar sobre la posible, llamémosla, contaminación táurica, es la permanente presencia de asentamientos judíos en Egipto, en especial en el Delta del Nilo.

Llegada virtual de Abraham y Sara a Egipto

La primera noticia que tenemos, de la presencia de pastores nómadas en esa zona del Nilo, es la bajada de Abraham a Egipto, donde la Biblia nos descubre que Sara era aún, a pesar de su edad, una mujer de una hermosura atrayente. Abraham le dice a su mujer: “Mira que se que eres mujer hermosa, y cuando te vean los egipcios dirán:”Es su mujer”, y me matarán a mí, y a tí te dejarán la vida; dí, pues, te lo ruego, que eres mi hermana, para que así me traten bien por tí, y por amor de ti salve yo mi vida”. (Gen, 12,11-14 y sig.).Tanto Abraham como más tarde Jacob, habitaron durante algún tiempo en las tierras del Delta del Nilo, en el Nomo 20 (provincia) del bajo Egipto, que era donde se encontraba la región de Gosen, que se circunscribía entre las ciudades de Heliópolis al Sur, Tanis y Mendes al Norte y Bubastris al Oeste. Precisamente ahí permaneció Jacob durante 17 años: “Habitó Israel en la tierra de Egipto, en la región de Gosen, y adquirieron allí posesiones, creciendo y multiplicándose grandemente. Vivió Jacob en la tierra de Egipto diecisiete años…” (Gen, 47, 27-28)

Mapa del Nomo 20 del delta del Nilo

Al parecer la presencia de pastores nómadas israelitas, y pueblos aledaños, en Egipto, era algo común entre los siglos XV y XII a.C., y quienes bajaban al Delta del Nilo y: “pasaban los puestos fronterizos egipcios, eran registrados y recibían la indicación del lugar donde podían permanecer…”(3). En un informe al faraón, de un funcionario de frontera, hacia el año 1200 a.C. le dice: “Hemos acabado por permitir el paso de las tribus Ahasu de Edom (conocidos como edomitas, su territorio estaba situado al sureste del Mar Muerto) a través de la fortaleza del (faraón) Merenptah (1224-1214 a.C., hijo de Ramsés II y fue el Faraón que persiguió a Moisés) en Tkw hasta el estanque de Pithom (en Pithom había unas canteras importantes)… para que ellos y sus rebaños puedan sobrevivir en la gran propiedad del faraón, el buen sol de todas las tierras…”. (3)
Precisamente y con el deseo de eliminar toda esa contaminación idolátrica que arrastraba el pueblo de Israel desde sus orígenes, mas la adquirida durante su permanencia en Egipto, es por lo que Dios prescribe al principio del Decálogo (Los Diez Mandamientos) en el monte Sinaí: “…No te harás esculturas ni imagen alguna de lo que hay en lo alto de los cielos, ni de lo que hay abajo sobre la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra…”(Ex, 20,4-5), incluso más adelante le pide a Moisés que ni siquiera el pueblo se haga imágenes de Él: “…No os hagáis conmigo dioses de plata ni os hagáis dioses de oro…”(Ex, 20,23-24). Este párrafo es en el que se fundaba el movimiento iconoclasta, en especial en el siglo VIII d.C., con comportamientos como el del emperador bizantino León III, “El Isaurio”, que ordenó la destrucción de todas las figuras e imágenes religiosas en el 730 d.C., hasta que en el II Concilio de Nicea, en el 787 d.C., se reafirmó la veneración de iconos.
Mas volvamos a retomar el contacto con el pueblo de Israel y, en concreto, acompañar a las gentes del Éxodo para conocer sus afanes y penurias, así como saber de sus prácticas religiosas y su totemismo relacionado con el toro.

Adoración del Becerro, de Nicolás Poussin

In bíblicus témpore”, perdón por el latinajo, pero en aquel tiempo bíblico ocurrió que: “viendo el pueblo que Moisés tardaba en bajar de la montaña (el monte Sinaí), se reunió en torno de Arón (en su calidad de sacerdote judío) y le dijo: ”Anda, haznos un dios que vaya delante de nosotros… Todos se quitaron los arillos de oro que llevaban en las orejas y se los trajeron a Arón. El los recibió de sus manos, hizo un molde y en él un becerro fundido, y ellos dijeron:”Israel, ahí tienes a tu Dios, el que te ha sacado de la tierra de Egipto”(Ex.32, 1-4). Así describe la Biblia el momento en que Arón, hermano de Moisés, funde el Becerro de Oro y, además: “Al ver esto Arón, alzó un altar ante la imagen y clamó: “Mañana habrá fiesta en honor de Yahveh.”(Ex. 32, 5).

Grabado del altar erigido por Aarón en el Sinaí

Sólo estos dos pasajes, del segundo libro del Pentateuco, ponen de manifiesto que los años vividos por el pueblo de Israel en tierras egipcias no fueron en vano, ya que implicaron la adopción, o tal vez el sincretismo, de ciertas creencias religiosas egipcias en aquellas teofanía (del griego theos=Dios, y faino=aparecer; no confundir con el plural “teofanías” que eran las fiestas realizadas en Delfos en honor de Apolo, al comienzo de la primavera), mediante las cuales un dios se manifiesta a sus fieles en formas diversas.

Uno de los últimos descubrimientos, del arqueólogo norteamericano Ron Wyatt, fue el hallazgo, al parecer, del altar erigido por Arón en el monte Sinaí para el Becerro de Oro, en cuyo pedestal se han descubierto unos grabados de toros, como puede apreciarse en las imágenes que se muestran, encontradas en Internet y corrobora la veracidad de la existencia del pasaje bíblico.

Grabado del altar erigido por Aarón en el Sinaí

He ahí el primer problema táurico de Moisés quién, tras el berrinche, “…Tomó el becerro que habían hecho y lo quemó, desmenuzándolo hasta reducirlo a ceniza, que mezcló con agua, haciéndosela beber a los hijos de Israel”(Ex.32,20). A fe que nunca un agua estuvo tan áuricamente enriquecida.Fueron estos pasajes un hecho ocasional, o puntual, del pueblo de Israel o de las gentes del Éxodo?. No parece que así fuese, a tenor de los datos que más adelante extraeremos.

A pesar del arrebato de Moisés, resulta curioso comprobar cómo este Patriarca hace uso del término táurico para bendecir a las doce tribus de Israel, en los llanos de Moab, antes de subir al monte Nebo, donde falleció sin pisar la “tierra prometida”. Así, al dirigirse a la tribu de José, les dijo: “…como primogénito de toro a él la gloria, con grandes cuernos de búfalo, con ellos embestirá a los pueblos y acosará a los confines de la tierra. Así son las miríadas de Efraín, así son los millares de Manasés”.(Dt. 33,16-17)
De ésta metáfora pronunciada por Moisés, refiriéndose a la tribu de José, se desprende una analogía con el tratamiento que daban los sumerios al tercer dios de la tríada cósmica Enky, que se le conocía como “hijo del toro”, es decir, hijo del dios supremo sumerio An, a quién denominaban “El Padre Toro”. Por ello, de la alegoría “primogénito del toro”, puede desprenderse que la titulación táurica que hace Moisés, y que presumimos atribuida a Yahveh, no era algo arbitrario ni casual.

A propósito, el hecho de que a Moisés se le haya representado, tanto pictórica como escultóricamente, con una especie de cuernos sobre la cabeza, se debe a un error de San Jerónimo al traducir la Biblia (del hebreo al latín “La Vulgata”), en concreto el párrafo del Ex, 34,29: ”Y al bajar Moisés del monte Sinaí, traía consigo las dos tablas de la Ley; mas no sabía que a causa de la conversación con el Señor, despedía su rostro rayos de luz”. Al parecer el verbo hebreo “qaran” o “karan” significa “emitir rayos de luz”, mas si se usa como sustantivo significa “cuerno”. Por ello, San Jerónimo interpretó que sólo Cristo debía resplandecer con rayos de luz y optó por la segunda fórmula y tradujo al latín: “…quod cornuta esset facies sua”(6).De ahí que Miguel Ángel esculpiese a Moisés, en el siglo XVI, de esa guisa, cuya obra se encuentra en el Vaticano, en la tumba del Papa Julio II (1503-1513), que fue el que ordenó la construcción de la actual Basílica de San Pedro.

Escultura de Moisés

Otra curiosidad de ese mismo capítulo de la Biblia y que se tradujo en una costumbre permanente para el Islam, es que al ver el pueblo el resplandor facial de Moisés temía acercarse a él, mas él los llamó y: “Cuando Moisés hubo acabado de hablar, se puso un velo sobre el rostro…”(Ex, 34,33). Por eso, en todas las representaciones, los musulmanes siempre reproducen a Mahoma con el rostro cubierto por un velo.

Estandarte de la tribu de Efraím

Un caso anecdótico, pero ilustrativo, es cuando se realizó el reparto de la tierra a las doce tribus de Israel, efectuada por Josué, donde se narra que la parte que correspondía a la tribu de José se dividió entre Efraím y Manasés, hijos de éste y de su esposa egipcia Asenet (Gen, 41,45), hija de un sacerdote del dios Ra en la ciudad egipcia de On, en griego Heliópolis, la “Ciudad del Sol”, llamado Put-ifar y es muy probable que el matrimonio de José tuvo lugar en tiempos del faraón Amenemhat III -1844-1797 a.C.- de la XII Dinastía. Los de la tribu de Leví no recibieron territorio alguno, ya que era la tribu sacerdotal de todo Israel.Cada tribu tenía su estandarte (según se describe en el Midrash, un método de exégesis judío dirigido a la investigación de la Torá), y precisamente señala que los correspondientes a las tribus de Efraím y Manasés tenían bordado un Toro dorado. Lo mismo que la de Judá tenía bordado un león, de ahí el término “león de Judá”. Estas simbologías, se puede afirmar, provienen de cuando Jacob bendice a sus hijos antes de morir (en Egipto) y relatado en Gen. 49,9: “Cachorro de león, Judá…” y en el mismo capítulo, versículo 22 dice: “José es un novillo, un novillo hacia la fuente…”.

Territorio de las 12 tribus de Israel

Decíamos, también, que el episodio del becerro de oro no era un hecho puntual ni aislado en la historia del pueblo de Israel, ya que pasado el tiempo, transcurridos alrededor de 300 años desde la salida de Egipto (hacia 1220 a.C. aprox.), se produce otro episodio de similares características. Ocurrió que, tras la muerte de Salomón (931 a.C.) y como consecuencia de las idolatrías postreras del sabio monarca, o al menos las consentidas por él a sus ”…700 mujeres y las 300 concubinas…” de su harén (1Re.11,3), unido a los fuertes impuestos con los que oprimió al pueblo, para la construcción del Templo y el mantenimiento del Palacio, casi todas las tribus de Israel se sublevaron contra su hijo y sucesor Roboam (931-913 a.C.), al cual sólo secundaron las gentes de las tribus de Judá y Benjamín, asentándose en el sur de Israel y estableciendo la corte en Jerusalén, pasando a llamarse Reino de Judá (este episodio se relata en 1Re,12,16 y siguientes).El resto de las tribus, que se establecieron al norte del territorio, formando el  Reino de Israel, eligieron como rey a Jeroboám (931-910 a.C.), efraimita, recaudador de tributos de las tribus de Efraín y Manasés en tiempos de Salomón. Antes de ser elegido rey, en vida de Salomón y por diferencias con éste, huyó a Egipto, donde se casó con la cuñada del Faraón Sheshonq I (945-924 a,C.), este Faraón, conocido en la Biblia como Sosaq ó Sesac, tomó y saqueó Jerusalén el año 925 y se apoderó de los tesoros del Templo y los del Palacio de Salomón, reinando su hijo Roboam.(2Cron 12,9)

Maqueta del Templo de Salomón en Jerusalén

Para evitar que el pueblo fuese a Jerusalén, a adorar a Yahveh y al Arca de la Alianza y lo que es más importante, el pago de los diezmos de todos los productos que el pueblo debía entregar al templo, Jeroboam organizó un clero particular e “hizo dos becerros de oro, y dijo al pueblo: «Basta ya de subir a Jerusalén. Este es tu dios, Israel, el que te hizo subir de la tierra de Egipto. Hizo poner uno de los becerros en Bétel y el otro en Dan…» (1Re. 12, 28-30). Esos hechos idolátricos no se extinguieron con la muerte de Jeroboam, ya que permanecieron inalterables a lo largo del tiempo.

Durante el reinado del rey de Israel Omrí (886-875 a.C.) se dice que: “…en el centro del lugar de culto en Samaría había ya un ídolo dorado con forma de toro, que Jeroboam había erigido como imagen de culto para los hebreos”.(4)

El culto a los becerros siguió hasta la desaparición del reino de Israel y su conversión en provincia asiria por Salmanasar V en el año 722 a.C., al negarse a pagar impuestos, y pedir ayuda a Egipto, Oseas (730-722 a.C.), último rey de Israel, quien fue cegado y llevado cautivo a Asiria, junto a la mayoría de la población que fue deportada y sustituida por arameos y caldeos. Esa deportación consiguió que las tribus se diluyeran entre los asirios, por lo que en adelante se las llamó “Las diez tribus perdidas de Israel”.
Igual castigo sufrió el rey de Judá Sedecías (597-587 a.C.), por el mismo motivo de aliarse con Egipto y negarse a pagar los tributos establecidos por el rey babilónico Nabucodonosor II (630-562 a.C.), éste ordenó que: “Apresaran al rey y le llevaran al rey de Babilonia, a Ribla, y le sentenciaron.  Los hijos de Sedecías fueron degollados en su presencia; a Sedecías le sacaron los ojos, y cargado de cadenas de bronce, le llevaron a Babilonia”. (2Rey, 25,6-8).
A continuación se relata que:”… Nebuzardán, jefe de la guardia, servidor del rey de Babilonia, entró en Jerusalén, quemó el Templo de Yahveh, el palacio real y todas las casas de Jerusalén…“(2Rey, 25,8-10). La destrucción del Templo de Jerusalén se produjo en el año 586 a.C., en el año decimo noveno del reinado de Nabucodonosor II.

Altar rústico con los cuatro cuernos

A lo largo de toda la existencia de Israel, como reino, son numerosos los pronunciamientos, las ofensivas y la lucha que mantuvieron varios profetas contra esas prácticas idolátricas del “Becerro de Oro”, entre los que podemos citar al profeta Elías, que vivió en el s. IX a.C., del que se dice que en los enfrentamientos con los profetas de Baal:  “…llegó a matar a los sacerdotes de Baal con sus propias manos, al pié del monte Carmelo.” (5). La Biblia lo describe así: “Y dijo Elías: “Prended a los profetas de Baal, sin dejar que escape alguno”. Apresáronlos ellos, y Elías los llevó al torrente de Cisón, donde los degolló.” (1Rey, 18-40)

Becerro de Oro, museo de Tel Aviv

Otro profeta que lucha contra la idolatría de Israel es Amós (hacia el 750 a.C.), en cuyo libro se nos da cuenta que se produjo en aquella época un terremoto: “…y en los días de Jeroboam II (784-753 a.C.), hijo de Joas, rey de Israel, dos años antes del terremoto…” (Amos, 1,1), este profeta exhorta a seguir a Yahveh y en caso contrario predice los castigos a los que serán sometidos: “…haré justicia de los altares de Betel y serán derribados los cuernos del altar y caerán a tierra…”(Amós, 3,14)

El profeta Oseas (800-725 a.C.) también predica contra el destino catastrófico de Israel, que ya predijo Amós, y rechaza las herejías de Israel: “Yo rechazo tu becerro, Samaría… y será llevado cautivo el día de Yahveh el becerro de Samaría”. (Oseas, 8,5-7). Y suya
es la frase, tantas veces repetida como ejemplo de las consecuencias de los malos comportamientos: ”Pues siembran vientos, recogerán tempestades…”(Oseas, 8,7), y más adelante se escandaliza del comportamiento de Israel: “Y ahora continúan pecando; de su plata se hacen obras fundidas, ídolos de su invención, obra de artífices todo ello. Y a ellos dirigen la palabra, ofrecen sacrificios. ¡Hombres dando besos a los becerros!”. (Oseas, 13,2-3)

Esa costumbre inveterada de dar besos a los becerros, que representaban a la divinidad, era algo muy arraigado en todas las creencias de la antigüedad. Ese ritual de besar la imagen del dios, en concreto en el mundo bíblico, estaba ya registrada varios siglos antes de Oseas, precisamente el libro 1º de los Reyes nos informa que Elías, tras matar a los profetas de Baal en el torrente de Cisón, narrado anteriormente, fue perseguido por las gentes del rey Ajab (875-854 a.C.) y Elías se refugió en una cueva del monte de Horeb, conocido como “monte de Dios”, donde Yahveh Sebaot le reveló que solo salvarían de su ira unos: “… siete mil israelitas, cuyas rodillas no se han doblado ante Baal y cuyos labios no le han besado”(1Rey. 19, 18). Baal, dios fenicio por excelencia era representado por un toro.

La lucha de Oseas la continúa Isaías (s. VIII a.C.), dedicando su ministerio a clamar contra las abominaciones de Israel: “…pero Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento…(Isa,1,3). Los impíos, los pecadores, todos a una serán quebrantados; los desertores de Yahveh serán aniquilados” (Isa, 1,28) al tiempo que clama contra los samaritanos tachándolos de borrachos: “Y también ellos se tambalean por el vino y vacilan por los licores. Sacerdotes y profetas se tambalean por los licores, se ahogan en vino…”( Isa, 28,7-8).
Todo esto ocurría en tiempos del rey Manasés (rey de Judá 697-642 a.C.), contra quién también se enfrentó Isaías, por permitir y tolerar cultos asirios, incluso en el mismo templo de Jerusalén. Dicen que murió aserrado por la mitad. Según una leyenda, Isaías, al intentar escapar de la ira de Manasés, se ocultó dentro de un árbol hueco y Manasés ordenó cortar el árbol con Isaías en su interior. A este suceso parece que se hace referencia en (Hebreos, 11,37).
En Isaías encontramos, tal vez, la primera descripción de la redondez de la Tierra: “Está El sentado sobre el círculo de la tierra”(Isa, 40, 22). Este concepto se divulgó, más tarde, por el filósofo griego Anaximandro (610-545 a.C.)

Israel en tiempos de Jesús

Otro personaje interesante, que nos desvela también esas idolatrías, es Tobías, que estuvo cautivo en Nínive en tiempos del rey asirio Senaqerib (705-681 a.C.) y relata en su libro  los cultos practicados por las gentes de su tribu:  “Siendo yo joven, vivía en mi patria, en la tierra de Israel, y toda la tribu de Neftalí, mi padre, se había apartado del templo de Jerusalén…Todas las tribus, que a una habían apostatado, sacrificaban a Baal, el becerro, y asimismo la casa de Neftalí, mi padre”.(Tob, 1,4-6)

Y ya por último, cabe la sospecha que ciertas apostasías seguían en vigor en Samaría en tiempos de Jesús, a pesar de que durante el destierro babilónico, del pueblo israelita y tras la vuelta del mismo, los sacerdotes se esforzaron en unificar el culto y las creencias en un solo dios, Yahveh. Hay un hecho significativo que nos relata el evangelista San Mateo, que pone de manifiesto la existencia de ciertas idolatrías, tal vez residuales, cuando Jesús envía a los apóstoles y les confiere la cualidad de sanar, resucitar, curar a leprosos etc. pero les aconseja: “A estos doce los envió Jesús, haciéndoles las siguientes recomendaciones: No vayáis a los gentiles ni penetréis en ciudad de samaritanos…” (Mat, 10,5-6)
Amplias y abundantes son, también, las referencias que encontramos en la Biblia sobre los Querubines (del sumerio Kerub), aquellos toros alados androcéfalos que describí en mi primer artículo sobre éste tema (“Toros mitológicos I, Mesopotamia y Persia“), cuya finalidad era la de servir de guardianes de templos, palacios y lugares sagrados, utilizados en todo “el creciente fértil”. Con ello se pone de manifiesto que la familiaridad del pueblo hebreo con el toro, era tan habitual como reiterada.

Sin detenernos en detalles, cabe la presunción de que fueron querubines, o toros alados androcéfalos, los que Dios “… puso delante del jardín de Edén un querubín, que blandía flameante espada para guardar el camino del árbol de la vida”.(Gen, 3,24); o los dos querubines que Dios ordenó a Moisés fabricar, de oro macizo, para ponerlos encima del Propiciatorio, la tapa del Arca de la Alianza: “Harás, además, dos querubines de oro macizo; los harás en los dos extremos del propiciatorio: haz el primer querubín en un extremo y el segundo en el otro. Los querubines formarán un cuerpo con el propiciatorio, en sus dos extremos”.(Ex, 25,18-21), y por igual mandato le ordenó construir la Morada con: “… diez tapices de lino fino torzal, de púrpura violeta y escarlata y de carmesí con querubines bordados ”(Ex. 26,1-2).

Iglesia S.Bartolomé de Lieja, Bélgica, año 1107

También Salomón “Hizo en el santuario dos querubines de madera de olivo, de diez codos de altura (cada uno). Cinco codos era el largo de una de las alas y cinco el de la otra,…(1 codo = 45 cm.) …También cubrió de oro los querubines…”, que puso en el recinto interior del Templo de Jerusalén, e iguales figuras hizo esculpir, y revestir de igual metal, en los batientes de las puertas de dicho templo. (1Re. 6, 23-30)

Pila bautismal de la Iglesia Mormona Sal Lake, Utah. EEUU

Pero lo más espectacular que hizo construir Salomón, en el templo de Jerusalén, fue el llamado “Mar de bronce”, fundido en dicho metal por un artesano de Tiro; “…redondo, de 10 codos de diámetro, y 5 de alto, con capacidad de 2.000 batos…” (1 bato = 37 litros), el cual: “Se apoyaba sobre doce toros, tres mirando al Norte, tres mirando al Oeste, tres mirando al Sur y tres mirando al Este; el Mar estaba sobre ellos, quedando sus partes traseras hacia el interior…” .(1Re.7,23-27). Además estaba adornado con: “un cordón de treinta codos los ceñía en derredor… adornado de dos filas de figuras de toros, diez por cada codo…”. (2 Cr. 4, 2-3)La fuente de los leones de la Alhambra de Granada está inspirada en aquella fuente jerosolimitana.

Plácido González Hermoso.

Bibliografía:

1.- Federico Lara Peinado, “Himnos Sumerios”, pag.25. Edicc. Tecnos
2.- Federico Lara Peinado, “Himnos Babilónicos”, pag.7. Edicc. Tecnos
3.- Manfred Claus, “Antiguo Israel”, pag.16. Edicc. Acento 2001
4.- Idem, pag.58.
5.- Idem, pag.61.
6.- Ian Caldwell y Dustin Thomason. El Enigma del Cuatro. Ed. Roca 2004
Biblia Vulgata, Ed. Océano
Biblia “Nácar- Colunga”, Ed. B.A.C.

Toros Mitológicos – II – India, China y Egipto

La procesión del toro Apis

Tras el recorrido mitológico por tierras mesopotámicas y persas, del artículo anterior, nos encaminaremos ahora hacia la mítica y mística península indostánica donde, según la tradición, los cauces por donde discurren los ríos sagrados del Indo y el Ganges fueron labrados por los cuernos de un toro celeste ensabanado.

En esa INDIA, henchida de una profunda religiosidad donde vive: “…un pueblo que ha visto a Dios … a través de profundas meditaciones y silencios …” y donde: “Pocas veces el deseo de Dios ha sido expresado con palabras tan llenas del espíritu del Adviento como en vuestros libros sagrados…” (según palabras de Pablo VI cuando visitó Bombay el 3 de diciembre de 1.964), y conformada por un calidoscopio de castas y religiones, la imagen permanente que percibe el viajero, nada más llegar, es la abundante presencia inmutable de las vacas sagradas.
Gandi, refiriéndose a ellas dijo que “la vaca es un poema de misericordia y la madre del pueblo indio”. La causa de tal veneración bovina estriba en la creencia de que es una teofanía de la diosa Sarasvati (o Sárasuati), esposa del dios Brahma, madre de los Vedas y la inventora del alfabeto, además de diosa de la sabiduría y de la ciencia. Por ello, la matanza deliberada de una vaca constituye un crimen abominable, ya que supone cegar las fuentes de la vida y el culpable de semejante delito será condenado “a permanecer en el infierno tantos años como pelos tenga el animal asesinado”.
Entre el misticismo indio el Toro fue considerado como fuente de vida y por tanto un don concedido por los dioses, al tiempo que adscrito a la esfera celeste y a los dioses del panteón indio.

Dios Shivá sobre el toro Nandi

Dios Shivá sobre el toro Nandi

Entre las más famosas adscripciones encontramos un Toro blanco, de nombre NANDI, cuya misión era servir de montura sagrada al dios SHIVÁ, la tercera persona de la Trinidad hindú y dios supremo del Brahmanismo, quien “…es a veces invocado como toro, símbolo de la fecundidad. El toro está casi siempre representado delante del templo, vuelto hacia el santuario”.
Este toro Nandi fue el que labró unos surcos, con sus cuernos, por donde luego discurrirían los ríos sagrados del Indo y el Ganges. Como es de suponer, esta montura táurica celeste es objeto de culto y veneración entre la población india desde el principio de los tiempos de los Vedas, contando con infinidad de templos en todo el mundo brahmánico, en donde el Toro sagrado de Shiva se ofrece a la veneración de los fieles.

Toro NANDI en su templo

Toro NANDI en su templo

Otro aspecto de la fecundidad del toro atribuida a las divinidades es la otorgada al dios indio AGNI, dios del fuego en tiempos védicos y es, al parecer, el mediador entre los hombres y los dioses. “…los vegetales que nacen en el agua son la morada de Agni (Rig Veda, X,91,6), y él mismo aparece al frotar una planta acuática, la flor de loto (Rig Veda, VI,16,13). Se le llama “Toro de las Aguas”, porque las vuelve fecundas”(Rig Veda, X,21,8).

El Dios INDRA, era el dios principal de la primitiva religión védica (previa al hinduismo en la India, junto a Mitra y Varuna), dios del trueno y la humedad. Era el dios védico más popular y se le comparaba con un toro y fue el que creó el buey y el caballo y el que manifestaba su vitalidad con mil testículos.

SURYA el Dios-sol de la mitología védica, se considera que es un toro solar. Su iconografía se fijó en la época Brahmánica. Era creencia general entre los fieles creyentes que este Dios es capaz de curar varios problemas (tales como la lepra, la ceguera y la infertilidad).

MANÚ es el nombre del primer ser humano, el primer rey que reinó sobre la Tierra, y que fue salvado del diluvio universal.
Manú, que era la encarnación de Brahma, ofreció a Vishnú, en agradecimiento por haberlo salvado del Diluvio, leche cuajada, nata y manteca. Esta ofrenda tuvo la rara virtud de engendrar a Ida o Ila, mujer de extraordinaria belleza. Manú la deseó y para poseerla se transformó en Toro. Ida, a su vez, se convirtió en vaca, y posteriormente en cabra, obligando a Manú a transformarse en macho cabrío.
Siempre Manú adoptaba la forma del macho correspondiente al animal en que ella se transformaba. Gracias a estas uniones fecundas, nacieron todos los animales
.”.

Otra versión de este mito se le atribuye al dios Vahram, divinidad de la órbita del mazdeismo, quien al parecer también sufre una serie de transformaciones o metamorfosis generadoras, a su vez, de las distintas especies animales.

En las Leyes de Manú,(un texto sánscrito de la ley hindú que fue escrito entre el siglo VI y el III a.C.),en la regla 81 se establece: “En el Krita-Juga, la justicia, bajo la forma de toro, se mantiene firme sobre sus cuatros pies; la Verdad reina y ningún bien obtenido por los mortales deriva de la iniquidad”.

En CHINA existe una creencia en que el cauce del río Yang-Tsê-Kiang (el río Azul), el más largo de China y Asia (5.500 Km.), fue labrado por el cuerno del toro sagrado.
Está documentado que durante la dinastía Han (206 a.C-220 d. C), época en la que surgieron los llamados “Mandarines”(funcionarios que accedían a su puesto, al servicio del Emperador, mediante la superación de un examen-concurso cultural previo. No confundir con el dialecto “Mandarín”, propio de las regiones Norte, Centro y Suroeste de China), se celebraban torneos que tenían gran parecido con las corridas españolas. De hecho el año 108 d.C. se celebraron unos importantísimos torneos, de larga duración, en los que se utilizaron gran número de animales, entre ellos Toros.
Existen unos hermosos grabados en Nanyang, en unas tumbas de generales chinos, en los que se aprecia a un hombre delante de un toro, esgrimiendo una espada en una mano y en la otra un pequeño escudo y puñal. En otra escena se repite igual suerte del hombre frente al toro, en actitud desafiante. Ambos grabados son de una perfección y plasticidad sorprendentes.

Grabados en las tumbas de Nanyang (I)

Grabados en las tumbas de Nanyang (I)

Nuestra siguiente etapa nos lleva a visitar el país de dioses, faraones y pirámides. EGIPTO, el país que según Heródoto “es un don del Nilo”, donde el toro es elevado a la categoría cultual de lo divino, ya que los egipcios adoraron a los animales por representar una teofanía (manifestaciones de lo divino), estando documentado tanto el culto como la veneración de al menos media docena de toros. Era creencia general que un dios podía residir en el cuerpo de un animal y ser así una “imagen de culto viviente”. Es decir el “Ka” (el alma) del Dios permanecía dentro del toro. El más conocido y popular de todos los toros sagrados de Egipto era APIS, así, con mayúsculas. Era negro y con una mancha blanca en la frente, además de otras veintisiete marcas más.Toro APIS s.IX ac.

Otra escultura del Toro APIS

APIS era el Toro sagrado y garante de la fecundidad, cuyo culto está atestiguado desde antes de la primera dinastía tinita (2920-2770 a.C.) ya que la institución de su culto se atribuye a Menes o Narmer, el primer faraón unificador de Egipto (hacia el 3.000 a.C.), quien lucía en su atuendo, atado a la cintura, un rabo de toro, tal como se puede observar en la paleta conocida como “la paleta de Narmer”. Igual indumentaria lucía otro faraón contemporáneo a Menes, conocido como “el rey Escorpión”.

Narmer (3050 a.C.) luciendo un rabo de toro

Narmer (3050 a.C.) luciendo un rabo de toro

El rey Escorpión(3100 a.C.) luciendo un rabo de toro

El rey Escorpión(3100 a.C.) luciendo un rabo de toro

Apis estaba considerado como hijo del dios Ptah, dios dinástico y de la fecundidad, ya que nacía de una vaca que era fecundada por este dios bajo la forma de fuego celeste.
Al nacer (cuyo acontecimiento no ocurría hasta que no moría el anterior Apis), era buscado por todo Egipto y reconocido por los sacerdotes de Menfis, su ciudad por antonomasia, tras la constatación de que poseía las veintisiete marcas de rigor. Una vez identificado el nuevo Apis era conducido, en compañía de su madre, vestido con ricas túnicas, en una barca dorada y consagrada a Ptah, hasta la ciudad de Menfis, antigua capital de Egipto, cercana a la actual ciudad de Saqqara al sur de El Cairo, donde era entronizado en el templo a él dedicado.
Durante el traslado procesional del Apis, al igual que durante la fiesta anual o en las visitas al templo, se permitía a las mujeres acercarse al toro, pero sólo para levantarse las faldas y mostrarle el sexo, pensando que así aseguraban su fecundidad, ya que era creencia general en la transmisión genésica del toro.
Ya instalado en el recinto del templo, se ponía a disposición del Apis un clero de sacerdotes exclusivos, los sacerdotes de Apis, y un harén de unas 30 vacas, junto a su madre, donde era objeto de exquisitas atenciones. En dicho templo las visitas estaban permitidas, existiendo una ventana, a la altura de la cintura, conocida como “la ventana de la aparición de Apis”, a través de la cual las mujeres le mostraban el sexo para obtener la gracia de la fertilidad.
En el caso hipotético de que alguna vaca fuese fecundada por el Apis, misteriosamente, el clero se encargaba de certificar la muerte de la vaca, en evitación de que el ternero, descendiente de un Apis, no reuniese ninguna de las señales características de su progenitor.
También fue asociado Apis con el dios supremo Ra, dios Sol y señor del Cielo y la Tierra, del que toma, al parecer, el disco solar que lleva entre sus cuernos.

Serapis, dios fúnebre

Serapis, dios fúnebre

Apis conduciendo el cuerpo del difunto

Apis conduciendo el cuerpo del difunto

Al morir Apis era asociado con el dios funerario por excelencia, Osiris, y por ello se convertía y se le conocía con el nombre de Serapis, cuyo cometido consistía en llevar el cuerpo del difunto a la otra vida. El cuerpo del Apis muerto era objeto de idénticos rituales de embalsamamiento y funerarios que los faraones, al tiempo que su enterramiento se realizaba en un lugar específico conocido como “el serápeum”, en la ciudad de Saqqara.
Elisa Castel dice que: “En el último periodo de la civilización faraónica, se convirtió en dios de los muertos con carácter psicopompo y se entendió que el dios conducía al difunto hasta su tumba, le ayudaba y protegía para que el finado controlara los cuatro vientos del Más Allá”.

Esta misma autora nos in forma que: “Aunque ya desde el Reino Nuevo estaba relacionado con Osiris, el culto de Apis, con Ptolomeo I se fusionó completamente con el dios del Más Allá, dando origen a una nueva divinidad llamada Serapis, es decir, Apis identificado con Osiris al morir. Esta creación habría sido ordenada por mandato real, tras un sueño del monarca”.

La contrapartida de Apis en el sur era el toro BUJIS o Buckis, Bujis (en griego) o Baj (en egipcio) considerado la encarnación deRa y Osirisen la mitología; también era el Ka de Montu, el dios guerrero con cabeza de Halcón. Estaba relacionado con el poder germinador y la fecundidad del suelo.

El Toro  BUJIS o BUCKIS

El Toro BUJIS o BUCKIS

Se elegía un toro salvaje como encarnación de Montu, y era venerado como tal. Con el tiempo los criterios para elegir el toro se hicieron más rígidos, eligiendo toros con el cuerpo blanco y la cara negra. Cuando estos toros (o sus madres) morían eran momificados, y se llevaban a un cementerio conocido como el Bujeum. Las madres fueron consideradas como representaciones de Hator, la madre de estas deidades. Era representado como un toro de cuerpo blanco y la cabeza negra tocado con un ureo, con disco solar y dos altas plumas; también como hombre con cabeza de toro. Se veneraba como “Toro de las montañas” y “toro de la salida y el ocaso del sol”, en la ciudad de Hermontis y en Tebas, ciudades cercanas al famoso Valle de los Reyes.
El último entierro de un toro Bujis en el Bujeum de Hermontis fue en 340 a. C. Mitológicamente se decía que sus tonalidades cambiaban a lo largo del día, incluso Macrobio (escritor y gramático romano, del último cuarto del s.IV d.C.) comenta de él que cada hora cambiaba de color.

El emperador Trajano(98-117 d.C.) realizando una ofrenda a Bujis en Medamud

El emperador Trajano(98-117 d.C.) realizando una ofrenda a Bujis en Medamud

En la siguiente ilustración se representa al emperador Trajano (98-117 d.C.) ante el toro Bujis en el templo de Medamud, cercano a Tebas.

Este toro disponía, en su templo de Medamud, de un recinto, a modo de coso, donde medía sus fuerzas con otros miembros de su especie, una de las aficiones de los egipcios, la lucha de toros.

Otro de los toros sagrados de Egipto era MNEVIS (en griego) o MERUR(egipcio), el toro sagrado relacionado con Atum-Ra, llamado “La renovación de la Vida“, y con Osiris como Mnevis-Osiris o Mnevis-Uenen-Nofer; fue venerado en Heliópolis.

El faraón adorando al Toro MNEVIS, o, MERUR

El faraón adorando al Toro MNEVIS, o, MERUR

Se representaba como un hombre con cabeza de toro que lleva sobre la testa un disco solar, ureo entre los cuernos y plumas. O bien como un Toro negro o moteado con el mismo tocado. Venerado desde muy antiguo y hasta Época Baja, fue la manifestación del ba (Alma) del dios Ra, remarcando la fecundidad del suelo y el poder germinador, con un marcado carácter sexual. Su culto se constata desde la dinastía II (2770-2649 a.C.).

Su conexión con Osiris se explica por su identificación con la fertilidad y, bajo este aspecto, es un toro que se custodiaba en el templo. A su muerte “se le enterraba cuidadosamente momificado y con toda clase de medidas profilácticas y sus órganos eran igualmente embalsamados e introducidos en grandes Vasos Canopos“.

El Toro  MERUR

El Toro MERUR

Merur fue el intermediario para que hombres y sacerdotes pudieran ponerse en comunicación directa con el dios Ra, siendo el toro el que participaba en los oráculos cuando se planteaba una cuestión terrenal en la que la divinidad solar debiera intervenir.

Su veneración se mantuvo durante el reinado de Akhenatón (de la XVIII Dinastía, 1353-1335 a.C.); este rey eliminó el culto de casi todos los dioses del panteón (y sobre todo el de Amón y su familia), permitiendo tan sólo la pervivencia de deidades de carácter solar, las cuales se entendieron como formas de su dios Atón. Precisamente gracias a una de las estelas de demarcación de la ciudad de Amarna, sabemos que este rey preparó enterramientos para la inhumación del toro Merur, tumbas que todavía no han sido halladas.

A Mnevis lo invocaban sus fieles con el título de “heraldo de Re, toro de la Eneada y toro solar”. El toro representaba la fertilidad por antonomasia, a quien se le rendía culto en la ciudad de Heliópolis, un suburbio al norte de El Cairo, donde también existía un recinto para la lucha de toros.

Con el nombre de MERHY nos referimos a un Toro negro u hombre con cabeza de toro, relacionado con Osiris, a quien se le llamaba “Toro del Oeste” o “Toro de Abidos”, su nombre significa “El Ungido”, pudiendo ser una forma de Osiris asociada a la luna. Según la tradición, Osiris moría como “Toro de la cosecha” y, posteriormente, a la búsqueda de sus restos, que su hermano Set descuartizó tras una lucha encarnizada, marchan Isis, Thot, Anubis y Toro.

El Toro MERHY “Toro del Oeste”

El Toro MERHY “Toro del Oeste”

Se encuentra representada en escasos santuarios, destacando, entre otros lugares, el templo de Sethy I en Abidos, donde se potencia su aspecto de dios integrado en el círculo agrícola y se le pone en conexión con aspectos de muerte y regeneración. La misma Isis es denominada “Hija del Toro Merhy””. A menudo está acompañado de los toros Bapef y Tyasep.

Por último tenemos al toro del dios MIN, del cual no conocemos su nombre pero sí sabemos que era blanco y adorado en Koptos. Como es de suponer los títulos de Min eran: “Señor de Copto, del desierto y dios de la fecundidad” y en el santuario del dios había “una esbelta columna coronada por un par de cuernos…”.

Pocos datos tenemos de este animal, sin embargo se sabe que acompañaba al faraón en uno de los festivales más importantes del ceremonial egipcio, en el de la cosecha, conocido, también, como “La salida de Min”, que en tiempos de Ramsés III coincidía con el aniversario de su coronación y tenía lugar “durante el primer mes de la estación de shemw, cuando comenzaba la cosecha”(solsticio de verano). En él se hacía una solemne procesión dirigida por el rey, que iba acompañado del toro blanco, al cual adornaban con un disco solar y dos plumas entre sus cuernos. A este toro se le consideraba la reencarnación de Min y se le conocía como “el toro de su madre”. El rey cortaba una gavilla de trigo y se la ofrecía al toro, probablemente tratando de propiciar la fecundidad. Esta fiesta tan importante se llevó a cabo desde la época Tinita hasta la Romana (2920-30 a.C.). Cuando finalizaba la fiesta, el rey y la reina se situaban frente al dios y recitaban himnos. En uno de ellos decía: “¡Salud a ti, Min, que has fecundado a tu madre! ¡Cuán misterioso es el rito que has realizado en la oscuridad!”

Min fue el dios que personificó la fuerza generatriz de la naturaleza y la procreación de las plantas, los animales y los hombres. Se le representó como un hombre itifálico. Se le llamaba “Toro de su Madre“, “Kamutef” o “Gran Toro“. El rayo era uno de sus atributos y por ello se le llamaba también “Aquel que desgarra la nube lluviosa“.

El Festival Sed, o Jubileo Real
El festival Sed, o Heb Sed, conocida como “Fiesta de la Renovación Real”, fue la ceremonia más importante de los soberanos del antiguo Egipto. Según se documenta en la “Piedra de Palermo”, este ceremonial estuvo vigente desde la I Dinastía hasta el periodo Ptolemaico (2920 al 30 a.C. aproximadamente), traducida por los griegos como “La fiesta de los treinta años”.

El objetivo de esta festividad era la renovación de la fuerza física y la energía sobrenatural del Faraón y se celebraba a los 30 años del ascenso al poder del faraón, aunque no siempre se celebraron al cumplir tan dilatado periodo de reinado, ya que muchos faraones no alcanzaron a reinar tanto tiempo y lo celebraban tras cumplir solo tres años de reinado. De Hecho, uno de los últimos faraones que la celebraron al cumplir los 30 años de reinado fue Ramsés II, y luego cada tres, llegando a celebrar un total de 14 jubileos.

Los ritos incluían purificaciones procesiones con los altos dignatarios, iluminación de las capillas que debía visitar el Faraón y presentar ofrendas a los dioses titulares del templo. Entre las ofrendas, la principal era la dedicada al toro Apis, de cuya capilla salía el toro y era conducido ante el soberano.

Salida del Toro MIN

Salida del Toro MIN

El festival Sed "Fiesta de la Renovación Real"

El festival Sed “Fiesta de la Renovación Real”

Entonces el Faraón y el toro Apis realizaban, alrededor del templo, cuatro carreras, dos dedicadas a la fertilidad de los campos y las otras dos como rogativas para que los dioses legitimaran su autoridad real.

Era una prueba deportiva que el rey debía superar para demostrar su juventud y fuerza. Corría portando diversos símbolos, el flabelo y un rollo de papiro, considerado el testigo del testamento de los dioses que le legitimaba para gobernar las 2 tierras…”, y otros símbolos, al tiempo que debía erigir “…un pilar djed como símbolo osiriaco de estabilidad y a disparar flechas hacia los cuatro puntos cardinales”.

Las mayores aportaciones para el conocimiento de la fiesta Sed las encontramos en el complejo de Sakkara, en el Templo de Soleb de Amenofis III y en el patio del festival de Osorkón II en Bubastis. Estas fiestas tenían lugar el primer día del mes de Tybi (en griego) en la estación de Peret, cercana al solsticio de invierno.

Plácido González Hermoso

BIBLIOGRAFIA :
José Mª González Estéfani.-Revista “TORO”, 1.966
J. Roger Riviere, “India (bharat). Religiones no cristianas”, Canal Social.
Fernand Comte, “Las grandes figuras mitológicas”
Cristina Delgado Linacero, “El Toro en el Mediterráneo.
Robert A. Armour, “Dioses y mitos del Antiguo Egipto.
Pierre Montet, “La vida cotidiana en Egipto en tiempo de los Ramses”
Elisa Castel: “Gran Diccionario de mitología Egipcia”

Toros Mitológicos – I, Mesopotamia y Persia

 En cualquier tratado de tauromaquia, léase Cossío o cualquier otro autor tauromáquico, encontramos algún capítulo donde se describen las hazañas de toros célebres que, en determinadas efemérides, dejaron constancia de las excelencias de sus embestidas y lo cara que vendieron su vida en esa lucha desigual de la fuerza bruta frente a la inteligencia.
En este trabajo me propongo reseñar, con la venia del respetable, una lista de toros mitológicos celebres que, bien con nombres propios o innominados, formaron parte de las creencias mitológicas en la antigüedad. En cada una de esas “leyendas” constataremos que el tratamiento dado al toro, en las diferentes sociedades primitivas desarrolladas que lo conocieron, esencialmente fueron de tres formas diferenciadas, a saber: como víctima de sacrificio, como simbología divina o como divinidad en sí.
Muchos recordarán, desde que principiábamos a estudiar historia universal, que el primer poema épico conocido de la humanidad, se nos decía, era la epopeya de Gilgämesh, un legendario rey sumerio del III milenio a.C., de fuerte complexión física y extraordinaria belleza.

Gilgämesh descuartizando al toro

Gilgämesh descuartizando al toro

Gilgamesh y Enkidu apuntillando al toro

Gilgamesh y Enkidu apuntillando al toro

La trigueña hermosura masculina que adornaba a nuestro héroe, fue la causa por la que -tras la hazaña de matar al monstruo Khumbaba, el guardián del bosque sagrado de los famosos cedros del Líbano, con la ayuda de su inseparable amigo Enkidu- provoca un ardor amoroso irrefrenable en la diosa sumeria Innana (la Isthar acadia), diosa del amor.
Gilgämesh rechaza las proposiciones amorosas de la diosa quien, airada por semejante afrenta y osado desprecio, suplica a su padre el dios An, padre de todos los dioses y señor del panteón sumerio, le envíe un Toro Celeste para que ataque y mate al insolente héroe. Súplica que se concede y ejecuta sin tardar.
El toro enviado, en desagravio de la diosa, es de una corpulencia y fuerza descomunal. Ancho de sienes, amplios, ofensivos y astifinos pitones, intenciones, embestidas y acometidas furibundas, que hacen del morlaco uno de los animales más terroríficos de la historia de la mitología.
La lucha se presume larga, sangrienta y desigual, y al final se barrunta la tragedia. Pero al héroe une sus fuerzas Enkidu, el amigo inseparable, y entre ambos dan muerte al Toro Celeste. El modo de hacerlo lo describe el épico poema de la siguiente forma: ”…¡Amigo mío, he visto el medio para abatir al toro, y nuestras fuerzas serán suficientes para vencerlo!, ¡Quiero arrancarle su corazón para ofrecérselo a Shamash! (dios de la Justicia), Yo, le voy a perseguir, lo cogeré por lo grueso de su cola y le retendré fuertemente sus dos pezuñas, tú, por delante él, tú lo agarrarás y entre la cerviz, las astas y el crucero con tu puñal lo herirás de muerte.” (Columna IV, Tablilla VI del Texto Asirio) (1)

Diosa Inanna (o Isthar)

Diosa Inanna (o Isthar)

Para darnos idea de lo descomunal de la envergadura del toro, vean las medidas que nos proporcionan los artesanos que midieron sus astas, después de muerto el toro: “… Los artesanos midieron el grosor de los dos cuernos, (seguimos leyendo el mismo texto asirio), su masa era, cada una, de treinta minas de lapislázuli (1 mina = 600g.), la anchura de su revestimiento era del grosor de dos dedos y de seis guru de aceite el contenido de ellos (1 guru = 25 litros). Gilgämesh ofreció los dos cuernos a su dios, Lugalbanda, como vasos de unción; se los llevó y colgó en su cámara principesca”.

El poema sigue describiendo la epopeya tras la lucha, muerte y descuartizamiento del toro. Enkidu, el amigo de Gilgämesh, en un acto de arrebato desaforado, arranca con sus manos las partes del animal y las arroja con burla a la cara de la diosa Innana. Como es natural semejante agravio y ofensa no podían quedar sin castigo y la diosa le envía una enfermedad, muy dolorosa, de la que fallece a los trece días, con la consiguiente consternación del ídolo de la epopeya. Me pregunto si, tal vez, arranca desde época tan temprana de la historia la superstición a dicho número trece.
Tras esta primera “leyenda”, y sin dejar la zona de Mesopotamia, las regiones entre los ríos Tigris y Éufrates, donde según la Biblia se encontraba el Paraíso terrenal, adentrémonos en el Imperio Asirio, cuyos ejércitos lucían, coronando el mástil de sus estandartes, la figura de un toro pasante.

Estandarte Asirio

Estandarte Asirio

Porta Estandarte Sumerio

Porta Estandarte Sumerio

En esta zona encontramos también unas famosas representaciones escultóricas de toros alados androcéfalos (del griego Andros=hombre y Cefalo=cabeza) de fama mundial. Me estoy refiriendo a los renombrados querubines, del acadio Kerub -no confundir con los querubines de la angelología hebrea y cristiana, cuyo préstamo no se produjo hasta después de la primera destrucción del Templo de Jerusalén, en el 586 a.C. – esculpidos en piedra, de enorme y refinada talla que se colocaban a modo de guardianes mágicos a la puerta de los templos y palacios o en la sala del trono real.

Toro alado (s.IX ac.)

Toro alado (s.IX ac.)

Toro alado “androcéfalo”

Toro alado “androcéfalo”

Esos toros alados con cabeza humana, tocados con gorro orlado con tres pares de cuernos, o casco tricorne, de larga melena y poblada barba, eran la perfecta representación de la naturaleza divina y humana de la realeza. Esas soberbias esculturas pétreas tenían un significado singular: el cuerpo del toro simbolizaba la fuerza, la cabeza humana la inteligencia, las alas la celeridad, la tiara con tres pares de cuernos la naturaleza divina de la realeza y la melena y la barba el poder.
La proliferación de semejantes esculturas no era patrimonio exclusivo del imperio asirio, sino que la difusión de estas representaciones androcéfalas se extendió por todos los países limítrofes del llamado “creciente fértil”.
Tras conocer los toros de la Mesopotamia babilónica, nuestros pasos se encaminan ahora hacia la “tierra de los arios”, los antepasados de medos y persas, donde nos toparemos con un acontecimiento sorprendente en el que un toro es la génesis de la creación.
Para ello acerquémonos al dios supremo Ahura-Mazda, también conocido como Ormuz, de donde proviene el nombre del estrecho que cierra las aguas del mar de Arabia o golfo Pérsico. La leyenda dice que Ormuz creó un toro primordial, llamado Abudad, en cuyo cuerpo se encontraban todos los gérmenes de la vida. Pero Arimän (hermano y enemigo de Ahura-Mazda, principio del mal y de las tinieblas) da muerte al toro primordial, con el propósito de evitar cualquier atisbo de creación.

El Dios  Ahura-Mazda (u Ormuz)

El Dios Ahura-Mazda (u Ormuz)

Sus intenciones son frustradas al intervenir el Demiurgo y extraer de la paletilla derecha del toro a Kaiomorts, el primer hombre, a quién nuevamente el malvado Arimän dará muerte cuando, este Adán ario, tenía treinta años.
A pesar de todo, la creación no se detiene y de la paletilla izquierda del toro, Ormuz crea a Gochorum, el alma del toro primordial, destinado a ser la base de todas las especies zoológicas. De su esperma, purificado, da vida a dos toros, macho y hembra, de la que salieron 272 especies de animales, tras las correspondientes metamorfosis.

El Dios Mitra matando al toro

Luego, de las astas del toro creó los árboles; de su rabo los granos; de la nariz las legumbres y de su sangre las uvas.
Supongo que alguien se preguntará qué pasó con el primer hombre, Kaiomorts. Pues verán. De la sangre de Kaiomorts que reunía en sí los dos sexos, Ormuz la mezcla con tierra y origina un árbol, llamado Heom, que después de diez años echó diez ramas que fueron las primeras parejas que originaron la humanidad.
Otra variante de la génesis creadora del toro, muy parecido al relato anterior, la encontramos descrita en el libro del Avesta. Ese libro, de la religión medo-persa, fue escrito, según la tradición, en doce mil pieles de toro y destruido por Alejandro Magno el año 331 a.C., cuando redujo a cenizas el palacio real conocido como “La Apadana” en la ciudad de Persépolis.

Dicho relato nos habla de un dios llamado Mitra, dios de la luz y la verdad, que pasaría a ser, con el correr de los tiempos y con la ayuda difusora de las legiones romanas, la figura central de una religión de gran importancia y presencia en la Roma Imperial, al que se conocía y adoraba como “Deus Sol Invictus” que sería la mayor enemiga y competidora de la cristiandad, hasta su desaparición en el siglo VII. En Mérida existía un templo dedicado a Mitra, en el s.III a.C., ubicado debajo de la actual plaza de toros.

Mitra como dios “Soli Invictus”

La narración nos informa que el Dios Ahura-Mazda u Ormuz, ordena a Mitra que mate al toro celeste, que está aterrorizando la región. Mitra logra asirlo por los cuernos e introducirlo en una caverna, pero el toro se escapa y Mitra , ayudado por su perro, lo persigue de nuevo, lo sujeta por las narices con una mano, mientras con la otra le hunde en el cuello su cuchillo de caza.

De inmediato, del cuerpo del toro surgen todas las especies vegetales. Su carne se convierte en cereal y su sangre en vino. Pero Arimán quiere enturbiar las aguas de la vida y envía a la hormiga, al escorpión y a la serpiente para que intenten devorar las partes genitales del toro y beber su sangre. Encargo y objetivo que afortunadamente no consiguen y de este modo la “simiente del toro”, purificada por la Luna, produce todas las especies de animales domésticos y “su alma”, bajo la custodia del perro que ayudó a Mitra a cazarlo, se elevó hasta los cielos y se convirtió en Silvano, el dios tutelar de los rebaños.
Permítanme añadir un relato que pone de manifiesto el odio de Ariman a todo lo que creaba su hermano Ormuz. Según cuentan varios relatos, se dice que los hombres, que padecían las inclemencias del tiempo y en especial los fríos de aquellas antiguas glaciaciones, pidieron a Ahura-Mazda que les ayudase a protegerse de las gélidas temperaturas, en especial por las noches. Sus ruegos fueron atendidos y les enseñó a confeccionarse vestidos con las pieles de los animales que cazasen. Además les regaló el fuego, que desconocían, para que se calentasen e igualmente les puso una luminaria celeste que les iluminara, temporalmente, las noches.

Moneda del Emperador Probo-280 dC. y el carro de Mitra

Al contemplar todos estos regalos, con los que habían sido obsequiados los hombres, Arimán montó en cólera y en un arrebato de ira les arrebató y apagó el fuego con sus manos y con rabia lanzó las cenizas contra la luna, con intención de cegar su luz, sin conseguirlo. Dicen que las manchas oscuras que vemos en la luna, son las cenizas que lanzó contra ella el malvado Arimán.

Plácido González Hermoso

BIBLIOGRAFIA
(1).- Federico Lara Peinado, “Poema de Gilgamesh”.

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